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Mi inspiración es mi hermana Génesis Bernal, una de las mejores personas, pues me enseñó que todo se debe apreciar. En muchas ocasiones, los humanos cometemos el error de no valorar nada; sin embargo, ella promueve en la familia el valor del agradecimiento, porque cada día la vida es más complicada. 

Génesis posee otras cualidades que la hacen muy increíble y es que, sin importar qué tan mal esté, siempre te podrá escuchar y tendrá un consejo para ti.

Quizás muchas personas piensen que escribir sobre mi hermana es algo aburrido. Sé que no todos hablarán de alguien cercano. Seguramente, muchos destacaron a figuras públicas o alguien conocido, pero existe algo sumamente inspirador en el solo hecho de saber que ella siempre está conmigo, sea en las buenas o en las malas. Todavía no sé cómo le hace, pues dentro de su aflicción no duda en seguir de pie ayudando a los demás.

Uno de sus mayores pilares para seguir adelante es Dios y luego sus dos hijos. De adolescente no le fue bien y llegó a tocar fondo, pero supo cómo levantarse y seguir adelante. Dentro de su lucha por actuar de la forma correcta está poder brindar un poco de lo que no tiene a aquellas personas que lo necesitan. 

Génesis, siendo una vendedora inmobiliaria, ha salido adelante aun sin conocer a su padre, puesto que abandonó a la madre cuando le contó del embarazo. Al pasar los años, esta experiencia la ha motivado a ser esa hermana amorosa que brinda cariño, a ser desmedida con el afecto que da a los niños, quizás por eso es tan importante en mi vida, pues ha sido una guerrera junto a su madre.

Hay circunstancias en la vida que te hacen sentir inferior; sin embargo, al ver a su madre luchar sola por ella, Génesis ha sido una niña, adolescente y adulta ejemplar y ha sabido transmitir a sus seres queridos buenos valores. Enseña que siempre se debe luchar por ser mejores personas y buscar la manera de no cometer los mismos errores del pasado. Ella te invita a soñar y a hacer los sueños realidad.

María Ossa de Amador acordó rápido la hazaña con su cuñada Angélica Bergamota. Sería el 2 de noviembre por la noche, cuando con lámpara y máquina de coser en mano buscarían alguna casa abandonada en la ciudad para confeccionar la que sería la primera bandera de la República de Panamá, todo esto en medio de las tensiones patrióticas y en absoluta clandestinidad. Era 1903 y, después de 21 intentos, el Istmo aspiraba a separarse definitivamente de Colombia, y su marido, Manuel Amador Guerrero, estaba al frente de la maniobra.

María Ossa nació en 1855 en Sahagún, un pueblo al sur de Cartagena, en Nueva Granada. Ella fue una de las protagonistas de una de los tantos momentos tirantes entre Colombia y Panamá a lo largo de más de ochenta años.

Era una dama de clase alta, así que le enseñaron música y costura, dos artes imprescindibles en esa época para las mujeres que como ella buscaban casarse. Esta habilidad, 48 años después, le sirvió para dar vida a la bandera ideada por su hijastro, Manuel Encarnación Amador, quien diseñó la obra a partir de estas características: dos rectángulos y dos estrellas azul y roja sobre un lienzo blanco, que anunciaría el nacimiento de una nueva nación.

Ella asistió a una escuela convento en la ciudad de Panamá y luego fue educada por tutores privados. 31 años antes de coser la bandera ya se había casado con Manuel, quien más tarde sería el primer presidente de Panamá. Era su segunda esposa. Con él tuvo a sus hijos Raúl Arturo Amador Ossa y a Elmira María Amador Ossa.

La operación de costura de la bandera no fue tarea fácil. Utilizaron lanilla azul, roja y blanca, y tuvieron que ir a tres tiendas diferentes para hallarlas, y de paso, no alertar sospechas. A toda marcha, María Ossa y su cuñada fabricaron dos banderas grandes y con los retazos que quedaron armaron una tercera un poco más pequeña. Al día siguiente, las dos grandes fueron paseadas por toda la ciudad como prueba de nuestra independencia.

María Ossa, para muchos la Madre de la Patria, murió el 5 de julio de 1948, en la ciudad de Charlotte, en Estados Unidos, y su legado para los panameños es inmortal. 

