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La mujer que logró cautivar mi inspiración para que realizara esta crónica fue mi abuela Eneida, una señora de 79 años, cariñosa, perseverante y amable. Proveniente de un campo del distrito de Ocú, en la provincia de Herrera, el lugar más bello de esa región… un pueblito humilde, pero hermoso, llamado Chupampa.

Mi abuela Eneida es la tercera de siete hermanos, por ser de las mayores tuvo que cumplir con las obligaciones del hogar y ayudarle a su mamá, ya que era una familia muy grande.

La época cuando nació fue difícil, pues las mujeres del hogar, a cierta edad, debían saber hacer de todo, y ella no se quedó atrás. Desde los nueve años ya cocinaba, ayudaba a lavar la ropa en el río, trapeaba, limpiaba los trastes.

Tuvo la suerte y la oportunidad de asistir a la escuela, pero solo hasta sexto grado, es lo que se veía en esos tiempos, puesto que los centros educativos o estaban muy distantes o no había dinero para seguir. Creo que en el caso de mi abuela pudo haber sido ambas. No obstante, el tiempo que estuvo allí aprendió muchas cosas, aunque luego de las clases debía soportar a su papá quien llegaba cansado del trabajo y era muy estricto.

Mi abuela siempre se ha caracterizado por gustarle bailar y por sus creencias religiosas. Una de las habilidades que más me encanta de ella es cómo prepara su famoso puré de papas con salchicha guisada, ya que lo hace diferente, en todos los sentidos. Tiene una receta especial: le agrega las salchichas y lo mezcla con vegetales, dándole un sabor extraordinario y único.

Este recuerdo me hace imaginar su textura suave, pero no demasiado, lo suficiente como para degustar sin parar; lo más delicioso es ese toque que le da cuando lo acompaña con la salsa especial y secreta. La verdad es que para mí su comida tiene un sabor original.

Yo admiro a mi abuelita porque, a pesar de lo dura que pudo haber sido su niñez y todas aquellas dificultades que se le presentaron, siempre ha sido un ejemplo de amor para la familia y de perseverancia para lograr lo que uno se proponga en la vida. Ella me inspira a luchar y seguir mis sueños, y ¡qué mejor manera que escribiendo una crónica sobre ella!

Gracias, abuela, por ser ese ingrediente que me faltaba y dejarme ese legado lleno de amor.

Un 6 de mayo nació una bella mujer llamada Ivonne Arosemena, ella es mi admiración porque, a pesar de haber tenido una vida difícil, ha sabido perseverar.

Desde pequeña fue criada por su abuela, esa fue su imagen materna, quien le enseñó valores. Ivonne tuvo que salir adelante por sus propios medios, sin dejar de estudiar ni de perseguir sus sueños.

Su madre y su abuela le inculcaron una religión diferente a la que normalmente vemos: la santería. Jamás imaginó que esa peculiar creencia cambiaría su forma de vivir.

Ivonne se graduó de la universidad, estudió contabilidad y aunque nunca tuvo apoyo de su madre, se hizo una mujer fuerte e independiente.

A veces el panorama era desalentador, pero su suerte no contaba con que su ángel espiritual tenía preparado un mejor futuro para ella: “Mientras yo esté a tu lado, nada te faltará, nunca tendrás la necesidad de trabajar”. Y así fue como Ivonne se interesó por su primer emprendimiento, basado en ayudar a personas, resolviendo un poco sus problemas, haciendo consultas espirituales y leyendo las cartas. El pequeño negocio empezó en el distrito de Chepo, al este de Panamá, con ayuda de su guía.

Aunque algunos no puedan creerlo, Ivonne nunca ha tenido la necesidad de laborar en algo diferente, es sorprendente cómo pudo conseguir su casa, su auto y todo lo que actualmente tiene, ¿fue un verdadero milagro? Ella no ha dependido de nadie, es una mujer autosuficiente, admirable, carismática… ¡Ella es vida!

