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Majestuoso, inolvidable, una joya con valores distintos, una leyenda, así es el Teatro Nacional de Panamá, considerado una de las obras arquitectónicas más representativas del país.

Desde su inauguración oficial el 1 de octubre de 1908, con la toma de posesión del segundo presidente de Panamá, José Domingo de Obaldía, sus antiguas paredes han sido fieles testigos de momentos invaluables para la cultura e historia del Istmo, pues allí se han realizado innumerables puestas en escena e importantes conciertos, con artistas nacionales y extranjeros.

Mi conocimiento (derivado de documentales, anécdotas y páginas en internet) recrea una hermosa vista de la gran bóveda de la sala de espectáculos que, junto al cielo raso, las paredes del foyer y el escenario, fueron embellecidos con piezas del artista plástico panameño Roberto Lewis. La imponencia y trascendencia del teatro hacen que mi pecho se hinche de orgullo porque soy consciente de que, en mi tierra natal, se erigió una obra de tal magnitud. Sin duda alguna, siento un honrado corazón que late con fervor a causa de aquella victoria.

A pesar de que por mis venas corre sangre panameña, jamás he tenido la oportunidad de visitar el histórico edificio cuya estructura contiene el verdadero sacrificio y talento de quienes dieron todo en el proceso de construcción. En 1673 en este mismo lugar se había construido el Convento de las Monjas de La Concepción que en 1862 sería utilizado como cuartel militar. La estructura fue demolida y, como si se tratara de un Ave Fénix, renació de sus “cenizas” y se convirtió en lo que ahora todo el mundo es testigo: el magistral Teatro Nacional de la República de Panamá. 

El actual edificio fue construido entre 1905 y 1908. Los planos para la elaboración estuvieron a cargo del arquitecto italiano Gennaro M. Ruggieri, quien trabajó junto a Ramón Arias F. y José Gabriel Duque, contratistas de la obra, y Florencio Harmodio Arosemena, ingeniero principal.

En octubre de 1908, desde que abrió sus puertas con el estreno de la ópera Aida, de Verdi, el Teatro Nacional resplandece por su elegancia y arte. Su fachada solemne de estilo neoclásico está conformada por las enormes puertas principales y dos bellas esculturas que representan las musas de las letras y la música. Ingresar al auditorio es como sumergirse en un cuento de hadas, hay butacas de terciopelo color rojo vino igual que el telón que cubre el magnífico escenario. Al levantar la mirada se aprecia una obra maestra del arte panameño, El nacimiento de la República, lienzo invaluable creado por el maestro Lewis y que decora el techo de la sala.

Aquel teatro, que ha pasado por tres procesos de restauración, es un lugar donde las personas se juntan para construir recuerdos que pasan de generación en generación. Unimos tierra con alma, juntos llevamos a cabo una hazaña maestra en el istmo panameño. Aquella bóveda podría considerarse como el santuario de las leyendas panameñas, esas que marcaron el origen del corazón canalero.

Era una mañana de febrero de 1982, los rayos del alba irrumpían el cuarto de Nivia y consiguieron despertarla. Era época de vacaciones y como el resto de los chicos que vivían en El Límite de El Chorrillo, la jovencita anhelaba gozar de su tiempo de ocio, así como de la vasta naturaleza de las faldas del cerro Ancón, próximo al barrio. Para desdicha de muchos, esa imponente naturaleza que les rodeaba pertenecía a la Zona del Canal, lo que la hacía poco accesible.

Aquella época en Panamá había bases militares de Estados Unidos y no se permitía el libre acceso a los nacionales a dicha área, que día y noche estaba acordonada y vigilada por soldados. Solo podían entrar los llamados “gringos” y empleados locales que trabajaban allí. Por ello, coloquialmente la bautizaron como “la zona prohibida”.

Nivia, quien ahora es mi madre, recuerda que ella junto a algunos chicos del barrio y su hermana mayor, Yacky, apreciaban desde sus balcones majestuosos árboles de mangos de todo tipo (huevo de toro, papaya, hilacho, entre otros), ubicados el censurado sector. En ese momento, una gran ventolina hizo acto de aparición y muchos frutos terminaron en el suelo, “nos dolía hasta en lo más profundo de nuestras jóvenes almas que esos “zonians” (estadounidenses que habitaban en la Zona del Canal) no pudieran apreciar semejante manjar tropical”, rememoró.