 

Por: Iris Rivera 

María Pío Valdés de Rivera, mejor conocida como Agustinita (por su padre llamado Agustín), fue una persona muy humilde. Desde muy temprana edad sabía que el tiempo no debía perderse, más cuando vienes de una familia que tiene pocas oportunidades.   

Mi abuela estaba llena de muchos valores. De pequeña vivía en la provincia de Veraguas y buscaba trabajos para mantener a su familia. Por muchos años colaboró en casas de familia y en la iglesia, principalmente ayudaba a la comunidad católica, la cual le brindó muchas oportunidades que la guiaron a ser muy solidaria. Luego, se mudó a Tocumen, donde conoció a quien fue su esposo.   

Agustinina salió adelante de una gran manera, formando un círculo familiar de cuatro hijos, uno de ellos, mi padre. Hacía labores sociales como cuidar enfermos, brindar comida a la gente necesitada, contribuir con ofrendas para los niños, entre otras. No quería que vivieran lo mismo que ella de niña: tener que buscar un trabajo para comer y sobrevivir.   

Después de un tiempo, pasó muchas adversidades que la llevaron a la tristeza: la muerte de su hija Iris, de veintisiete años, fue una de esas; no obstante, este evento desafortunado no hizo que se quedara estancada y la ayudó a amar aún más a los suyos.   

Pasaban los años y Agustinita veía crecer a sus nietos, agradeciendo siempre a Dios por darle la posibilidad de ver hasta dónde sus hijos llegaban.   

Ella te apreciaba sin importar cómo eras o si provenías de otra familia. Una gran demostración fue el cariño que tenía hacia mi mamá. Mi madre me contó que cuando se iba a las cuatro de la mañana para el trabajo, mi abuelita despertaba minutos antes para hacerle café y la obligaba a tomárselo para que no se fuera con el estómago vacío. Mientras mi madre trabajaba, mi abuela cuidaba a mi hermana y aseaba la casa, para que cuando llegara solo fuera a descansar.   

Todo cambió cuando yo nací, pues Agustinita empezó a presentar la enfermedad de Alzheimer, que se agravó al cabo de cinco años. Yo tenía unos nueve y la veía muy triste siempre que me acercaba, no podía moverse ni hablar. La razón es que me llamo Iris, como su hija fallecida. En el 2015, a sus 74 años, mi abuelita se mudó con mi tío para recibir una mayor atención médica. 

Fue un 12 de abril cuando llegué de la escuela con mi hermana y vimos a mi papá sentado en el sillón:  

—Papá, ¿qué te pasó?, ¿por qué lloras? —preguntamos.  

—Su abuelita Agustina ha fallecido…  

Corrimos a abrazar a mi padre. 

Es cierto que no conocí mucho a mi abuelita, pero con los relatos que me han contado mis padres de su vida puedo saber que era una persona muy especial e inspiradora, y a pesar de que falleció cuando yo era muy niña, siempre será un ser que recordaré. 

 

 

Aunque de adulta la llamaban la Encantadora de Números, de niña tuvo serios problemas para educarse. Esa es la historia de Augusta Ada Byron, una mujer que ayudó a crear una de las máquinas de análisis matemáticos más complejas y que hoy es reconocida como la primera programadora de la historia.

Nació el 10 de diciembre de 1815, en Londres. Su papá fue un poeta romántico y su mamá, matemática. Ir a la escuela no fue fácil para ella: para esa época las mujeres tenían poco espacio en las aulas de clases.

Ada tuvo una tutora que, con la ayuda de su madre, le inculcó el gusto por la ciencia analítica. A los diecisiete años conoció a Charles Babbage, quien en ese momento inventaba la máquina analítica. Babbage quedó tan impresionado con todo lo que Ada sabía, que la bautizó con el popular apodo. Él le envió anotaciones sobre la construcción de la máquina que era capaz de realizar cálculos matemáticos complejos.

A los veintinueve Ada se casó con lord Lovelace, un conde cuyo estatus permitió a Ada acceder al mundo de la ciencia. Y la máquina de analítica seguía rondando su vida.