Esta mujer siempre tiene ganas de avanzar, es una madre responsable y amorosa, sin importar lo que pasó en su niñez. Nunca se quedó estancada, vivió su vida feliz y como ella misma la ideó.

Al día de hoy le agradezco por el apoyo que siempre me ha brindado, no es mi madre biológica, pero como ella dice: “Solo faltaba que salieras de mi vientre”.

Sin dudas, Ivonne ha sido parte significativa en mi vida, me anima a no rendirme y que, a pesar de los problemas, nunca debo agachar la cabeza. Me inspira porque es una mujer fuerte y de bien, una madre, una trabajadora… La guía de mi vida.

Ok, hablemos de algo cool. ¿Bien? Pues, mi madre es una de esas personas que conoces y al primer instante reconoces que es divertida, audaz y astuta, podríamos asumir que su gusto por el rock se deba a eso y, como ya se imaginan, crecí escuchando increíbles agrupaciones musicales.

Adoro hablar de estas cosas, me hacen sonreír… En fin, sobre mi mamá, empecemos por lo primordial: se llama Raiza, nombre que suena fuerte de solo leerlo. A propósito de fuerte, les contaré un poco sobre ella…

No me cansaría de decirlo, ella es quien se encargó de enseñarme lo que una persona con fuerza de voluntad puede lograr. Su independencia característica, sagacidad e inteligencia se ven reflejadas hasta cuando me ayuda a estudiar los exámenes de matemáticas a último minuto.

Siempre ha sido mi mayor pilar, sin ella yo no hubiera sabido ser optimista pese a la adversidad, mejorar mis valores y ver más allá de la imagen. Soy creativa y adoro el arte gracias a su apoyo. 

Actualmente me dedico a la música y de no ser por ella no podría estar logrando mi sueño ahora, incluso he intentado enseñarle a tocar instrumentos y aunque le falta algo de práctica, sé que lo logrará.

No podría ser más agradecida por lo que ha hecho por mí, ninguna otra madre me enseñaría a ser valiente como ella.

¿Recuerdan que al inicio mencioné lo graciosa que es?

Nacida en Chiriquí, el corazón de la biodiversidad, su juventud fue complicada al tener que afrontar la escasez económica, pero supo desde corta edad que debía luchar por su independencia y así consiguió sus objetivos. En la escuela fue escogida como la encargada de la organización de su graduación, fue la mejor decisión que pudieron tomar, pues Raiza sorprendió a todos cuando contactó al alcalde de Chiriquí para que pudiese financiar la graduación.

Tras graduarse, con diecisiete años, la edad que tengo yo actualmente, Raiza se mudó a la ciudad de Panamá. De su familia, ella ha sido la más próspera.

Y ni hablar de su trabajo, la adoran. ¡Es muy carismática!

Durante el COVID-19 tuvo que hacer teletrabajo y aunque en aquel tiempo se volvía más difícil mantener un empleo estable, ella lo logró. ¿Pero saben por qué? Porque es un «monstruo» en matemáticas. Empleados de otras áreas suelen contar con Raiza para cualquier duda o problema, ella sabe resolverlo todo; pero su humildad no le permite alardear de ello.

Aquellos tiempos de pandemia provocaron que sus dotes creativos se fueran en dirección a la jardinería, le apasionan las plantas, podría hablar de eso por horas… Muchas de las que ha sembrado provienen de Chiriquí e incluso algunas llevan años en perfecto estado.

Y el color verde ha de ser su favorito, ya que decoró la casa con tantas plantas que podrías perderte admirando aquella tonalidad. Cualquier día podría estar una amiga suya de cumpleaños y no dudaría en darle una de sus mejores matas, ¡tiene de todo!