A pesar de haber aguantado por tanto tiempo, según Nivia, “ya no podíamos resistir al deseo de irrumpir el territorio “gringo” y obtener la fruta prohibida. Decidimos que cruzaríamos El Límite y nos escabulliríamos por la cerca, hasta al primer árbol de mango. Una vez ya adentrados en la zona, tomaríamos tantos frutos como nuestros pequeños brazos pudieran cargar y nos retiraríamos sigilosamente para no ser descubiertos por la patrulla y poder deleitarnos ya en nuestros balcones”.

Sin embargo, a Yacky se le ocurrió que pidieran permiso a los soldados para coger los mangos, porque siempre hay que ser honestos y decir la verdad. El grupo de niños así lo hizo, cruzaron la calle de El Límite y fueron directo a la garita a hablar con los militares para recoger unos cuantos; como era de esperar, les dijeron que no, ya que la zona era de acceso restringido.

A pesar de ello, dijo Nivia, “decidimos tirar al traste la cordialidad y entramos a hurtadillas, llegando así al paraíso de los mangos. Empezamos a echar cuentos y antes de que nos diéramos cuenta estábamos sentados comiendo mangos. Eventualmente, el plan se nos olvidó y nos quedamos disfrutando de semejante festín. Aquellos instantes mágicos quedaron grabados en mi memoria para la mismísima eternidad”.

Lastimosamente, el fin de la aventura ocurrió cuando la patrulla de los militares gringos los descubrió y los devolvieron a la garita. “Esa tarde nos gritaron mucho e incluso nos amenazaron con enviarnos al Tutelar de Menores de El Chorrillo si volvíamos a entrar a la zona”, adujo. 

Aunque la operación terminó fallando, aquella anécdota de la preciada juventud de mi madre le llegará a la nueva generación, así como su amor por la deliciosa fruta prohibida.

Es el 9 de enero de 2022 y la mañana en la Avenida de Los Mártires es tan silenciosa que ensordece. Se percibe una mezcla de tristeza y melancolía, y el sonido de los árboles moviéndose junto con la brisa del viento crean una melodía fúnebre. Es como si la naturaleza supiera bien lo que sucedió exactamente aquí hace 58 años.

Camino con mi mamá cerca del monumento a Los Mártires. Como ya era costumbre me preguntó si sabía qué se conmemoraba ese día, y aunque al ver la estatua no era difícil responderle, me quedé callada. Admiré el monumento que se encontraba situado al frente mío. Mi mamá hizo lo mismo.

El 9 de enero de 1964 unos 200 estudiantes del Instituto Nacional marcharon de forma pacífica al Balboa High School, que se ubica muy cerca de Albrook, portando la bandera nacional. Su objetivo era hacer que se cumpliera lo acordado entre el presidente panameño Roberto Chiari y el estadounidense John F. Kennedy tiempo atrás: que la bandera panameña fuera izada junto con la estadounidense. Pero este acuerdo fue ignorado por los estudiantes del Balboa High y los zoneítas, como se les llamaba a los estadounidenses nacidos en la Zona del Canal.

Cuando los institutores estaban cerca del Balboa High los interceptaron policías de la Zona del Canal y una multitud de estudiantes estadounidenses y sus respectivas familias. Por este motivo, y tras negociar con los policías, seis estudiantes panameños lograron avanzar a la escuela gringa.

Intentaron izar la bandera de Panamá, pero fueron cruelmente abucheados y agredidos con insultos, los zoneítas los rodearon cantando el himno de Estados Unidos y la policía los protegió. Quisieron expulsar a esos mismos muchachos que ahora veo en este monumento, y desgarraron nuestra bandera.

Los estudiantes volvieron a la Avenida de Los Mártires -llamada en ese momento 4 de Julio- y cuando la noticia corrió por toda la ciudad la multitud llegó y hubo enfrentamientos e intervino el ejército estadounidense con gases. Pero los panameños no cedían: querían ver la bandera ondear. Todo eso ocurrió en el mismo lugar en el que ahora estoy con mi mamá. Todos los muros de la vía recuerdan ese día. 