Charles Babbage dio muchas conferencias sobre la máquina por toda Europa hasta que llegó a Turín, donde el matemático Louis Menabrea quedó sorprendido por su potencial y sobre su propuesta publicó un artículo en un periódico francés. Ada tradujo ese escrito al inglés, lo que le tomó nueve meses. No solo hizo la traducción, sino que agregó sus notas en las que describió, a través de un diagrama, un conjunto de operaciones que la máquina tendría que realizar para poder calcular el comportamiento de un flujo a lo largo de una línea, el llamado Principio de Bernoulli. La dama se inspiró en el sistema de tarjetas perforadas que en ese entonces se usaba en las fábricas textiles para proponer otras ideas sobre el artefacto y hasta habló de que con el tiempo esta podría mover objetos.

Su gran dilema era que al ser una mujer muy joven no podría publicarlo con su nombre, así que puso sus iniciales A. A. L. Y ese artículo fue más famoso que el original. Babbage quedó impactado por su contenido, ya que se dio cuenta de que ella veía más potencial en la máquina que él mismo.

Desafortunadamente, Ada murió de cáncer de útero a los 36 años. Más de un siglo después, gracias a sus aportes, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos creó un lenguaje de programación con su nombre. En su honor también se celebra un día especial.

Cierro con una frase que describe a la perfección a Augusta Ada Byron: “Soy más que nunca la novia de la ciencia. La religión para mí es ciencia y la ciencia es religión”.

Es una mujer de carácter flexible, extrovertida y su forma de ser es tan original que atrapa a cualquiera que la conoce. Lo que llama la atención cuando la ven por primera vez es su baja estatura, su cabello castaño, sus ojos almendrados y unas grandes ojeras, ya que trabaja día y noche para ofrecer a sus tres hijos lo que ella no pudo tener en su niñez: una buena educación, mucho cariño y una alimentación balanceada.

Ella carecía de todo esto porque su madre murió de cáncer cuando tenía siete años y lo poco que ganaba su padre lo gastaba en licor. Él nunca se hizo cargo de la familia, por eso la pequeña empezó a trabajar desde que tenía 12 años para sostenerse. Con mucho sacrificio llegó al cuarto año de secundaria.

A los 19 años tuvo a su primer hijo. A los 21 dio a luz a su segundo retoño y a los 26 nació el último, una niña.
¿Quién es esta mujer? Te preguntarás. Ella es Belkin Azucena Matute, mi madre, nacida en Nicaragua, en 1983, y quien llegó a Panamá en 2013 en busca de nuevas y mejores oportunidades, sin saber que se convertiría en un ejemplo para muchas otras mujeres.
En 2018, luego de pasar una crisis económica, una amiga le contó sobre las acciones que llevaba a cabo la Fundación Calicanto, la cual cada año empodera y capacita de forma integral a mujeres en situación de vulnerabilidad social, con el objetivo de cambiar sus circunstancias sociales y económicas.
Se presentó al día siguiente a la fundación, y luego de recibir toda la información necesaria, se unió a este valioso colectivo. No pasó mucho tiempo cuando se dieron cuenta del talento que tenía mi madre para ayudar a los demás; así Belkin pronto se hizo embajadora del programa Capta (Capacitación para el Trabajo), en 2018.
Ella, al igual que las damas pertenecientes a Capta, buscaban inspirar a otras, dejándoles saber que sí es posible empoderar a las mujeres y que podemos hacer cualquier trabajo, igual o mejor que un hombre. Belkin legó como enseñanza a todas que deben contar sus historias y seguir adelante. Aunque hoy día no sigue en este programa, ella dejó su huella.Cuando conversaba con mi madre, le pregunté: ¿Qué era lo más doloroso que pasaba en Capta? Ella se sentó y me relató esas llamadas telefónicas a través de las cuales niñas entre 12 y 15 años pedían ayuda porque sufrían abusos físicos y sexuales de parte de algún familiar. Los ojos de mamá se dirigieron a mí y me dijo: “Me parte el corazón pensar que podrías ser tú, hija, quien estuviera viviendo la situación de esas pequeñas”.Belkin hoy en día trabaja como administradora de gasolineras Puma y a la par se encarga con esmero de cuidar a sus hijos, los cuales ven a su madre con mucho orgullo.

No hay sueños que no se puedan lograr si confiamos en nosotros y, sobre todo, en Dios. Así piensa Adelaida Pascasios Santos, quien fue criada por sus padres dentro de una familia humilde compuesta por once hijos, siendo ella la menor de todos.

Durante sus años de primaria fue guiada por sus hermanas mayores, quienes expresaban su deseo de que Adelaida obtuviera lo que ellas lastimosamente no pudieron alcanzar: una escolaridad completa.

