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En este mundo existe una mujer, a quien llamaremos Kristina, muy diligente, responsable y disciplinada. Ella labora catorce horas diarias y me inspira porque lo hace, aunque esté cansada.

Kristina nació en Suzhou, Jiangsu, China y vivía junto a su abuela y su padre. Tuvo que soportar momentos muy difíciles hasta que su tío decidió que viajara a Panamá para vivir con él y su familia, pero la joven se encontró con situaciones que no le permitían disfrutar de las bondades de nuestro país.

Comenzó su nueva vida con deudas y se vio en la necesidad de trabajar para poder pagarlas, teniendo apenas catorce años. Su primer empleo estaba ubicado en un área muy peligrosa, según me cuenta. Allí se dedicaban a distintos servicios como ferretería y farmacias, era como una especie de minisúper. En este lugar Kristina trabajaba por lo menos dieciséis horas diarias. No puedo imaginar lo difícil que fue para ella estar de pie todo un día realizando oficios para poder ganar algo de dinero y saldar el compromiso que había adquirido con sus familiares, pues debía cancelar el costo del viaje al Istmo.

Aunque Kristina estaba ocupada la mayor parte del tiempo, tuvo momentos divertidos con sus primas. Al ser nueva y desconocer el idioma, no sabía comunicarse con los locales. Una de las primas, que es mayor que ella por dos años y dominaba bien el español, fue su guía en el trabajo.

Kristina continuó esforzándose arduamente, aunque su tía, una mujer estricta y malvada, la regañaba todo el tiempo sin parar, aduciendo que no hacía las cosas correctamente.

Pasados los años, Kristina, esa mujer que me inspira, conoció a un chico llamado «Juan», el muchacho era joven, simpático y encantador. Empezaron a salir a cines, restaurantes… ella disfrutaba de su compañía, pero ¡uy!, había un pequeño problema: Juan tenía novia y Kristina no lo sabía. Eso fue devastador porque se había ilusionado, así que al momento de enterarse tomó una decisión triste, sabía que la relación debía terminar y solo podrían ser amigos.

Pero la joven no cerró su corazón y con el tiempo conoció a quien actualmente define como el amor de su vida, “Mauricio”, con él sintió nuevamente mariposas en el estómago y para ella esto era maravilloso, así que después Kristina y Mauricio decidieron casarse. De esta relación surgieron tres hermosas flores, sus hijas, de las cuales está orgullosa.

Al conocer la historia de su mamá, de lo difícil que es estar en un país extranjero, emocionalmente sola, y tener que trabajar para poder salir adelante siendo tan joven, su hija mayor decidió seguir ayudándola en el trabajo para que Kristina tenga una calidad de vida mejor, lejos de tanto estrés.

Kristina es mi madre y sé que dentro de su corazón nos ama a las tres y agradece el apoyo que le podamos brindar. Ella hace todo lo posible por vernos felices y da gracias a papá Dios por tener tres hijas solidarias y responsables; solo pide que le siga bendiciendo para poder divertirse junto a ellas.

La historia de Kristina es real, su vida no fue fácil y para nosotros, dentro de nuestra cultura, es difícil contarla, es por ello que se cambiaron los nombres de los personajes para evitar conflictos.

Muchos piensan que nosotros los de ascendencia asiática tenemos mucho dinero, pero nuestra vida no es sencilla, y más cuando no se es originario de aquí. Yo tuve el privilegio de nacer en Panamá, un país hermoso y que brinda oportunidades.

Kristina me inspira porque es una mujer excepcional, con muchos valores y coraje, el cual ha aplicado en la vida de su familia; es trabajadora, comprometida y constante. Me motiva a querer seguir adelante con mis sueños y ser como ella: fuerte y valiente para la vida.

Patricia Taylor dice que estar rodeada de niños siempre ha sido de su agrado. Su deseo por trabajar con ellos empezó cuando nació su sobrino, a quien años después se le detectó autismo; por entonces no sabían cómo atenderlo y se propuso encontrar maneras de ayudar, siendo esto algo nuevo para ella.

