La fruta prohibida

Era una mañana de febrero de 1982, los rayos del alba irrumpían el cuarto de Nivia y consiguieron despertarla. Era época de vacaciones y como el resto de los chicos que vivían en El Límite de El Chorrillo, la jovencita anhelaba gozar de su tiempo de ocio, así como de la vasta naturaleza de las faldas del cerro Ancón, próximo al barrio. Para desdicha de muchos, esa imponente naturaleza que les rodeaba pertenecía a la Zona del Canal, lo que la hacía poco accesible.

Aquella época en Panamá había bases militares de Estados Unidos y no se permitía el libre acceso a los nacionales a dicha área, que día y noche estaba acordonada y vigilada por soldados. Solo podían entrar los llamados “gringos” y empleados locales que trabajaban allí. Por ello, coloquialmente la bautizaron como “la zona prohibida”.

Nivia, quien ahora es mi madre, recuerda que ella junto a algunos chicos del barrio y su hermana mayor, Yacky, apreciaban desde sus balcones majestuosos árboles de mangos de todo tipo (huevo de toro, papaya, hilacho, entre otros), ubicados el censurado sector. En ese momento, una gran ventolina hizo acto de aparición y muchos frutos terminaron en el suelo, “nos dolía hasta en lo más profundo de nuestras jóvenes almas que esos “zonians” (estadounidenses que habitaban en la Zona del Canal) no pudieran apreciar semejante manjar tropical”, rememoró.

A pesar de haber aguantado por tanto tiempo, según Nivia, “ya no podíamos resistir al deseo de irrumpir el territorio “gringo” y obtener la fruta prohibida. Decidimos que cruzaríamos El Límite y nos escabulliríamos por la cerca, hasta al primer árbol de mango. Una vez ya adentrados en la zona, tomaríamos tantos frutos como nuestros pequeños brazos pudieran cargar y nos retiraríamos sigilosamente para no ser descubiertos por la patrulla y poder deleitarnos ya en nuestros balcones”.

Sin embargo, a Yacky se le ocurrió que pidieran permiso a los soldados para coger los mangos, porque siempre hay que ser honestos y decir la verdad. El grupo de niños así lo hizo, cruzaron la calle de El Límite y fueron directo a la garita a hablar con los militares para recoger unos cuantos; como era de esperar, les dijeron que no, ya que la zona era de acceso restringido.

A pesar de ello, dijo Nivia, “decidimos tirar al traste la cordialidad y entramos a hurtadillas, llegando así al paraíso de los mangos. Empezamos a echar cuentos y antes de que nos diéramos cuenta estábamos sentados comiendo mangos. Eventualmente, el plan se nos olvidó y nos quedamos disfrutando de semejante festín. Aquellos instantes mágicos quedaron grabados en mi memoria para la mismísima eternidad”.

Lastimosamente, el fin de la aventura ocurrió cuando la patrulla de los militares gringos los descubrió y los devolvieron a la garita. “Esa tarde nos gritaron mucho e incluso nos amenazaron con enviarnos al Tutelar de Menores de El Chorrillo si volvíamos a entrar a la zona”, adujo. 

Aunque la operación terminó fallando, aquella anécdota de la preciada juventud de mi madre le llegará a la nueva generación, así como su amor por la deliciosa fruta prohibida.

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