En el camino para elegir su profesión se le presentaron muchas dificultades; sin embargo, sus sacrificios valieron la pena porque alcanzó sus objetivos. A medida que transcurrían sus niveles de estudio supo que educarse fue la mejor decisión que tomó en su vida. Ejercer el arte de enseñar y aprender, esa era su vocación.

Hoy sus principales pilares son sus hijas: Jezareth y Sheraldine Camaño. Dos niñas estudiosas, amantes de la naturaleza y los animales, quienes han llenado de alegría la existencia de ella y la de su esposo Oriel Camaño, quien le ayuda a crear una armonía hogareña en la que no deja atrás a sus antepasados.

Aunque su labor como educadora requiere de mucha responsabilidad y dedicación, también cuida su papel como madre. Su oficio de maestra la lleva a entregar el 100% a sus estudiantes, pero al llegar a casa brinda la atención y el amor necesarios a toda su familia. Una muestra del cariño que irradia: sus sobrinos la describen como una persona destacada con su carismática sonrisa que contagia a todos, un ser humano lleno de positivismo y una enorme pasión por la vida.

Nacida el 6 de diciembre de 1985, es una mujer que ha enfrentado los retos siempre con la frente en alto. Logró ser maestra de primaria después de años de esfuerzo y dedicación. En la escuela Los Santos, ubicada en la comarca Ngäbe-Buglé, donde labora actualmente, pudo demostrar su entrega y compromiso por el aprendizaje. Al inicio, el plantel era de madera y bien pequeño, pero por su mente nunca pasó algún sentimiento de desánimo. Con su meta de que la educación llegue a todos los niños por igual, ha permanecido en este centro educativo por más de diez años.

Desde el inicio ha contribuido a renovar la estructura del plantel. Ahora la escuela cuenta con paredes de cemento, techos de zinc y es mucho más amplia. Esto le genera una gran felicidad porque ha logrado mejoras en este colegio con el apoyo de la comunidad del área. Cuenta que contribuir a moldear a sus estudiantes y generar un impacto en ellos, y ver los resultados día a día, es de las acciones más gratificantes en su labor formativa.

Cuando logre ayudar en otros aspectos al centro educativo donde enseña, aspira a ir a otro lugar después y poder seguir convirtiéndose en una fuente de inspiración para sus alumnos. Así, esta docente manda un mensaje a la juventud: “No dejarse llevar por el uso no adecuado de la tecnología y utilizarla como una ventaja de aprendizaje. Avanzar con grandes pasos, siempre enfocados en crecer y vivir dentro de los valores sociales”.

Billie Eilish tenía trece años cuando saltó a la fama mundial.

A esa corta edad lanzó su sencillo Ocean Eyes, que convirtió a la adolescente en una tendencia en todas partes. En 2015 su canción se publicó en SoundCloud y al año siguiente se relanzó con un video musical en YouTube que ha sido visto más de 430 millones de veces. Y un año después, ya estaba publicando su primer álbum Don’t Smile at Me, que su propio hermano (Finneas 0’Connell) le ayudó a producir de manera modesta.

Pero Billie no llegó tan lejos por casualidad. Su historia es la de una artista nata. A la edad de once ya había escrito su primera canción, inspirada en The Walking Dead, una serie de televisión sobre un apocalipsis zombi. Su ídolo, por aquel entonces, era el cantante canadiense Justin Bieber.

Tres años después ya tenía contrato con una discográfica. Ya con dieciocho publicó su primer álbum de estudio formal, When we all fall asleep, where do we go?, que se llevó el premio Grammy en las categorías de mejor álbum del año y mejor álbum de pop vocal del 2020. También Billie ganó el premio a la mejor artista nueva y los apartes de mejor canción y grabación del año. Ya para ese momento tenía dos temas que habían recibido registros de discos de platino y siete sencillos con disco de oro.

Billie nació en el seno de una familia de artistas en Los Ángeles (California), la meca de la industria de la música estadounidense. Su mamá es actriz, su papá es músico y guionista, y su hermano es compositor y actor.

De niña fue diagnosticada con el síndrome de Tourette, que le causa espasmos o movimientos repentinos, algo que siempre ha tratado de controlar.

