Chiriquí, el viaje del reencuentro

Fernando sale treinta minutos después de la medianoche de su casa para emprender su viaje a Chiriquí. Por primera vez conocerá una provincia diferente a la de Panamá. Va con su padre, quien será su guía, pues él antes solía viajar mucho a ese lugar. 

Según el padre de Fernando, esa era la hora correcta de salir. Ponen una música relajante y conversan de temas triviales.

Fernando tiene mucho tiempo sin compartir con su padre porque este se la pasa trabajando. Solo son ellos dos. La madre del joven murió hace unos años, pero no hablan del tema. Fernando extraña a ambos.

Durante el viaje de 482 km y 7 h, Fernando se queda dormido. Al despertar había mucha neblina, su padre está prácticamente manejando a ciegas. Asustado, el joven propone detenerse, pero el hombre insiste en seguir, pues conoce el camino y ya falta poco para llegar al destino.

—Papá, hay mucha neblina, no se puede ver nada —reprocha el hijo.

—Yo sé el camino —responde el terco padre. 

—Recuerda que Chiriquí también es famoso por sus carreteras inseguras y de la muerte —dice el hijo angustiado.

—Lo sé, pero son personas que no conocen las calles, yo sí —dice con egocentrismo el padre.

— ¡Papá, detente! —dice con notable nerviosismo el hijo.

Por fin se detienen y bajan del auto. “¡Oh, Dios mío!”, exclamaron. Había un vacío y estuvieron a punto de caer en él. 

—Tenías razón —dice su padre.

—Son personas que no conocen las calles, yo sí —repite Fernando las palabras que escuchó minutos antes. 

—Sí, bueno, ya sé, debo tener cuidado —acepta el padre.

— ¡Qué bueno que lo sepa! —suspira el hijo.

—Vámonos.

Retoman el camino. Falta poco para que lleguen a su destino. Pasarán cuatro días en Chiriquí, donde conocerán varios lugares. 

El hostal es una pintoresca casa azul. La amplia habitación, ubicada en el segundo piso, tiene dos camas. Padre e hijo se acomodan para descansar de la ajetreada travesía.

A la mañana siguiente, los rayos del sol se posan en el rostro de Fernando y lo despiertan, este de inmediato se arrepiente de haber elegido ese lugar. Su padre llega con el desayuno, un típico menú de las tierras chiricanas: hojaldre, tortilla, chorizo frito, carimañola y jugo de naranja.

—Iremos al parque Cervantes caminando —comunica el padre, luego de la oración.

El papá de Fernando es la típica persona que hace un itinerario con horarios y actividades detalladas. Tiene todo meticulosamente ordenado y programado.

—Está bien —responde Fernando. Procede a bañarse y a arreglarse. Viste algo básico.

— ¿Ya estás listo? —pregunta el padre 

—Sí, solo me pongo perfume y nos vamos.

—Apúrate pues, o te dejo aquí —amenaza y camina hacia la puerta, preocupado por su plan del día.

Salen del hostal y emprenden marcha al famoso parque. Tiene una fuente (apagada) con una escultura central y hay iguanas grandes. 

Y así, entre risas, apuros y una estricta agenda transcurre el paseo. Al tercer día visitan Boquete. Van camino a un sendero para vivir una aventura en moto. La experiencia es extrema: pasan sobre puentes, ríos, lodo, rocas y otros terrenos. Fernando se cae de la moto y sigue feliz, reflexiona sobre qué sentido tendría la vida sin esos momentos cargados de adrenalina. 

—Tú madre estaría orgullosa de su valiente hijo —confiesa su padre con nostalgia. 

El paseo acaba, pero comienza otra etapa, pues Fernando se reencontró con la diversión y el otro lado de su padre. Ahora quiere seguir viviendo la linda experiencia de disfrutar junto a él.

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