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Antes de incursionar en la escritura, Rose Marie Tapia se dedicó a otros asuntos. Trabajó como gerente de la empresa Raúl Tapia y Compañía S.A. y fue su representante en la Cámara de Comercio de Azuero y en la Asociación Panameña de Ejecutivos de Empresa.

Con sus obras me ha dejado impresionado. La versatilidad con la que narra los hechos en sus páginas hace que me arme una especie de película mental, me absorbe y me lleva al análisis más allá de sus propias palabras, de su intención narrativa. Hoy por hoy la escritora panameña más publicada.

No he tenido la oportunidad de conocerla en persona, pero hace dos años, en plena pandemia, participé en un conversatorio virtual donde nos habló sobre sus orígenes. Para esos días yo estaba iniciando mi educación premedia en sexto grado.

En aquel encuentro ella nos exhortó a estudiar y a leer. Nos explicó que lo que la inspira a escribir sus novelas es la posibilidad de alzar su voz a nombre de los que piensan que no tienen oportunidad de ser escuchados. Ella suele abordar denuncias sociales, siendo estas una gran motivación para dar forma a sus textos.

Ha sido galardonada desde que inició, ya que su primera obra escrita en el año 2000, Caminos y encuentros, fue reconocida con la mención de honor en el Concurso Nacional de Literatura Ricardo Miró del año 2000.

Desde ese momento no ha parado en lo absoluto. Al contrario, es una autora prolífica. A partir de entonces no ha habido un solo año que no haya publicado una novela, e incluso en el 2002 fueron dos, Travesías mágicas y La noche oscura. Yo leí la primera, donde, tal cual indica su nombre, atrapa al lector en la magia de la relación entre una tía y su sobrino, quienes tienen la oportunidad de viajar en el tiempo en compañía de un amigo imaginario. Me enganchó porque no cualquier adulto aceptaría y creería, pero ella sí y ese fue un nexo fundamental.

Para mí, este libro pretende que los adultos recuerden y vuelvan a ver la vida con la inocencia de los niños, a través de matices (no solo en blanco y negro) que también son válidos. Se trata de una obra interesante y fresca; mi mamá, una ávida lectora, quedó encantada por su mensaje. Es que a veces aquellos a quienes llamamos locos o excéntricos, solo tienen una visión diferente del mundo que les permite tener “travesías mágicas”.

Lo mismo pasa con Roberto por el buen camino, novela publicada en 2004, que también causó gran impacto entre la comunidad lectora. Trata sobre el pandillerismo, problema en el que se ven envueltos muchos jóvenes en la actualidad, que muchas veces buscan en las bandas la atención que no encuentran en sus casas. En la trama se evidencia el amor entre hermanos y entre padres e hijos, por lo que resulta ideal para discutir en familia

En el 2015 la autora escribe Un grito desde el silencio: El oscuro abismo del bullying, sobre un tema que ha existido desde siempre, pero que ahora es más latente. Mi mamá me explicó que lo hoy conocemos como acoso, en su tiempo no tenía nombre; alguien molestaba a otra persona, y la situación muchas veces terminaban en: “A la salida nos vemos detrás de los buses”. Efectivamente, se encontraban y se peleaban a puño limpio, y una vez quitada la “cosquilla” todo pasaba, incluso podían volverse amigos… Quizás porque eran ganas de molestar o tal vez porque las cosas no se magnificaban entonces.

En esta época se llama bullying, y puede llegar a terminar en peleas muy fuertes. Además, ya sea ha pasado de lo presencial al acoso cibernético, a la denigración total de la víctima, a soslayar su personalidad buscando anularla y haciéndole sentir que no vale nada. Muchas veces el resultado de estas amenazas físicas y verbales es el suicidio de la persona perjudicada. El acosador tal vez lo ve como un juego, pero en realidad ocasiona mucho daño, y de por vida, porque ese dolor se mete en la psiquis de quien lo sufre y solo con mucha entereza y trabajo psicológico se puede superar.

Realmente pienso que es una excelente escritora, ya que abarca muchos tópicos de manera amplia y elocuente. Sus obras, de lectura sencilla y análisis profundo, son perfectas para hacer tertulias familiares, ya que son actuales, llenas de enseñanzas y aportan una perspectiva distinta.

Después de muchos años de esfuerzo, mi prima Sarah Fhima logró una gran hazaña junto a un grupo de investigadores: llevar a cabo una serie de experimentos que podrían cambiar las difíciles circunstancias de las personas afectadas por la enfermedad del Alzhéimer, un trastorno que destruye de manera lenta la memoria.

A este tratamiento se le conoce por el nombre de estimulación magnética transcraneal. Consiste en la aplicación repetitiva de un campo magnético de alta intensidad en el cerebro del paciente. Aunque estos procedimientos sólo habían sido utilizados en gente con autismo, recientemente se han estado probando en quienes padecen otros trastornos neurocognitivos tales como el Alzhéimer.