Me cuesta escoger entre todos los momentos favoritos juntas, pero sin dudas siempre son cuando estamos en el auto, ella conduciendo largos tramos y yo de copiloto administrando la música, así cantamos mientras vemos las calles. Es algo que seguramente extrañaré cuando vaya a la universidad, sobre todo, cuando al salir de casa recuerde lo que siempre me repite y que su papá le decía: “Juicio”.

Se refiere a que sea responsable, pues mis decisiones repercutirán en lo que pase a futuro, por lo que debo pensar, cuantas veces sea necesario, antes de actuar.

Mi mamá y yo tenemos confianza mutua y si tengo un problema no dudo en contar con ella, por eso doy gracias de poder contarlo. Por su apoyo incondicional y sabias enseñanzas ¡soy y seré mi mejor versión de mañana!


En 1976 comenzó un movimiento de mujeres que decidieron, por medio de la Iglesia católica, sacar la luz de la sabiduría y ponerla en alto con los niños. Ellas se especializaron en la Escuela Santa María La Antigua y en las escuelas de las capillas, con el fin de brindarle educación a los más pequeños de la casa.

Se unieron para poner los llamados jardines o parvularios, primero por la institución religiosa, pero las autoridades gubernamentales de aquel tiempo vieron que era una buena labor y se unieron a dicha causa, creando después los prekínder y kínder para enseñar a los niños una continuación de lo aprendido en los primeros años de vida en su hogar.

Aunque cumplían el papel de maestras, parecía como si fueran las propias figuras maternas y estaban guiadas por el Gobierno. Acogieron a los infantes y los educaron sobre todo lo que debían aprender a su respectiva edad, tal como buenos modales, el himno nacional, la naturaleza y muchos más.

Una de esas maestras pioneras de parvulario fue mi abuela Luz Estella Estupiñan, ella perteneció al selecto primer grupo de nueve institutrices, que en su momento brindaron sabiduría a pequeños desde los tres años.

«El objetivo era plasmar la enseñanza cristiana y cómo convivir con la gente de nuestro alrededor para apoyarnos en un futuro», explicó mi abuela.

Es por esta razón que ella es una fuente de inspiración para mí. Admiro cómo se tomó el tiempo y la dedicación para enseñarle a estos niños muchas cosas, paso a paso, aunque fueran chiquitos que por su naturaleza tienen muchas dudas y a veces pocas respuestas. La paciencia para contestarlas debía ser mucha, pienso yo.

Ser institutriz puede ser uno de los trabajos más difíciles, ya que tienes en tus manos el aprendizaje de quienes serán adultos en un futuro.

Me alegra que mi abuela haya sembrado una buena semilla en muchos actuales abogados, médicos, maestros y de otras profesiones, quienes pasaron por sus manos, ya que aunque fueran pequeños, ella les transmitió mucho conocimiento. 

Mi abuela Luz Estella actualmente tiene 68 años de edad y sigue siendo una luz de sabiduría. 

El 16 de noviembre de 1978, en el Hospital Manuel Amador Guerrero, provincia de Colón, nació la protagonista de esta historia: Vanessa Valencia, quien siempre se ha destacado por ser vivaz, extrovertida e ingeniosa. Ella tuvo una infancia llena de mudanzas, momentos felices y otros con dificultades, pero siempre ha tratado de ponerle una buena cara a la vida.

A los once años, después de vivir en otros domicilios, Vanessa se mudó de nuevo a su natal Colón e ingresó a sexto grado, recibió mucho bullying en la escuela; a pesar de las dificultades, logró ser el primer puesto de honor en ese grado.

En séptimo se cambió al colegio La Asunción de María, en esa época tuvo muchos problemas de baja autoestima, derivada mayormente del dolor por la ausencia de su padre y una madre poco cariñosa; no obstante, comenzó a acercarse a Dios y a encontrarle sentido a su vida.

Vanessa oraba, participaba en la Iglesia y hablaba con Dios tanto como pudiera. Asegura que gracias a Él encontró su vocación como trabajadora social, enseñando la palabra a niños de áreas en riesgo social y llevándolos a la congregación los fines de semana.