Mientras mi madre me relataba aquello me sentía exaltada. No podía creer cuánto era el amor que estos jóvenes sentían por nuestra nación, me sentía tan pequeña ante esto. 

Es en este momento, el de la agresión, cuando el presidente Chiari rompe relaciones con Estados Unidos. “Por eso se le conoce como el presidente de la dignidad”, por lo que se atrevió a hacer”, dijo ella. 

Con la piel chinita analizo mi alrededor, veo columnas con placas y nombres grabados en ellas, mientras mi mamá continúa: 22 personas murieron y hubo más de 550 heridos. Ella mira cada placa y con tristeza entiendo que llevan el nombre de los muertos en batalla. Algo en mi estómago se retuerce. Esta historia me duele. Gracias a ellos ahora el Canal nos pertenece, gracias a ellos ahora nosotros podemos sentirnos libres en cada rincón de nuestra tierra.

Cristóbal Colón lo descubrió para los europeos en 1502, en su cuarto viaje a América. Era una costa hermosa, en medio de una bahía sin igual, así que el nombre le vino como anillo al dedo. Se llamaría Porto Bello. O Portobelo, como lo conocemos hoy.

Más cinco siglos después, a mis quince años me he aventurado a conocer este lugar. Salí a las diez de la mañana de la casa y estaba tan emocionado que sentía que cuando corría, el viento pronunciaba mi nombre y el de Portobelo. Me dijeron que tenía un hermoso paisaje por encontrar. 

Mientras miraba por la ventana del autobús, corrían por mi cabeza las imágenes que vi en Google: los fuertes, las iglesias, la Aduana. Fantaseaba con estar ya en ese sitio, admirando sus jardines tan verdes que se pueden comparar con el mismo Edén. 

Transcurrieron las horas y llegué a mi destino. Mi primera impresión: el sitio no estaba en el mejor de los estados, no como lo imaginé. Pero eso no me detuvo, caminé, vi cada rincón de Portobelo con la esperanza de que lo que me contaron no quedara solo en palabras. Pero pasado un rato me preguntaba si no había ido con las expectativas muy altas o si me había equivocado de lugar.

Viendo cómo el tiempo había tratado a este distrito de la provincia de Colón me decepcioné. Gran parte de los edificios del pueblo estaban hechos escombros, todo se encontraba terriblemente sucio, parecía que nadie había tomado la decisión de darle el cuidado que se merecía esa belleza del pasado. Y lo más duro fue cuando vi una iglesia saqueada por la misma comunidad, así que decidí irme. 

No pude ver la belleza que atrajo a Cristóbal Colón. Lo único que me quedó fue la aspiración de que tal vez en el futuro —ojalá— podamos volver a mirar este sector del país y regresarle lo que le hemos quitado. Aunque al final eso solo lo sabrá el tiempo.

Palenque es un lugar con muchas palmeras, arena y playas; hogar de hermosa gente que camina descalza en el atardecer y se relaja debajo de los cocoteros. Es un pueblo pequeño, maravilloso y calmado del que hay mucho que contar.

El corregimiento se ubica geográficamente en el distrito de Santa Isabel, en la provincia de Colón. Para llegar se toma un bus de Colón en la Terminal de Transporte de Albrook. Luego se hace trasbordo en Sabanitas para tomar otro transporte de la ruta Costa Arriba.

En Palenque nacieron mi bisabuela, mi abuela y mi mamá. Mi madre me cuenta que ella jugó y disfrutó hasta su juventud por sus calles y playas. Los Joseph son una familia extensa, están por todas partes.

La abuela de mi mamá falleció en el año 2021. Todos fuimos al velorio. Conocí a muchos primos y tíos. La residencia de mi bisabuela estaba compuesta por dos casas grandes, una que servía de cocina y otra donde estaban los dormitorios. Esa era la forma en que se construían las viviendas de este pueblo en años anteriores. Después de la partida de mi bisabuela, mis tíos convirtieron las dos residencias en habitaciones.

He viajado muchas veces a mi pueblo costero. En el camino disfruto del paisaje natural, montañas, vacas y caballos. Además, solemos hacer una parada para visitar la iglesia donde mora el Cristo Negro, en Portobelo, que queda de paso. 