Por todo esto es una mujer inspiradora, una joven única que muestra que nunca debemos sabotearnos a nosotros mismos. Como Billie, yo me quiero graduar del colegio y ser lo que yo quiera. Sin rendirme.

La mayoría de las veces aquellos sueños que teníamos de pequeños, cuando podíamos sostener el mundo con nuestras manos sin sentir su peso, se convierten en otros completamente distintos con el paso de los años. Puede ser porque al crecer, ese universo con el que solíamos jugar ya no es el mismo o porque encontramos aficiones que desconocíamos.

Así fue para la pequeña hija de la señora Vilma y el señor Pedro: Katya del Carmen Echeverría Béliz. Una niña que imaginaba ser beisbolista, pero creció y se convirtió en directora de una prestigiosa escuela con doble calendario académico, el Instituto Cultural.

Su historia comenzó el 2 de enero del año 1967, en la ciudad de Panamá. Ese día se convirtió en hermana menor y posteriormente en hermana mayor, debido a que es la hija del medio. Se considera a sí misma como una total devota de su familia conformada por sus dos hijos, Ricardo y Ana Luisa, y su compañero de vida, Juan Carlos.

El interés por la conducta humana la llevó a elegir la carrera de Psicología en la Universidad de Panamá. Es fiel creyente de la juventud y el potencial que existe en cada niño, por ello, luego de terminar esta formación, decidió estudiar Educación.

Para Katya, la pedagogía no solo se trata de enseñar y aprender, sino de impulsar a los estudiantes a explorar sus habilidades en cualquier campo, así como brindar la mano a sus colegas, con el propósito de aportar un mejor futuro para todo el país. Actualmente se encuentra aprendiendo, investigando y buscando nuevas vías para innovar la acción formativa.

Aplica diariamente los valores de tenacidad, resiliencia, fortaleza, amor, respeto y, sobre todo, la honestidad. Detesta por completo la injusticia, el abuso y el famoso «juega vivo».

La profesora Omaira Concepción, educadora en el Instituto Cultural, confiesa que la experiencia que ha compartido con la docente Katya ha sido ejemplar y muy gratificante. A su vez, Concepción la describe como una profesional amigable, comprensiva, perseverante y sumamente preocupada porque los chicos reciban la mejor educación posible.

Una de las frases favoritas de Katya, relacionadas con la pedagogía, es la siguiente: “La escuela es un edificio de cuatro paredes con el mañana dentro”.

Ella nunca imaginó que se convertiría en directora del colegio donde aprendió a leer y a escribir cuando era pequeña. Estudió desde kínder hasta segundo grado en el Instituto Cultural. Considera que debemos dar el 100% de nosotros cada día, sentirnos orgullosos de quiénes somos, de qué hemos logrado, por lo que estamos trabajando y, por supuesto, preocuparnos por las personas que nos rodean.

Con su cabello rubio, su alta estatura, su carismática y brillante sonrisa y su personalidad magnética y amorosa, Karen del Carmen Tallavo Guadama es una de las médicas especializadas en Oftalmología más destacadas que hay en Venezuela.

Creció en una familia humilde, donde los padres siempre trabajaron hasta el cansancio para que las dos hijas pudieran estudiar. A medida que Karen del Carmen creció se volvió cada vez más aplicada en su formación. Durante su adolescencia sus padres se separaron, por lo tanto, se quedó a vivir con su madre, quien hacía todo lo posible para que ella y su hermana menor fueran felices y siguieran formándose a pesar de todo.

Se mudaron de su ciudad natal, Valencia, hacia Barquisimeto, donde la joven terminó su secundaria. Posteriormente, Karen del Carmen se fue a Caracas, la capital del país sureño, para matricularse en la carrera de Medicina. Ahí conoció a Mario Yépez, su actual esposo, con el cual comparte su pasión por curar a las personas, siendo en aquel entonces un estudiante de Traumatología, de nacionalidad brasileña.

Karen del Carmen siempre se centró en sus estudios para ser la mejor, ya que escogió ser galena porque quería ayudar a los demás y vencer sus enfermedades, como un sanador que baja del cielo. Para poder aplicarse no salía mucho con sus amigos, estos iban de paseo o de fiesta mientras ella se quedaba en casa a reforzar lo aprendido.

Gracias a estos esfuerzos logró graduarse de la universidad y obtuvo uno de los mejores índices académicos de su promoción. Este ha sido uno de los eventos más importantes para ella, ya que sintió que sus esfuerzos dieron frutos y que finalmente podría trabajar apoyando a otros como una médica.