Eso quitó la nube negra que sentía sobre sí y le mostró el camino que debía seguir: entender que, independientemente de las dificultades, tenía un padre celestial que la amaba, que la eligió para ser salva y que absolutamente siempre estaría con ella; la ayudó a vivir marcando cada paso con felicidad.

En la vida adulta, uno de sus mayores retos ha sido ser madre. Vanessa tiene dos hijos, el mayor padece de una enfermedad rara, la enfermedad de Addison, cuyo tratamiento hay que realizarlo de por vida. Esto la ha llevado a abrir una asociación de pacientes con seis años cumplidos y tiene un grupo en Facebook con más de 1300 personas de habla hispana.

Al principio la comunidad era oculta y el objetivo era conversar sobre las situaciones por las que podría pasar su pequeño y así apoyarse con otras personas con historias similares; así fue hasta que una vez en el hospital le regalaron unas pastillas de un niño que tenía una enfermedad rara parecida a la de su hijo, pero había fallecido. Con el pesar que tenía, Vanessa comenzó a orar y sintió cómo en su corazón Dios le decía: «En secreto no ayudas a nadie».

Fue entonces cuando Vanessa entendió lo que debía hacer, cambió la configuración del grupo a «público» y comenzó a llegarle gente en manada, la sensación de ayudar a tantas personas fue muy reconfortante y al mismo tiempo fue subsanando todas las dudas y preocupaciones acerca de tener un hijo con esta condición.

Actualmente, Vanessa es parte de la Fundación Ayoudas, que conciencia sobre las enfermedades raras. Esto la ha llevado a tener diferentes aventuras.

La historia de Vanessa me fascina, porque convirtió cada tropiezo en una oportunidad, que como peldaños en una escalera la llevaron cada vez más arriba. Gracias a su manera de abordar la vida pudo convertir la oscuridad en luz e iluminar a mucha gente siendo una influencia que les ayuda a seguir adelante, a pesar de los obstáculos.

“Mi familia es mi motor cuando no tengo fuerzas”, es el lema de la mujer que me inspira, mi madre.

Si de hablar de ella se trata, las palabras amor y fuerza son aquellas que relucen en mi cabeza en cuestión de segundos.

Durante la década de los 80, cuando en Panamá se estaban dando luchas políticas y sociales, en Venezuela, en una ciudad llamada Cumaná, en el mes de octubre del año 1985, nace María Fernanda Vargas. Una chica que en su niñez estuvo rodeada de mucha familia, donde compartir siempre fue lo esencial, a pesar de que en su casa solo estaban su mamá, papá, hermana y ella.

Mafer, como cariñosamente le dicen, es para mí una de esas personas que en cuanto la conoces sientes que te trasmite un aura de cariño y sabiduría, es cálida y a la vez como una caja de Pandora, no porque desencadene conflictos, sino porque brinda esperanza con sus conocimientos.

Desde pequeña siempre trasmitía esa sensación, fue una niña tranquila que no daba problemas, muy respetuosa, comprensiva, buena en sus estudios y muy madura para su edad; comprendía muchas cosas, era lo que los demás llamarían una joven introvertida e inteligente, pero tenía un as bajo la manga: era muy buena para los negocios.

Mi madre es una mujer que ha tenido que pasar por diferentes circunstancias desde su adolescencia, pero nunca se rindió y siempre trató de dar lo mejor. A sus veinte años dio a luz a su primera hija, esta preciosura que hoy escribe sobre ella, y aunque en aquel momento todo se veía tan complicado, ella siempre se mantuvo fuerte por nosotros, dándonos lo mejor de sí misma, día a día.

Se dedicó a la administración, es trabajadora, responsable y muy decidida, es la mejor en lo que hace y no pone peros si se trata de aprender cosas nuevas; siempre mira hacia adelante y busca soluciones a los problemas de inmediato. Su presencia es sinónimo de alegría y tranquilidad a donde vaya.