Estudió en la Universidad de Panamá y en la Universidad de las Américas. Se graduó en 2002 como docente integral. Actualmente labora en la Escuela Mateo Iturralde y lleva 20 años dedicándose a esta área del saber. Es panameña, de 63 años, aunque no los aparente; de piel morena, alta y le gusta bailar, especialmente el merengue dominicano.

Ahora, hay que hablar más sobre su historia. Ella atiende a estudiantes con necesidades educativas especiales, como discapacidad visual, auditiva, intelectual, lento aprendizaje y autismo. Sin duda, es una mujer ejemplar que ayuda a diario a muchos chicos a desarrollarse mejor.

Patricia define su trabajo como gratificante, comprometido, exigente, de bastante responsabilidad, dedicación y, sobre todo, muchísima paciencia, algo esencial porque estos alumnos tienen memoria de corto plazo y es muy necesario repetirles las lecciones de manera constante para que no se les olvide, pero ella lo hace cuantas veces sea necesario. Patsy, como le apodan sus seres queridos, utiliza el método visual, pues esto ayuda a que sus pupilos familiaricen las imágenes con las palabras.

Uno de sus mayores retos fue atender a una niña de tercer grado con síndrome de Down. Tuvo que leer mucho para informarse sobre la metodología que debía usar con el fin de asegurarle un aprendizaje de calidad. A pesar de que este fue un desafío muy grande, no ha sido el único. En la pandemia causada por la COVID-19 enfrentó problemas con la conectividad para la asistencia de sus estudiantes a las clases virtuales, ya que muchos de ellos solo contaban con un celular en su hogar y, como consecuencia, en repetidas ocasiones fue necesario atender a los alumnos por la noche. Ella lo hizo encantada.

“Patricia, ¿cuál ha sido su mejor experiencia?, ¿qué piensan sus estudiantes de usted?”, pregunté. Me contestó que fue muy gratificante el caso de una chica que aprendió a leer en cuarto grado y en secundaria llegó a ser cuadro de honor. Y dice que sus alumnos opinan que es una profesora maravillosa y que les tiene una gran paciencia.

Como sociedad, es importante reconocer el trabajo de los docentes, especialmente de aquellos que se dedican a la educación especial, ya que su trabajo requiere un poco más de esfuerzo para poder entrenar a sus alumnos y lograr su desarrollo tanto en la sociedad, como en su familia y en su futuro trabajo. Patricia cree que todos podemos contribuir, solo debemos respetarnos mutuamente.

Julieta Madrid nació el 16 de marzo de 1992 en la ciudad de Panamá. Es la cuarta hija de Eloy y María. Es lista, atractiva, de ojos medio claros, cabello largo, mediana estatura y piel blanca.

Como muchas, ha sido fuerte y no se rinde. Como muchas, también tuvo su primer amor de joven. Y como muchas, esa primera ilusión fue a escondidas de sus padres, que le prohibieron tener novio.

Su novio era tres años mayor. Al principio los dos iban a la escuela, aunque él abandonó su educación poco después. Pero Julieta se había enamorado, así que hizo todo para seguirlo viendo aun cuando él no fuera a clases. Y entonces empezó su rebeldía: se fugaba del colegio, le mentía a sus papás. Tuvieron su “prueba de amor” y meses después todo cambió.

Su salud cambiaba y su vientre crecía. Tenía quince años cuando el médico le dio la noticia frente a su madre: estaba embarazada. Una de las 34 000 madres adolescentes reportadas en 2007 en Panamá.

Julieta llamó a su novio —que justo había cumplido la mayoría de edad— y le contó. Su mamá la acompañó en el proceso, pero su papá se molestó mucho por la situación, le quiso pegar y la echó de la casa porque sentía vergüenza de ella. Así, quinceañera y embarazada, se mudó a donde su pareja, que debió buscar trabajo para cubrir los gastos de la nueva familia. Incluso con su embarazo, ella siguió estudiando. Hicieron su hogar, y cinco años después tuvieron su segundo hijo.

La situación cambió nuevamente: empezaron los problemas, las infidelidades de su pareja y la pérdida de confianza. A las diez de la noche del 4 de febrero de 2013 le llega un conocido a casa con una noticia devastadora: su marido había fallecido tras una trifulca. A los veintiún años, con una niña y un niño, se había quedado sola.