De ese famoso pueblo es la familia de mi padre, quizás por eso me gusta mucho. Cada vez que voy, me quedo con ganas de conocer más de la historia de este puerto, donde permanece viva la herencia afrocolonial.

No solo gozo de los paisajes de Costa Arriba y de Palenque, también me gustan sus tradiciones, sus bailes como el congo, que toda mi familia sabe interpretar. Se trata de una danza caracterizada por el meneo de las caderas, que representa la lucha de nuestros abuelos contra los españoles. Las mujeres usan una pollera colorida hecha con retazos de tela; mientras que los varones se visten con trapos y suelen verse sucios, pintan sus caras de negro y van descalzos al son del tambor.

Cuando nos reunimos en familia, además de bailar congo, disfrutamos de la comida tradicional de Palenque: arroz con coco, pollo bañado en coco, pan bon y ricas cocadas. Además, mi familia cuenta anécdotas, historias de terror y de los sucesos en el pueblo.

Papá mencionó que una vez le salió una bruja. Él y mi tío iban a otro pueblo, llamado Miramar, a hacer algunas compras. Según su relato, escucharon un bebé llorando por el camino, quisieron saber más y se acercaron, vieron que era un perro que los persiguió hasta la casa. Papá dice que el perro era una bruja.

Hay muchos relatos que se dicen en mi pueblo. Además del propio viaje, es fascinante escuchar los cuentos de mi familia, muchos de los cuales pasan de generación en generación como una tradición oral que hace parte de nuestra historia y de nuestra identidad.

Fernando sale treinta minutos después de la medianoche de su casa para emprender su viaje a Chiriquí. Por primera vez conocerá una provincia diferente a la de Panamá. Va con su padre, quien será su guía, pues él antes solía viajar mucho a ese lugar. 

Según el padre de Fernando, esa era la hora correcta de salir. Ponen una música relajante y conversan de temas triviales.

Fernando tiene mucho tiempo sin compartir con su padre porque este se la pasa trabajando. Solo son ellos dos. La madre del joven murió hace unos años, pero no hablan del tema. Fernando extraña a ambos.

Durante el viaje de 482 km y 7 h, Fernando se queda dormido. Al despertar había mucha neblina, su padre está prácticamente manejando a ciegas. Asustado, el joven propone detenerse, pero el hombre insiste en seguir, pues conoce el camino y ya falta poco para llegar al destino.

—Papá, hay mucha neblina, no se puede ver nada —reprocha el hijo.

—Yo sé el camino —responde el terco padre. 

—Recuerda que Chiriquí también es famoso por sus carreteras inseguras y de la muerte —dice el hijo angustiado.

—Lo sé, pero son personas que no conocen las calles, yo sí —dice con egocentrismo el padre.

— ¡Papá, detente! —dice con notable nerviosismo el hijo.

Por fin se detienen y bajan del auto. “¡Oh, Dios mío!”, exclamaron. Había un vacío y estuvieron a punto de caer en él. 

—Tenías razón —dice su padre.

—Son personas que no conocen las calles, yo sí —repite Fernando las palabras que escuchó minutos antes. 

—Sí, bueno, ya sé, debo tener cuidado —acepta el padre.

— ¡Qué bueno que lo sepa! —suspira el hijo.

—Vámonos.

Retoman el camino. Falta poco para que lleguen a su destino. Pasarán cuatro días en Chiriquí, donde conocerán varios lugares. 

El hostal es una pintoresca casa azul. La amplia habitación, ubicada en el segundo piso, tiene dos camas. Padre e hijo se acomodan para descansar de la ajetreada travesía.

A la mañana siguiente, los rayos del sol se posan en el rostro de Fernando y lo despiertan, este de inmediato se arrepiente de haber elegido ese lugar. Su padre llega con el desayuno, un típico menú de las tierras chiricanas: hojaldre, tortilla, chorizo frito, carimañola y jugo de naranja.

—Iremos al parque Cervantes caminando —comunica el padre, luego de la oración.

El papá de Fernando es la típica persona que hace un itinerario con horarios y actividades detalladas. Tiene todo meticulosamente ordenado y programado.

—Está bien —responde Fernando. Procede a bañarse y a arreglarse. Viste algo básico.

— ¿Ya estás listo? —pregunta el padre 

—Sí, solo me pongo perfume y nos vamos.