A mi familia esta enfermedad la ha afectado gravemente desde hace muchas generaciones. Mi tatarabuela, mi bisabuela y mi abuela la han sufrido. Esto motivó a que Sarah, quien es médico pediatra con diplomado en neurodesarrollo, se interesara más en los estudios sobre este mal. Ahora ella ayuda a mi abuela en el Brain Tools Center, con tratamientos para calmar sus síntomas.

Mi abuela se graduó de la carrera de Arquitectura en Bogotá (Colombia), se casó con mi abuelo y se mudaron a Venezuela, donde tuvieron dos niños y a una niña, entre ellos mi papá. Más tarde vine al mundo yo, y todos nos mudamos a Panamá, donde mi abuela empezó a cuidarme todos los días mientras mis papás se iban al trabajo. 

Ella nunca paró de laborar, pero llegó un punto donde su memoria se empezó a deteriorar. La alegre persona que todos conocíamos había cambiado. Las risas se convirtieron en llanto y su vocabulario comenzó a limitarse. 

Después de muchos años de estudios y de ir de médico en médico, descubrimos que había desarrollado el trastorno de Alzhéimer. Mientras las preguntas se fueron respondiendo, nuestra preocupación aumentó porque creíamos que ya no habría vuelta atrás para la abuela. Pero la estimulación magnética transcraneal ha impulsado su cerebro de forma positiva, y poco a poco ha ido recuperando su conciencia.

Cuando mi prima nos recomendó el tratamiento estábamos completamente escépticos, además no teníamos dinero para solventarlo. Sin embargo, al entender nuestra situación, hicimos un trato. Mi abuela participaría en un tratamiento relativamente nuevo y ayudaría con una serie de experimentos, a cambio de una rebaja en el precio del procedimiento. Al final mis abuelos aceptaron entusiasmados, no sólo por el hecho de que habría un chance de que mi abuela mejorara, sino porque también estarían aportando a la medicina y, en un futuro, su participación podría ayudar a millones de personas afectadas por la enfermedad del Alzhéimer alrededor del mundo.

Este caso sirve de inspiración para todas aquellas jóvenes que alguna vez han anhelado contribuir con los demás. Nada es imposible, y si todos ponemos un granito de arena, juntos podemos crear la diferencia. Yo aspiro algún día poder apoyar a la ciencia, como mi prima lo ha hecho, y que los estudios sobre los trastornos neurocognitivos avancen y mejoren, para el beneficio de las presentes y futuras generaciones.

El rítmico corte de un cuchillo, el pelo atado y el calor a temperaturas abrumadoras. El ambiente de una cocina no es para todos. Se necesita mucha experiencia para manejar un aceite caliente, el picor de un ají o conocer hasta el último minuto de cocción de un pollo, pues no a cualquiera le sale igual de rica la comida como a ella. Aun si los brazos le pesan o sus piernas no aguantan, nunca le molestará seguir.

Lucía Sánchez puede ser un nombre y un apellido común en tantas partes del mundo. Pero para mí es un modelo a seguir por su perseverancia ante la vida y el don que tiene dentro y fuera del fogón. 

Desde muy pequeña tuvo que aprender a cocinar viendo cómo su madre lo hacía con los recursos que tenía. Mudarse desde los recónditos lugares de la provincia de Veraguas a la gran capital de Panamá la hizo experimentar nuevos sabores y también experiencias distintas. Ninguna tan dolorosa como la pérdida de una mamá. Aun así, Lucía seguía preparando comidas. Cada taza de arroz, cada sabor le recordaba a su progenitora. Ahí encontraba el amor, ahí se encontraba a ella misma de pequeña cocinando con su madre.

Con el paso del tiempo ha tenido que volverse experta en mil oficios, además de chef familiar indiscutible. Hizo de la gastronomía un trabajo remunerado. Supo levantarse como independiente, como madre, como esposa. 

Muchos dicen que los grandes cambios ocurren primero con pequeños pasos. Lucía ahora sabe preparar platos gurmé. Sabe la medida exacta para un arroz perfecto, cuál es el mejor picante orgánico para unas alitas, cómo lograr un chicharrón en su punto o el secreto para el pescado frito más rico. Ella tiene la respuesta correcta para todo eso y más.

Aunque mi favorito es el arroz con pollo. Esta es mi descripción del espectáculo que supone hacer ese delicioso platillo: empieza con el pollo cocinándose en la salsa de achiote y diferentes verduras. Ese color naranja que desprende la semilla me hace pensar en el atardecer; el olor no es distinguible, sin embargo, el sabor que aporta es inimaginable. Para mí, hace la verdadera diferencia, ya que la cantidad correcta creará una sinfonía. Eso sí, mucho cuidado con el exceso; cabe recordar que su tintura se diluye en aceite.