A Julieta le tocó hacer de tripas corazón. Dejó la universidad y buscó trabajo. Tuvo que abandonar la vivienda donde vivía con sus hijos y su pareja, e irse a vivir en un alquiler con su mamá. Aterrada por todo, simplemente le tocó salir adelante.

Años después, ya con la herida curada, volvió a reconstruir su vida. Conectó con Rodrigo, un novio que tuvo de muchacha, y que venía de una ruptura amorosa. Ella le advirtió que su prioridad era que una futura pareja quisiera a sus hijos, y él lo entendió porque también tenía una hija. Y así decidieron formar juntos un hogar. Compraron su primera casa propia y tuvieron una hija más. Después de tanto, la vida y Julieta volvían a sonreír juntas.

Y conozco bien esa sonrisa: Julieta es mi mamá.

No es que morir nos duela, sino que vivir nos lástima más.  

Emily Dickinson, fue una poetisa apasionada, pero que no tuvo el debido reconocimiento hasta después de muerta.  

Nació en una familia prestigiosa y vivió gran parte de su vida postrada en casa. Tiempo después de estudiar durante siete años en Amherst Academy, asistió brevemente al seminario femenino Mount Holyoke. 

El tiempo que asistió en Amherst se puede describir de dos maneras: pleno y estresante. Su punto flojo fueron las matemáticas, no le agradaban y solía intercambiar trabajos con sus compañeras: ellas se encargaban de las sumas, restas y multiplicaciones, mientras Emily les ayudaba con literatura. 

—“Hoy es miércoles y ha habido clase de oratoria.  Un joven leyó una composición cuyo tema era «Pensar dos veces antes de hablar». Me pareció la criatura más tonta que jamás haya existido, y le dije que él debiera haber pensado dos veces antes de escribir”—, le escribió una vez a una amiga, a los 11 años.   

“Terminaremos nuestra educación una vez, y luego seremos Platón y Sócrates, siempre y cuando no seas más sabía que yo”—, le escribió después. 

Hoy se especula que escribió alrededor de 1800 poemas, de los cuales ni un cuarto fueron publicados. Quizás sus conocidos sabían de sus escritos, pero no mencionaron nada. Muy pocas personas fueron a las que Emily les tuvo la confianza en enseñárselos. Su hermana menor, Lavinia, quien Emily solía apodar Vinnie, fue su mayor confidente y amiga, sin dejar por fuera a su cuñada, amante y amiga, Susan, a la que le dedicó unos 300 escritos. 

Emily también amó a Benjamin Newton, tanto así que una vez le comentó a Susan: 

—“He encontrado un nuevo y hermoso amigo.  Su carta no me emborrachó, pues ya estoy acostumbrada al ron. Me dijo que le gustaría vivir hasta que yo fuese una poetisa, pero que la muerte tenía una potencia mayor que la que yo podía manejar.«

 Su primer amigo le escribió la semana anterior a su muerte: 

— «Si vivo, iré a Amherst a verte: si muero, ciertamente lo haré.»

Veintitrés años más tarde, Emily Dickinson aún seguía citando de memoria las palabras de estas últimas cartas de su amigo de la juventud, quien murió el 24 de marzo de 1853. 

Luego se enamoró de un reverendo, del que perdió contacto durante 20 años, hasta 1880, cuando se asomó a su puerta. Dos años después, él murió. A propósito de eso, ella escribió: “Agosto me ha dado las cosas más importantes; abril me ha robado la mayoría de ellas.” 

Tras las muertes de sus dos amores, Emily sólo halló consuelo en la poesía. Comenzó a dejar de salir de la casa de su padre, y con frecuencia, de su propia habitación. 

Cuando murió su sobrino menor, último hijo de Austin y Susan el espíritu de Emily, que adoraba a ese niño, se quebró definitivamente. Pasó todo el verano de 1884 en una silla, postrada por el mal de Bright. A principios de 1886 escribió a sus primas su última carta: Me llaman. 

Así, la poeta lírica más memorable de Estados Unidos se marchó. “Vivió y murió en el anonimato”, dijo su biógrafo tiempo después. 