Nos demuestra su firmeza en momentos muy difíciles, siempre se esfuerza por darnos lo mejor y me regala todo su amor diariamente con cada uno de sus cuidados.

Si hay algo que atesoro de nuestra relación, es nuestra comunicación. Uno de los tantos momentos que me encantan junto a ella son las tardes cuando llega después de trabajar, me siento en un rincón de la cocina a contarle de mi día mientras la observo cocinar. Por cierto, ¡es toda una chef!, si de gastronomía estamos hablando…

Cualquiera que desee tener una conversación con ella, sentirá la seguridad de haber sido bien escuchado, le gusta hacer sentir bien a los demás; si tengo dudas no lo pienso ni un segundo y se lo comento, de alguna forma encuentra un camino en la niebla y lo aclara por mí.

Es alguien tan familiar que puedes contar con su apoyo aun cuando le hayas fallado alguna vez. Su corazón es demasiado noble.

Mi madre me guía por los caminos de la vida. Hablar de ella me hace sonreír, es mi pilar, mi inspiración. Aquella que está allí eternamente, que me incita a seguir adelante con todo lo que me apasiona, que me apoya y demuestra que, con resiliencia y fuerza, podré alcanzar mis metas.

Me enseñó lo que de verdad significa amar incondicionalmente.

Mi hermana es una persona con carácter fuerte, pero amable y algo sensible aunque no lo parezca, cerca de ella me siento segura. Siempre me defiende cuando alguien me molesta o intenta meterse conmigo, ella tiene un gran temor: que me hagan daño.

Su nombre es Nicole Sanjur y es una joven de 17 años, ella quiere ser tripulante de cabina, o sea, una gran aeromoza, para poder viajar, conocer y desarrollarse profesionalmente; he visto que se ha estado esforzando muchísimo para cumplir su sueño, lastimosamente en ocasiones siento que no valoran ese esfuerzo.

Viendo lo mucho que se esfuerza, mi memoria trae a colación un gran recuerdo: cuando éramos muy pequeñas, ella siempre estuvo para mi hermana y para mí, a pesar de que su infancia fue difícil, siempre intentó que nada negativo que pasara a nuestro alrededor nos afectara. Siempre fuimos unidas las tres, como las tres mosqueteras.

Pero su forma de ser no solo lo demuestra con nosotras. Le pregunté a algunas de sus amistades sobre lo que piensan de ella y la respuesta fue lo que ya sabía: que Nicole es una chica muy valiente y no permite que los malos comentarios le afecten. Algunos me comentaron que no es una amistad “normal”, me causó gracia, porque pensé ¿Qué es normal en Nicole?, pero me aclararon que es una amistad que cuidarán porque son muy afortunados de tenerla en sus vidas.

Lo que me trajo otro flashback a mi memoria: “En mi cumpleaños, durante el 2021, quedé sin amigos y estaba demasiado triste, ya que me sentía muy sola. Nicole vino hacia mí, me abrazó y me dijo: “mientras yo esté aquí no te volverás a sentir sola”.

La sensación de ese abrazo fue cálido y se sintió tan bien. En esos momentos, solo quería guardar las lágrimas que tenía acumuladas, pero no pude aguantar y empecé a llorar; mis lágrimas no eran de tristeza, en aquel instante comprendí, sorprendentemente, que fueron lágrimas de felicidad.

Estoy contenta de poder contar esto, ella se lo merece y quiero darle a entender que es muy importante para mí y que estoy muy orgullosa de que sea mi hermana, a pesar de las peleas que hemos tenido, ella es muy importante en mi vida.

