La Fruta Prohibida

Era una mañana de febrero de 1982, los rayos del alba irrumpían mi cuarto y eventualmente consiguieron despertarme. Estábamos de vacaciones y como el resto de los chicos que vivíamos en El Límite de El Chorrillo, anhelaba poder gozar de mi tiempo de ocio, así como de la vasta naturaleza de las faldas del Cerro Ancón, zona en la que se ubicaba nuestro barrio. Para nuestra desdicha, esa imponente naturaleza que nos rodeaba pertenecía a la Zona del Canal, lo que la hacía poco accesible.

En aquella época, Panamá estaba ocupado por bases militares de Estados Unidos y se le negaba el acceso a los panameños que vivían a sus alrededores ya que a esta zona solo tenían acceso los gringos y sus trabajadores; nosotros la decidimos bautizar como “la Zona Prohibida”.

Entre cuentos y chismes con algunos chicos del barrio de entre 8 y 12 años, mi hermana mayor Yacky y yo, podíamos apreciar desde nuestros balcones árboles de mangos majestuosos de todo tipo (huevo de toro, papaya, hilacho entre otros). En ese momento, una gran ventolina hizo acto de aparición y muchos mangos terminaron en el suelo, y nos dolía hasta en lo más profundo de nuestras jóvenes almas que esos Zoneans no pudieran apreciar semejante manjar tropical. A pesar de haber aguantado por tanto tiempo, ya no podíamos resistir al deseo de irrumpir el territorio gringo y obtener la fruta prohibida. Decidimos que cruzaríamos El Límite y nos escabulliríamos por la cerca, hasta al primer árbol de mango. Una vez ya adentrados en la zona, tomaríamos tantos mangos como nuestros pequeños brazos pudieran cargar y nos retiraríamos sigilosamente para no ser descubiertos por la patrulla gringa y poder deleitarnos con los mangos ya en nuestros balcones.

Sin embargo, a Yacky se le ocurrió que le pidiéramos permiso a los gringos para coger los mangos porque siempre teníamos que ser honestos y decir la verdad. Le hicimos caso y cruzamos la calle de El Límite, fuimos directo a la garita a pedirle permiso a los militares en la entrada para recoger unos cuantos mangos; pero como era de esperar, nos negaron el acceso ya que la zona era de acceso restringido.

A pesar de ello, decidimos tirar al traste la cordialidad y entramos a hurtadillas, llegando así al paraíso de los mangos. Empezamos a echar cuentos y antes de que nos diéramos cuenta estábamos sentados comiendo mangos. Eventualmente el plan se nos olvidó y nos quedamos disfrutando de semejante festín. Aquellos instantes mágicos quedaron grabados en mi memoria para la mismísima eternidad.

Lastimosamente, el fin de nuestra aventura llegó cuando la patrulla de los militares gringos nos descubrió y nos devolvieron a la garita. Esa tarde, nos gritaron mucho e incluso nos amenazaron con enviarnos al Tutelar de Menores de El Chorrillo si volvíamos a entrar a la zona. Aunque la operación termino fallando, aquella anécdota de mi preciada juventud le llegará a la nueva generación, así como mi amor por la deliciosa fruta prohibida.

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