Emily Dickinson pasó de la inconsciencia a la muerte el 15 de mayo de 1886. La devoción de Lavinia fue la responsable de hacer comprender al biógrafo de Emily, George Frisbie Whicher, y al mundo que: 

 «La poeta lírica más memorable de Estados Unidos había vivido y muerto en el anonimato». 

No es que morir nos duela, sino que vivir nos lástima más.  

Emily Dickinson fue una poetista apasionada quien no tuvo el debido reconocimiento hasta después de muerta.  

Dickinson procedía de una familia de prestigio y poseía fuertes lazos con su comunidad, aunque vivió gran parte de su vida postrada en casa. Tiempo después de estudiar durante siete años en Amherst Academy, asistió brevemente al seminario femenino Mount Holyoke. 

El tiempo que asistió en Amherst se puede describir de dos maneras: pleno y estresante. Su punto flojo fueron las matemáticas, no le agradaban y solía intercambiar trabajos con sus compañeras: ellas le hacían las tareas de dicha materia y Emily les ayudaba con las composiciones.  

“Hoy es miércoles y ha habido clase de oratoria.  Un joven leyó una composición cuyo tema era ‘Pensar dos veces antes de hablar’. Me pareció la criatura más tonta que jamás haya existido, y le dije que él debiera haber pensado dos veces antes de escribir”. Fue algo que su amiga Jane Humphrey le escribió cuando tenían once años, esta chica tenía un estilo académico un tanto cómico.   

El rector de la academia era un experimentado educador de Berlín, Alemania. Edward, el padre de Emily, le propuso inscribirse a unas clases de alemán, pues en un futuro no tendría ocasión para aprender el idioma.  

Emily dudó, pues ya tenía demasiado estudio. Piano con su tía, canto los domingos y también jardinería, que no tenía planeado abandonar hasta el fin de sus días. Su educación fue más extensa que como solía ser para las mujeres en aquella época. Emily se sentía presionada gran parte del tiempo, su salud no era muy buena y tanto estudio no le ayudaba a mejorar.  

“Terminaremos nuestra educación una vez, y luego seremos Platón y Sócrates, siempre y cuando no seas más sabía que yo. Le dijo una vez Emily a su compañera. 

Abandonó su hogar para ir al seminario Mount Holyoke, cuyos encargados intentaron llevar a Emily al extranjero a practicar la religión, pero ella se negó rotundamente. Eso no era lo que le apasionaba, pero las ciencias sí.  

Desde pequeña recordaba los nombres de las estrellas y constelaciones, también le gustaba mucho la botánica, y eso fue a lo que Emily se dedicó. Si le preguntabas, podía decirte dónde se encontraban cada una de las flores de la región, al igual que algunos de sus nombres.  Gracias a lo sabia que era, no tuvo que rendir los exámenes correspondientes en el internado.

Emily enfermó y tuvo que abandonar el seminario, fue traída de regreso por su hermano Austin. Después de eso, no volvió a estudiar nunca más. 

En los lugares oscuros de su hogar era una poetisa, se dice que escribió alrededor de 1800 poemas, de los cuales ni un cuarto fueron publicados. Quizás sus conocidos sabían de sus escritos, pero no mencionaban nada. A muy pocas personas Emily les tuvo la confianza para enseñárselos. Su hermana menor, Lavinia, quien Emily solía apodar Vinnie, fue su mayor confidente y amiga, sin dejar por fuera a su cuñada, amante y amiga, Susan. 

Susan fue una de las afortunadas en leer los escritos de Dickinson. Se comenta que algunos de esos fueron para ella (trescientos, intentando ser exactos.)  Al parecer, ambas mantuvieron una relación íntima a lo largo de sus vidas.  

Benjamín Newton fue otro de los amores de la poetisa (aunque nada confirmado), quien provocó una gran impresión en ella, tanto así, que le comentó a Susan: 

“He encontrado un nuevo y hermoso amigo. Su carta no me emborrachó, pues ya estoy acostumbrada al ron. Me dijo que le gustaría vivir hasta que yo fuese una poetisa, pero que la muerte tenía una potencia mayor que la que yo podía manejar”.

