El Santuario de una Leyenda

Majestuoso, una joya con valores distintos, pero que al final creaban uno solo, una leyenda, así describiría lo que ahora el mundo es testigo, El Teatro Nacional de Panamá, uno de aquellos lugares en donde el Folclore, flora y fauna eran admirados por la sociedad, en donde la población y nación se unían en cuerpo y alma cuando nuevamente una festividad se asomaba. Teniendo parajes que serían recordados por grandes historiadores de la época, el Teatro Nacional no se quedaría atrás. Mi conocimiento derivado de documentales, anécdotas y páginas en Internet me dejaban una hermosa vista sobre la gran bóveda que hacía que mi pecho se hinchaba de orgullo, siendo consciente que en mi tierra natal se llegó a originar un acto de talento de aquella magnitud. Sin duda alguna, un honrado corazón que late con fervor a causa de aquella victoria.

A pesar de que por mis venas corría sangre panameña, jamás obtuve la oportunidad de visitar aquella bóveda que por dentro contenía el verdadero sacrificio y talento de todos los panameños y demás que lo dieron todo en el proceso de construcción. Anteriormente utilizado como un convento para monjas de La Concepción en 1673 y nuevamente utilizado como cuartel militar en el 62. Demolido y como si se tratara de un ave Fénix, renaciendo de sus “cenizas” se convirtió en lo que ahora todo el mundo es testigo, El magistral Teatro Nacional de la República Panameña.Los planos de la elaboración cayeron en manos del arquitecto italiano Ruggiere. Ahora con Ramón Arias F. y José Gabriel Duque, quienes obtuvieron su rol como contratistas junto Florencio Harmodio Arosemena como uno de los ingenieros principales de la obra, una sublime corte para un aclamado juzgado.

Aquellas noches en que podíamos contemplar el cielo lleno de estrellas, cada momento se veía duramente opacado por el teatro, que resplandecía elegancia y euforia al público, cuyas puertas se veían majestuosas ante cualquier persona que quisiera dar un paso dentro del “santuario”. Ingresabas al auditorio y era como un cuento de hadas, butacas de terciopelo color rojo vino, igualmente el telón que cubría el magnífico escenario. Levantabas tu mirada y acabas con una obra maestra del arte en persona, una joya con un valor inolvidable. Aquel teatro será parte de toda persona que sea partícipe, sin importar nacionalidad, origen o etnia, un lugar en donde personas se juntan a construir recuerdos que pasan de generación en generación. Unimos tierra con alma, juntos llevamos a cabo una hazaña maestra en el istmo panameño. Aquella bóveda podría considerarse como el santuario de las leyendas panameñas, leyendas que marcaron el origen del corazón panameño.

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