Posterior a su graduación se casó con Mario Yépez, quien desde ese momento ha sido su compañero de vida.

Al pasar los años atendió muchos casos, pero el que más le impactó fue el diagnóstico de dos niños con glaucoma congénito. Por esta enfermedad, ellos eran ciegos y no podían ver la belleza de la vida; pero, a pesar de todo, eran dichosos y disfrutaban del hecho de estar vivos, al contrario de muchas personas que, aun con todos sus sentidos funcionando, no son capaces de ser felices. Esto la inspiró a seguir auxiliando al que podía con mucho fervor y cariño, aunque por la condición de los pequeños no pudo salvar su visión.

Unos años más tarde tuvo a su hija Luciana. Esto la impulsó a buscar un mejor futuro en el extranjero por la situación política y económica que había en Venezuela. Se tuvo que despedir de sus familiares y partió al lugar de nacimiento de su esposo, Brasil.

Actualmente, a sus 38 años, no ejerce la profesión de oftalmología, debido a que no pudo validar sus estudios en el país sudamericano, además que es madre de dos niños (de uno y seis años). Funge como profesora de español independiente y es ama de casa, siempre con el deseo de volver a practicar su pasión.

Una mujer sabia, de pelo castaño, fuerte, valiente y decidida. Hija de Lidia García y José Hernández de la Torre. Madre de tres niños y esposa de Carlos Pellas. Ella tiene una misión: cuidar y ayudar a todos los pequeños que han sufrido de quemaduras, apoyarlos en el proceso y llevarlos de la mano hacia su recuperación. Es la mujer que convierte lágrimas en sonrisas, Vivian Pellas, fundadora de la iniciativa social Aproquen (Pro Niños Quemados de Nicaragua).

Vivian ha pasado por mucho sufrimiento a lo largo de su vida. Nació el 4 de marzo de 1964 en La Habana, Cuba. Tuvo una infancia feliz, llena de risas y bailes, hasta la llegada de la revolución cubana. Con tan solo siete años, tuvo que escapar junto a sus padres hacia Nicaragua. Desde ese momento no volvió a danzar hasta mucho tiempo después.

Estudió en el Colegio Americano Nicaragüense y terminó sus estudios en la ciudad de Miami (Estados Unidos). Vivian ahora es filántropa. 

Descubrió el amor a primera vista (así es como lo describe en su libro Convirtiendo lágrimas en sonrisas) con el joven Carlos Pellas, y se casaron en 1976. Tuvieron tres hijos: Carlos, Eduardo y Vivian Vanessa. La vida de la mujer era muy pacífica, todo era perfecto, pero se le presentó el mayor reto de su existencia: el accidente aéreo del 21 de octubre de 1989, cuando tan sólo tenía veinticinco años.

Tanto Vivian como su esposo esperaban que aquel sería un viaje sereno, deseaban llegar sanos y salvos a su destino, Miami; pero ese no fue el caso. Terminaron siendo víctimas de una de las catástrofes aéreas más devastadoras de la historia centroamericana. El avión Boeing en el que viajaban terminó estrellado con el cerro Hula, de 135 pasajeros solo sobrevivieron 11. Por suerte, tanto ella como su esposo lograron salir con vida.

No pudo estar consciente hasta que llegaron al hospital. Se veía rodeada de personas en mal estado y siendo tan joven se preguntó: “¿Por qué a mí?”. No entendía la razón por la cual el destino la había escogido. “¿Por qué a mí?”, seguía cuestionando a la nada con su rostro deformado por las quemaduras. Hasta que lo entendió y entre balbuceos le dijo a su padre: “Voy a hacer un hospital para niños quemados”.

La recuperación no fue fácil, Vivian no estaba segura de qué pasaría con ella. Se sentía confundida y atrapada, pero su fe en Dios la ayudó a seguir adelante. El centro médico que prometió fue fundado en mayo de 2004 (el Hospital Vivian Pellas) y ha sido un éxito con más de 600,000 atenciones servicios de salud y más de 300,000 sesiones de rehabilitación para los niños.

“No hay imposibles para un corazón decidido”, narra Vivian en su libro. Y remarca: “Nuestros sueños se convierten en realidad cuando tenemos el valor de luchar por ellos”.