 Su primer amigo le escribió la semana anterior a su muerte: 

“Si vivo, iré a Amherst a verte: si muero, ciertamente lo haré”.

Veintitrés años más tarde, Emily Dickinson aún seguía citando de memoria las palabras de estas últimas cartas de su amigo de la juventud, quien murió el 24 de marzo de 1853. 

Siguiendo con los amores de la poetisa, en Filadelfia, año 1854, aun luchando con el duelo de la muerte de Newton, se encuentra Charles Wadsworth, un pastor de cuarenta años y felizmente casado, pero igualmente causó una profunda impresión en la joven poeta de veintitrés.  

“Él fue el átomo a quien preferí entre toda la arcilla de que están hechos los hombres; él era una oscura joya, nacida de las aguas tormentosas y extraviada en alguna cresta baja”.  

Pasaron veinte años antes de que volvieran a verse. Una tarde del verano de 1880, Wadsworth golpeó a la puerta de la casa de los Dickinson. Lavinia abrió y llamó a Emily a la puerta. Al ver a su amado, se produjo el siguiente diálogo, perfectamente documentado por Wicher.  

—¿Por qué no me ha avisado de que venía, a fin de prepararme para su visita? –preguntó ella.

—Es que yo mismo no lo sabía. Me bajé del púlpito y me metí en el tren —respondió él. 

—¿Y cuánto ha tardado? 

—Veinte años —susurró el presbítero.  

Charles Wadsworth murió dos años después, el primero de abril de 1882, cuando Emily tenía cincuenta y un años, la dejo sumida en la más absoluta desesperación. En otoño ella escribió: “Agosto me ha dado las cosas más importantes; abril me ha robado la mayoría de ellas”. 

“¿Es Dios enemigo del amor?” fue la abrumadora pregunta que apareció al pie del texto.

Al cumplirse el primer año de la muerte de Charles Wadsworth escribió: 

 “Toda otra sorpresa a la larga se vuelve monótona, pero la muerte del hombre amado llena todos los momentos y el ahora. El amor no tiene para mí más que una fecha: 1 de abril, ayer, hoy y siempre.” 

Tras las muertes de Newton y Wadsworth, la vida de Emily Dickinson quedó totalmente vacía y su único camino para evitar la muerte fue nada más y nada menos que la poesía. Comenzó a dejar de salir de la casa de su padre, y con frecuencia, de su propia habitación. 

Cuando murió su sobrino menor, último hijo de Austin y Susan, el espíritu de Emily, que adoraba a ese niño, se quebró definitivamente. Pasó todo el verano de 1884 en una silla, postrada por el mal de Bright. A principios de 1886 escribió a sus primas su última carta: «Me llaman». 

Emily Dickinson pasó de la inconsciencia a la muerte el 15 de mayo de 1886. La devoción de Lavinia fue la responsable de hacer comprender al biógrafo de Emily, George Frisbie Whicher, y al mundo que: 

 «La poeta lírica más memorable de Estados Unidos había vivido y muerto en el anonimato». 

En una tarde de juegos, Yanina Ballestero se encuentra con sus primas y mientras juegan y ríen, sus abuelos y madres conversan. Este es uno de sus más preciados recuerdos que le devuelve el anhelo de ser niña una vez más.

No es de extrañar que se haya vuelto en la madre y esposa más cariñosa, comprensiva y trabajadora que existe. Cada día se levanta a las tres de la madrugada, llega a su trabajo a las siete de la mañana y cumple una jornada laboral de ocho horas. Al regresar a su casa guía, prepara, trabaja y juega con su hija de cinco años, ayudándola con las tareas de la escuela. Ella es enfermera obstetra, madre, hija, esposa, un amor y un ángel en la Tierra.

Su tez blanca es decorada con pequeños lunares y pecas, con una estatura de 1,59 metros, una larga cabellera castaña oscura y profundos ojos marrones. Su corazón alberga la empatía que cada día proporciona a las madres y niños que atiende en el hospital.