—Apúrate pues, o te dejo aquí —amenaza y camina hacia la puerta, preocupado por su plan del día.

Salen del hostal y emprenden marcha al famoso parque. Tiene una fuente (apagada) con una escultura central y hay iguanas grandes. 

Y así, entre risas, apuros y una estricta agenda transcurre el paseo. Al tercer día visitan Boquete. Van camino a un sendero para vivir una aventura en moto. La experiencia es extrema: pasan sobre puentes, ríos, lodo, rocas y otros terrenos. Fernando se cae de la moto y sigue feliz, reflexiona sobre qué sentido tendría la vida sin esos momentos cargados de adrenalina. 

—Tú madre estaría orgullosa de su valiente hijo —confiesa su padre con nostalgia. 

El paseo acaba, pero comienza otra etapa, pues Fernando se reencontró con la diversión y el otro lado de su padre. Ahora quiere seguir viviendo la linda experiencia de disfrutar junto a él.

A Ray desde muy niño le ha encantado la cultura hip hop. Hoy tiene dieciséis años. Desde el primer momento que escuchó música rap quedó enamorado. 

Él sabe que el hiphop tuvo sus orígenes en 1973, en el Bronx de Nueva York, con DJ Kool Herc, de origen jamaicano, quien creó el sonido break. Esta cultura incluye la música rap, los grafiteros, la particular vestimenta, entre otros elementos.

El género musical surge como una expresión de la cultura negra contra el racismo en Estados Unidos, factor que le llama la atención al joven Ray. Este estilo musical, que consiste en rimar a velocidad encima de una base rítmica, encierra cuatro elementos artísticos característicos: DJ, MC (maestro de ceremonias en español), break dance y grafiti. 

El maestro de ceremonias es el que interpreta la música rap. Esta nace con influencias del soul, el funk y los ritmos latinos. A través de una lírica fluida, los raperos expresan en sus letras el abuso social, su inconformismo y hacen una denuncia social.

Por su parte, el break dance es la manera en la que los que los b-boys bailan el rap. A lo largo de los años esta danza social ha ido evolucionando. Los jóvenes suelen retarse de forma individual o en grupo para demostrar su destreza en los pasos de baile. Se caracteriza por mantenerse en la pista con diferentes movimientos, según lo describe el periodista Alberto López en la versión web de El País.

Dentro del hiphop, Ray se inclina más por la música y la vestimenta. Quizás le ha llamado más la atención porque representa la cultura negra, y como descendiente de afroamericano se siente identificado.

Pero en Panamá la cultura hiphop no es bien vista, ya que la asocian con lo conocido como “gueto”, que en lenguaje coloquial son barrios populares con problemas sociales, y usualmente mantienen una marcada presencia de grupos delincuenciales. Por eso, se considera como algo de jóvenes rebeldes sin ley, que dañan las paredes de los edificios. Esto refleja que la mayoría de la población no comprende la historia y orígenes de este movimiento que hoy muchos jóvenes siguen.

Pero Ray sí sabe, y practica la cultura. Comprende que lo que dice la mayoría no es cierto y trata de orientar a personas que no conocen este estilo de vida.

En Panamá la cultura hiphop llegó en la década de los 90 con la música rap, que además trajo consigo la forma de vestir, la cual consistía en ropa deportiva de marcas reconocidas. También incluía el arte de tatuarse el cuerpo, el uso de prendas de oro con sus peculiares cadenas largas con diamantes (o imitaciones de llamativas piedras brillantes). Además, gracias a los grafiteros de esta cultura, actualmente vemos muchas paredes adornadas con este arte.

Ray vive en los suburbios de la ciudad de Panamá, estudia, es un buen chico a quien solo le encanta el hiphop. Se inclina más en la mezcla de sonidos. Piensa seguir promoviendo esta cultura en Panamá, que para él es la manera de hacer saber al mundo la lucha de las comunidades negras en nuestra sociedad actual. Y sueña con ser un gran DJ.

Carl es un chico de quince años que sabe diferenciar la existencia de vivir plenamente. Él trataba que los otros chicos entendieran ese detalle, pero le resultaban personas de mentes cerradas. Por lo menos hasta ese momento.