Nicole, muchas gracias por todo lo que has hecho por mí y te prometo que ahora la que estará para ti seré yo…

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El 18 de noviembre de 1983, en la ciudad de Panamá, nació Keyla Anneth Bernal. Se crio en un barrio muy reconocido por el nivel de delincuencia, destacado como zona roja: Samaria, Puente Rojo, en el distrito de San Miguelito. No obstante, desde pequeña sus padres le enseñaron que vivir en un sitio peligroso no era sinónimo de actuar o seguir los malos pasos.

Allí vivió durante 37 años y, aunque parezca lo contrario, afirma que no se sentía insegura. “Mi familia y yo vivíamos felices, teníamos paz y tranquilidad”, dijo. Sus palabras me conmovieron, porque no era la respuesta que esperaba, pero al ver la optimismo que expresaba en ese momento, me dio a entender de que sí, sí era dichosa en aquel lugar.

Sus padres y abuelos le inculcaron valores. Ella tuvo la dicha de crecer con sus abuelos paternos y vivir cerca de su abuela materna. Recuerda con ánimo que vivían en una casa de dos pisos y en el de abajo contaban con una abarrotería. “Solo teníamos que llegar y pedir lo que quisiéramos comer y mis abuelos nos complacían”, señaló.

También rememoró con nostalgia cuando en los veranos viajaban a Churubé, provincia de Coclé y, entre otras diversiones, disfrutaban de un buen chapuzón en el río.

Desde niña le entusiasmaban las tradiciones. Le gusta mucho el pindín y una vez tuvo que competir para ser reina en la escuela. También evoca cuando en primer grado usó por primera vez una pollera de gala. Salió a bailar, aunque estaba nerviosa porque no tenía ni idea de qué debía hacer, puso un gran esfuerzo y mostró al público sus dotes artísticos, ganándose el segundo lugar. Eso la inspiró a unirse a un conjunto folclórico.

Keyla, mi profesora, hizo la primaria en la escuela República de Israel y obtuvo su bachillerato en un prestigioso colegio, el Instituto Fermín Naudeau, donde le nació la idea de ser maestra. Más tarde ingresó a la Universidad de Panamá, en la Facultad de Humanidades, específicamente en la Escuela de Español y realizó sus estudios de noche, pues necesitaba trabajar para poder continuar.

“Aparte de enseñar, que es mi pasión, disfruto cada momento compartido con los jóvenes que, día a día, de una u otra forma, dejan huellas en mi vida”, así describió la profesora su labor como docente.

Durante muchos años dedicó parte de su vida a hijos que no son de ella, y es que, el amor y cariño que comparte es como si fuese la madre de todos nosotros, sus estudiantes; sin embargo, aun disfrutando su profesión, ella advertía que algo le faltaba, no estaba completa. Necesitaba sentir que su esencia quedaría en alguien con sus genes, un hijo o hija.

Lo intentó por muchos años, sometiéndose a tratamientos y cirugías, no fue fácil. Un doctor le dijo que no podía quedar embarazada porque era propensa a que le salieran miomas. Debió ser muy difícil escuchar al especialista mencionar: “Lo mejor para ti es que te retires todo”. Pero su respuesta fue: “Él no es Dios”, así que decidió ir con un especialista en fertilidad, quien la operó para que luego pudiera tener a su bebé.

En julio de 2017 supo que estaba en gestación. Su hija nació el 7 de marzo del 2018 y se ha convertido en ese ser especial, maravilloso e inigualable en la vida de la docente, que desde ese momento aprendió que todo tiene su tiempo.

La profe tiene más diez años ejerciendo la educación; es estricta con la ortografía, con la gramática y con la lectura, pero eso la ha llevado a orientar, capacitar y educar a muchos profesionales de hoy.

“No hay días ni momentos malos cuando me rodeo de estudiantes que, al llegar al plantel, me roban una sonrisa con sus ocurrencias. Pues claro, disfruto mucho mi profesión”, comentó.