Sus abuelos fueron un pilar fundamental para elegir la carrera de Enfermería que ama con cada célula de su cuerpo, pero que no recomienda a los demás por las noches en vela, el sacrificio social y mental, las lesiones físicas y el dolor por los pacientes perdidos o por tener que presenciar la desgarradora mirada de una madre al enterarse del fallecimiento de su hijo.

Cuando camina por los pasillos de la Sala de Emergencias, recuerda cuando andaba con sus compañeros en las aulas de la Universidad de Panamá. Todos empezaron en el mismo nivel con el conocimiento mínimo de su oficio, pero con el sueño y la esperanza de un día convertirse en lo que siempre habían querido y poder ayudar a muchas personas. Sus profesores eran estrictos y con una diversidad de formas de ser, principalmente porque la carrera requiere mucha disciplina, esfuerzo, sacrificio y dedicación.

Una anécdota jocosa que recuerda a menudo la compartió con una compañera. Un día debían asistir a una reunión con el personal médico, pero ninguna de las dos comprendió con claridad el punto de encuentro. Al llegar al hotel donde ocurriría la actividad, las recibieron con mucha cordialidad y las guiaron a una sala de eventos. Después de unas horas se percataron de que no conocían a los presentes y descubrieron que esa no era el lugar en el que deberían estar. No pudieron hacer mucho al comprender la situación, por eso se quedaron conversando, riendo y comiendo. Esta historia se convirtió en un relato muy gracioso de contar y compartir.

Esta maravillosa mujer es Yanina Ballestero, nacida el 1 de febrero de 1980, en la ciudad capital. Inició sus estudios de enfermera en 1999, a los 19 años, y se graduó en el 2003. Actualmente ejerce con abnegación su oficio de enfermera con más de 16 años de experiencia en atención primaria y, a pesar de haber visto muchos casos (buenos y malos), sigue tratando a sus pacientes con la mejor actitud, compartiendo sus sentimientos y dolores.

Antropóloga, etnógrafa y defensora del derecho de los panameños a conocer sobre su pasado. Eso resume a Reina Torres de Araúz, una de las gestoras culturales más importantes de Panamá durante el siglo XX.

Torres de Araúz es una de las figuras trascendentales de la antropología en nuestro país. No en vano el museo más relevante del istmo, ubicado en la plaza 5 de Mayo, en la ciudad capital, lleva su nombre. Aunque ella está también detrás del nacimiento de otros museos como el de Arte Religioso Colonial, el de El Caño o el Afroantillano. También fue creadora de la Dirección de Patrimonio Histórico del hoy Ministerio de Cultura.

Aunque murió hace más de 40 años, su legado sigue vigente: es autora de 70 artículos de antropología, ecología e historia, así como nueve libros en los que hablaba sobre el arte panameño y el ser istmeño.

También defendió y compartió sus conocimientos sobre nuestro patrimonio cultural en las aulas de clases, ya fue profesora en el Instituto Nacional y en la Universidad de Panamá, donde ayudó a crear las cátedras de Antropología y Arqueología, así como el Centro de Investigaciones Antropológicas.

Esta mujer es digna de ser llamada un orgullo panameño.

Michael Oher nació en un hogar de doce hermanos, un padre que había salido de prisión y una madre con problemas de drogadicción. Repitió dos veces niveles cuando estaba en primaria, fue matriculado en once escuelas diferentes, y después de eso, sus progenitores lo dieron en adopción.

Oher también es hoy uno de los jugadores más relevantes e inspiradores del fútbol americano.

Pero entre un hecho y el otro, este chico de Memphis, en el centro de Estados Unidos, pasó por muchos páramos: a los dieciséis años, Big Mike, como conocían a este deportista afrodescendiente, no tenía hogar y solía dormir en el piso de quien le diera asilo por unos días.

Uno de ellos fue Tony Henderson, quien además le ayudó a que lo aceptaran en la escuela nuevamente. Su coeficiente intelectual era tan bajo que los maestros de los centros educativos a los que había asistido de niño rogaban que se fuera del aula. Pero una noche, después de un evento en el colegio, para él todo cambió gracias a la mano amiga de una mujer que provocaría un vuelco positivo en su existencia.