El joven intentaba marcar la diferencia, tanto en su escuela como en su comunidad; pero nadie le prestaba atención. A pesar de eso, seguía teniendo esa chispa y decía que jamás la perdería.

Una mañana en su colegio, Octavio Méndez Pereira, Carl se acercó a los salones para explicar a los estudiantes que todos podrían hacer un cambio en el planeta. 

—Esto se logrará si todos ponemos de nuestra parte —reflexionaba. 

Lamentablemente, nadie tomó en serio su propuesta, como siempre. Carl, sin rendirse, continuaba con sus ideas, y nadie podía sacarlas de su cabeza.

El chico vio una oportunidad que estaban brindando en la escuela: ser parte de la Asamblea Juvenil de Diputados, un programa que promueve la participación política de los adolescentes. Pensó que tal vez con esto todos en el país escucharían su voz, y así realizaría el cambio que tanto anhelaba.

Se inscribió, hizo sus propuestas y las comentó frente a todos los estudiantes del plantel. Su consejera, la profesora Elsy, siempre lo apoyaba, al igual que sus amigos cercanos Ana, Andrés, Lía y Keily.

Llegó el día de las votaciones internas. Primero se seleccionaba un presidente por escuela y luego era la competencia general. Carl fue el ganador del Octavio Méndez Pereira. Este triunfo era el reflejo de que ahora los estudiantes sí escucharon sus planteamientos, los cuales eran muy buenos.

A él le gustaba participar en todos los programas posibles, tanto caritativos, como sociales y escolares.

Luego de este primer triunfo, Carl conoció a los representantes de los demás colegios. Había chicos muy amables con ideas encaminadas en ayudar a muchas personas. Todos tuvieron que hacer alianzas con algún estudiante de otra escuela. Carl hizo su equipo con una chica llamada Isabel, de la Escuela de las Artes Diversificadas. Decidió apoyar sus propuestas, ya que tenían una en común: la mejora de las estructuras en las escuelas. De esta experiencia surgió una buena amistad.

Una semana después los aspirantes comenzaron sus campañas por los distintos centros educativos. Carl saludaba con efusividad a todo el mundo y generaba confianza en los alumnos. Esparcía esa chispa que lo caracteriza. 

Durante esa semana el joven líder participó en un programa llamado Juventud somos la fuerza, creado por el Ministerio de Desarrollo Social. Nunca imaginó vivir esta experiencia. Allí estuvo junto a chicos de los corregimientos de Betania, Pueblo Nuevo, Curundú y otros más. Se llevó a cabo en el cuadro de fútbol de Plaza Amador.

Por fin llegó el día de las votaciones generales, donde se eligieron a cinco diputados. Carl no quedó, pero estaba satisfecho del deber cumplido y seguía convencido de su misión de ayudar a mejorar el planeta.

Una persona puede hacer la diferencia, pero muchas hacen un cambio enorme. Si vives en el pasado, sufrirás depresión. Si vives el futuro, pasarás con ansiedad; pero si vives el presente, siempre estarás en paz. 

En un noticiero de las seis de la tarde, escuché sobre las doce especies de animales que se están extinguiendo en Panamá. Tengo un amor profundo por los animales domésticos, y hay tres en mi casa: mi perro Capitán, el gato Félix y mi perico Lorenzo. Cada día que pasa somos más dependientes de ellos, pues nos aportan compañía en los momentos en que nadie está presente. ¿Cómo es posible que una familia que haya acogido a un perro o un gato termine dejándolos abandonados en la vía pública, en una autopista o simplemente en la calle?

Tenemos que buscar la forma para implementar mecanismos de adopción y así mejorar la calidad de vida de los animales en situación de vulnerabilidad. Por eso, es bueno continuar organizando campañas en defensa de los derechos de esos animalitos, con títulos de impacto como “Aquí estoy, yo soy tu dueño”, “Identifica a tu mascota” o “Adopta un animal adulto”. Esto se puede lograr con voluntarios que fomenten la adopción y la tenencia responsable de los animales.

También sucede que cuando llevamos a nuestras mascotas a lugares públicos muy concurridos, estas se pueden perder; entonces es bueno contar con una organización que brinde un servicio de hogar transitorio para los animalitos perdidos y abandonados, y que además logren su adopción.