La profesora Keyla es la mujer que me inspira, una persona que ha estado conmigo siempre, me ha enseñado mucho y me ha dado un buen ejemplo. Ha hecho demasiado por mí y esta es mi forma de agradecerle. Nunca me arrepentiría de haberla conocido.

En este mundo existe una mujer, a quien llamaremos Kristina, muy diligente, responsable y disciplinada. Ella labora catorce horas diarias y me inspira porque lo hace, aunque esté cansada.

Kristina nació en Suzhou, Jiangsu, China y vivía junto a su abuela y su padre. Tuvo que soportar momentos muy difíciles hasta que su tío decidió que viajara a Panamá para vivir con él y su familia, pero la joven se encontró con situaciones que no le permitían disfrutar de las bondades de nuestro país.

Comenzó su nueva vida con deudas y se vio en la necesidad de trabajar para poder pagarlas, teniendo apenas catorce años. Su primer empleo estaba ubicado en un área muy peligrosa, según me cuenta. Allí se dedicaban a distintos servicios como ferretería y farmacias, era como una especie de minisúper. En este lugar Kristina trabajaba por lo menos dieciséis horas diarias. No puedo imaginar lo difícil que fue para ella estar de pie todo un día realizando oficios para poder ganar algo de dinero y saldar el compromiso que había adquirido con sus familiares, pues debía cancelar el costo del viaje al Istmo.

Aunque Kristina estaba ocupada la mayor parte del tiempo, tuvo momentos divertidos con sus primas. Al ser nueva y desconocer el idioma, no sabía comunicarse con los locales. Una de las primas, que es mayor que ella por dos años y dominaba bien el español, fue su guía en el trabajo.

Kristina continuó esforzándose arduamente, aunque su tía, una mujer estricta y malvada, la regañaba todo el tiempo sin parar, aduciendo que no hacía las cosas correctamente.

Pasados los años, Kristina, esa mujer que me inspira, conoció a un chico llamado «Juan», el muchacho era joven, simpático y encantador. Empezaron a salir a cines, restaurantes… ella disfrutaba de su compañía, pero ¡uy!, había un pequeño problema: Juan tenía novia y Kristina no lo sabía. Eso fue devastador porque se había ilusionado, así que al momento de enterarse tomó una decisión triste, sabía que la relación debía terminar y solo podrían ser amigos.

Pero la joven no cerró su corazón y con el tiempo conoció a quien actualmente define como el amor de su vida, “Mauricio”, con él sintió nuevamente mariposas en el estómago y para ella esto era maravilloso, así que después Kristina y Mauricio decidieron casarse. De esta relación surgieron tres hermosas flores, sus hijas, de las cuales está orgullosa.

Al conocer la historia de su mamá, de lo difícil que es estar en un país extranjero, emocionalmente sola, y tener que trabajar para poder salir adelante siendo tan joven, su hija mayor decidió seguir ayudándola en el trabajo para que Kristina tenga una calidad de vida mejor, lejos de tanto estrés.

Kristina es mi madre y sé que dentro de su corazón nos ama a las tres y agradece el apoyo que le podamos brindar. Ella hace todo lo posible por vernos felices y da gracias a papá Dios por tener tres hijas solidarias y responsables; solo pide que le siga bendiciendo para poder divertirse junto a ellas.

La historia de Kristina es real, su vida no fue fácil y para nosotros, dentro de nuestra cultura, es difícil contarla, es por ello que se cambiaron los nombres de los personajes para evitar conflictos.

Muchos piensan que nosotros los de ascendencia asiática tenemos mucho dinero, pero nuestra vida no es sencilla, y más cuando no se es originario de aquí. Yo tuve el privilegio de nacer en Panamá, un país hermoso y que brinda oportunidades.

Kristina me inspira porque es una mujer excepcional, con muchos valores y coraje, el cual ha aplicado en la vida de su familia; es trabajadora, comprometida y constante. Me motiva a querer seguir adelante con mis sueños y ser como ella: fuerte y valiente para la vida.