Big Mike caminaba sin rumbo. Nadie lo estaba esperando: seguía sin hogar y sin padres. Vagando por un lugar para descansar, se encontró a Leigh Anne Tuohy, una decoradora de interiores con una vida de ensueño: casada, con hijos y adinerada gracias a que junto a su esposo Sean eran los propietarios de docenas de franquicias de comida rápida en la unión americana.

Leigh Anne le preguntó preocupada a Big Mike hacia dónde iba, y él no supo qué responder, así que ella, sin dudarlo puso a andar su buen corazón, y le invitó a ir a su casa.

Tiempo después, Leigh Anne lo adoptó de manera formal. Su nuevo hermano Sean, que jugaba baloncesto, lo ayudaría a entender su potencial para el fútbol americano. Mike se entusiasmó, trabajó duro en sus notas y logró un espacio en la Universidad de Mississippi (centro de estudios donde se graduó su madre adoptiva), donde el equipo de los Baltimore Ravens lo ficharon por millones de dólares.

Ganó el Super Bowl (la final del campeonato de la National Football League) y su vida, sin igual, se convirtió en una película de cine titulada The Blind Side (2009), basada a su vez en el libro The Blind Side: The Evolution of a Game, de Michael Lewis. La protagonista de este largometraje fue Sandra Bullock, quien encarna en la pantalla grande a Leigh Anne Tuohy y por este papel obtuvo el premio Oscar en la categoría de mejor actriz principal.

El 24 de marzo de 1991, nació una gran mujer, con una historia interesante, llamada Karol Pittí. Vive en un pequeño pueblo de la provincia de Chiriquí y tiene algunos familiares relacionados con el mundo de la medicina, por eso desde pequeña soñó con involucrarse en esa área.

En la escuela se preparó lo suficiente para entrar a un buen colegio; luego su meta era ingresar a la universidad para estudiar medicina. Al graduarse de bachillerato decidió cursar una carrera en farmacia, pero no pudo culminar por inconvenientes personales. Intentó hacer otros estudios relacionados con la salud, pero tampoco pudo terminarlos por falta de tiempo. Nunca se dio por vencida.

Esto nos muestra que, a pesar de los inconvenientes, es mejor persistir que desistir. Cuando se trata de cumplir sueños, no hay que darse por vencidos. Entonces, Karol empezó a estudiar en la Universidad Especializada de las Américas una licenciatura en Radiología. Pero, cuando estaba a punto de terminar llegó la pandemia del COVID-19 y detuvo las prácticas en los hospitales y clínicas. Estas fueron muy duras para ella, ya que debía levantarse a las cuatro de la madrugada para poder llegar a tiempo; además, no siempre la trataban muy bien. A pesar de esto, la mujer seguía esforzándose.

En la cuarentena Karol no paró, leyó todos los libros y apuntes que hizo en la universidad, así, cuando la situación en el país empezó a normalizarse, continuó con sus estudios. Hoy en día está preparando su tesis, que le ha costado, según cuenta, porque en una carrera como esta es necesario hacer investigaciones que no se encuentran en Internet. Este trabajo le resulta arduo e interesante.

Después de presentar su tesis podrá ejercer su labor, su sueño anhelado está a punto de convertirse en realidad para estar al servicio de la comunidad.

A futuro, Karol desea seguir estudiando y especializarse en otra rama para poder tener un ingreso económico mayor. Además, quiere tener un buen fondo de retiro por todo su esfuerzo.

Al final valdrá la pena el sacrificio que ha hecho durante todos estos años. Su frase motivadora es: “Nunca te rindas por más difícil que sea el camino, siempre mira hacia adelante hasta llegar a la cima”.

Son las cuatro y media de la mañana y Gladys Mendoza arranca su faena diaria para luego dirigirse a su pequeño restaurante. En la cocina y el ambiente comienzan a sentirse los olores. ¡Cómo no querer probar los ricos platillos que prepara la abuela!

Muchas personas visitan el pequeño local para deleitar el paladar con la rica comida típica panameña. La cocina es un arte y en eso se caracteriza Gladys, sus clientes son fieles seguidores de su rico caldo de costillas y de pollo. Imagínense que jamás pensó que una de las glorias de nuestro país, Roberto «Mano de Piedra» Durán, diría que su sopa era la más deliciosa que había probado en su vida. Los comensales iban al restaurante por los suculentos platillos que preparaba como pescado, pollo y, el más importante, el jarrete.