¡Cuántas cosas se me han venido a la mente para ayudar a los animales, sabiendo que tengo a los tres míos bien cuidaditos en casa! Y vuelvo con el espacio televisivo sobre los que están en peligro de extinción en Panamá, como el majestuoso águila harpía, la ranita dorada que reluce con sus contrastes entre amarillo y negro; los quetzales, que son toda una maravilla de la naturaleza con sus vistosos plumajes; el venado de cola blanca, que vive en bosques secos y es considerado uno de los animales más lindos de la fauna panameña y, por último, el conejo pintado, un animal nocturno y excelente nadador. Su principal amenaza es la caza para el consumo de la carne.

A través del programa pude conocer que se considera extinta una especie a partir del instante en que muere el último individuo de esta, así que debemos tomar acciones para preservar las especies en vías de extinción y amenazadas; también hay que combatir los daños ocasionados por el hombre a través de programas de conservación.

No podemos seguir permitiendo la sobreexplotación del ambiente, la contaminación, la destrucción del hábitat o la introducción de nuevos predadores que amenazan a las especies endémicas. Según observé en el reportaje, la población humana se ha convertido en predadora e invasiva por medio de la caza excesiva, que genera una rápida extinción de la vida silvestre.

Es necesario promulgar leyes que sancionen el comercio o la caza de especies importantes para nuestro país, así como crearse reservas naturales con el objeto de proveer un entorno continuo y estable para las especies amenazadas por la expansión humana.

En un viaje que hice con mi familia hacia el interior, en el mes de abril, me detuve a observar cuántas personas tiran basura a la carretera desde sus autos, ya sea latas, frascos o cualquier tipo de plásticos. Es sorprendente saber que día a día crece más la población, al tiempo que se discute mucho sobre el cuidado del ambiente; sin embargo, pareciera que no existe conocimiento sobre las consecuencias de esta mala práctica.

En tan corto tiempo de mi trayecto hacia Ocú, provincia de Herrera, era imposible resolver ese mal que tanto nos afecta, pero a mi regreso a la ciudad, me hice el firme propósito de trabajar con la comunidad para sanar corazones y estimular la recolección de plástico y de envases reutilizables, antes de llegar a los ríos, y finalmente,  al mar; de lo contrario, esto seguirá ocasionando daños permanentes al medioambiente, haciendo que la naturaleza pierda su verdadero color, debido a los procesos de descomposición de los peces y sus predadores que han muerto, afectados por el vertimiento continuo y acelerado de los residuos.

Llegó el día del esperado encuentro, era una mañana muy soleada y, antes de que el sol comenzara a rajar piedras, me fui rapidito hasta la sala de conferencias del Instituto Nacional. Para no caer en regaños con los participantes de esta charla comunitaria y hacerla menos cansona, hice que los padres tuvieran participación junto con sus hijos, destacando que la buena educación no nace en las escuelas, sino en el hogar. De esta manera, fue más provechoso que los padres se comprometieran y enseñaran a sus hijos los buenos hábitos, a no contaminar el medioambiente ni permitir que continúen arrojando plásticos y papeles al piso, así como reciclar.

También hemos intercambiado con ellos experiencias en lugares mágicos y a la vez distantes, para hacerles entender de cómo en lugar de que sea común ver ríos contaminados, sea necesario convertirlos en sitios que ayuden al bienestar de la persona, eso traería consigo diversión para sus propios niños y, a la vez, reduciría el estrés diario de los padres. Tuve que acertar y “entrar por el hoyo de una aguja” buscando siempre la forma de trabajar con ellos de manera que les causara un efecto modificador en la conducta, que realmente nos lleve a una definitiva concienciación sobre la necesidad de conservar nuestro entorno.

Finalmente, abordé sobre uno de los medios que más se está empleando para llevar al público ideas ambientalistas: el cine. Les he explicado cómo este arte no solamente ha puesto en contacto al hombre con la naturaleza, sino que además ha sido y sigue siendo, el hilo en la lucha por la defensa del ambiente.

Además, desde su nacimiento, el cine ha sido el vehículo más poderoso de transmisión de conocimientos y de culturas, aportando a sus espectadores infinitas posibilidades de encuentro con paisajes y costumbres. Entonces, acercarnos a esos medios, podría ayudarnos a salvar a la naturaleza y a la propia especie humana.