Muy buenos comentarios recibió Gladys por parte de todas las personas que iban al restaurante. Esto le hacía sentir mucho orgullo por su comida y por todo el tiempo de aprendizaje en la vieja escuela, es decir, la cocina de su madre y de sus abuelas.

Fueron muchos años al servicio de la comunidad ofreciendo sus estupendos bocados. Ella sentía que era una oportunidad que le daba el destino para brindar trabajo a sus colaboradores. Siempre se esforzó para poder sacar a su familia adelante. Su primer negocio fue el Restaurante Itzel, en Changuinola; tristemente, fue en este tiempo (1991) que sucedió el terremoto en la provincia de Bocas del Toro. Durante la catástrofe la señora Gladys ofreció su apoyo a la comunidad brindando su comida a aquellas personas que habían sido afectadas.

Pero no todo fue malo. Luego, en 2015, consiguió abrir un segundo restaurante en la provincia de Chiriquí, que se llamaba Saldaña. Este tuvo mucho éxito, sin embargo, tuvo que cerrar su primer local, pues todo cambia cuando el dueño no está cerca del negocio, y ella se tuvo que mudarse de lleno a la provincia chiricana.

En el nuevo local estuvo alrededor de tres años. Tanto fue su popularidad en la cocina que le otorgaron un premio en reconocimiento por la exquisita comida, los años de ayuda a la comunidad y por su amable servicio. Hoy día aún hay gente que la saluda por el primer restaurante. Nadie olvidará la exquisita comida que preparaba la abuela, sus sabores únicos, su amor y dedicación en la cocina son sus más grandes tesoros.

Si de preservar la belleza se trata, la doctora Sandra Sierra es la indicada. Ella hace que luzcas más hermosa o hermoso de lo que eres, es por ello que su labor es muy valorada y apreciada por los pacientes.

El camino para lograr lo que es hoy no fue fácil, muchos años de preparación, esfuerzo y sacrificio formaron en ella una gran esteticista. Su profesión es su pasión. Su clínica está ubicada en la ciudad de David y ofrece servicios como bótox, láser, consulta médica, faciales, masajes, depilaciones y mucho más.

¿A quién no le gusta sentirse como nuevo? Y es aquí donde sus mágicas manos rejuvenecen a sus clientes y resaltan su encanto con ese toque estético.

La doctora Sandra opina que su profesión le permite además de relacionarse con otras personas, puede ayudarlas a sentirse como nuevas y a elevar su autoestima. Para ella no existe mayor satisfacción que ver a sus pacientes contentos con los resultados de su trabajo.

El bótox es uno de los tratamientos más usados en la actualidad en personas de todas las edades, según cuenta la doctora; pero puede ser uno de los productos más peligrosos en las manos equivocadas, por eso sugiere siempre hacerlo con un experto, pues se aplica inyectando en ciertos lugares de la cara como debajo de los ojos, alrededor de la boca, arriba de la ceja y en la frente. El propósito siempre es rellenar y levantar el área para que luzca más fresca.

En el área de faciales también realiza diversas técnicas, como los famosos hilos tensores, mejor conocidos como hilos de plata, utilizados para rejuvenecer el rostro y tener la piel más tersa, elástica y vital.

Otro procedimiento estético que Sandra ofrece en su clínica es el facial de vampiro ―suena un poco espeluznante―, que consiste en sacar la sangre con una aguja, centrifugarla para obtener el plasma de crecimiento y luego inyectarla a otra parte de la cara para eliminar arrugas, tal como explica la doctora. El peeling es un método para gente con acné grave, se limpia la cara y se aplica un ácido especial en varias capas.  En ese caso, señala Sandra, debe recetar cremas al paciente y decirle las restricciones a considerar por varios días hasta que el proceso acabe.

Las mujeres somos presumidas y siempre buscamos elevar nuestra belleza.  Para esto está nuestra querida doctora Sandra, para hacernos ver radiante.