Por otro lado, las verduras para el pollo no son las mismas que para el arroz, tienen que ser frescas y cortadas con el cuchillo más usado que tengas. Pienso que no queda igual si el cuchillo no ha pasado por las manos de cada persona que ha pisado la cocina. Lo demás no se puede revelar. 

Si algo he aprendido al ver a Lucía cocinar, es que es una experiencia religiosa. Creo que la gastronomía que se desarrolla en lugares domésticos es la mejor. Nos enseña a amar la cocina y pensar fuera de la caja. 

No se necesita un diploma o las mejores notas para sentir esa pasión por el arte culinario. Aprendes a  conocer la cantidad perfecta de sal o cuánta agua y tiempo necesita una pasta. En una cocina como la nuestra, sazonas con el corazón, mides con tus sentimientos y hueles con nostalgia.

1, 2, 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10 (se marca el tiempo cual manecillas de reloj)…

Beatriz Rached se deja ver como un compás. Así es su vida. Se puede decir que va al son del flamenco. En orden y a tiempo nos guía.

Ella siempre está ahí para ayudarnos. Es una manera de saber que vamos con la música y el ritmo, puntual, como ella… como el compás. 

Desde los siete años, Beatriz ha sentido una atracción demasiado grande por el baile español. Su pasión ante este arte es tan grande y tan fuerte como sus zapateos. 

Una de sus pisadas más vigorosas fue en el año 2011, cuando logró abrir su compañía FBR (Flamenco Beatriz Rached). Desde hace más de once años ha ido logrando su misión de llevar su arte a Panamá. Lo ha hecho a través de mucho esfuerzo, amor y dedicación.

1, 2, 1, 2, 3, 4, 5, 6. El compás es más lento y con un respiro. Esa parte de su vida está colmada de sensibilidad, adornos y detalles. Son los momentos que te llenan de inspiración, donde esa coreografía tiene una sutileza y suavidad que hipnotizan al espectador. 

7, 8, 9, 10. Sigue. La fortaleza que te sorprende y el remate que te asusta. Memorias de mi maestra. Recuerdo ver a Beatriz en escena, estando yo en primera fila con mi atención puesta en ella. Sus movimientos eran lentos, delicados, y de repente, remata el baile con todas sus fuerzas. Con tan solo diez años tenía mis ojos llenos de lágrimas por la emoción y mis pelos de punta. Estoy más que segura que el resto del público estaba igual, sin saber ni entender cómo era que en dos minutos ella se había robado nuestro aire. 

El compás vuelve y se repite, ya no sabes qué esperar, pues siempre que piensas que ya lo viste todo, llega algo mejor. Algo con más energía o con más suavidad, o como en muchas ocasiones, es una mezcla de sentimientos que simplemente te hacen quedar pasmado. No quieres parpadear ni un mínimo segundo, no deseas perder ningún detalle. La emoción te recorre, el remate se acaba y sientes que ya puedes volver a respirar.

1, 2, 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10. Retomamos la instrucción. “Si te equivocas el día del espectáculo y haces cualquier tipo de mueca, el público se dará cuenta porque tu rostro lo dice todo. En cambio, si sigues sonriendo o con tu cara seria, triste o brava (lo que sea que estés sintiendo mientras bailas), nadie lo notará. Puede que piensen que así es la coreografía, porque en realidad era una confusión mínima que sinceramente no cambiaba en gran cosa el baile. Así que, pase lo que pase, expresen con su cuerpo y cara lo que sienten al bailar, y si se equivocan no hagan muecas locas, niñitas”. Son esos pequeños discursos y frases que me persiguen desde que soy su alumna.

Desde muy chiquita me enseñó que mis ojos tienen superpoderes y que pueden hablar por sí solos. Mientras bailo, mi mirada es la que narra toda la historia y hace llegar todo el cuento al alma de los espectadores. 

Vuelve a escena. Cuando teacher Bea baila palos como la bulería y el tango, el público se enloquece. Te puede sacar lágrimas sin siquiera darte cuenta. Todo por una mirada y unos gestos que te llegan hasta la última fibra de tu ser.

Beatriz se puede conocer como la del compás marcado de una bulería. Todo va rápido, pero preciso. A la vez, como la sutileza y dulzura de las alegrías, esa parte llena de adornos y pequeños detalles que desbordan el alma con su gentileza y calidez humana. 

Nuestra parte favorita: ¡Olé! Después de esa corta palabra el público se pone de pie y aplaude. Ovacionan con todas sus fuerzas. Unos lloran, otros gritan, otros tienen una sonrisa de oreja a oreja por la gran satisfacción que causa ver a Beatriz bailar. Diez segundos de aplausos que, tanto para ella como para cada bailaora parada en ese escenario, valen más de lo que cualquier persona puede imaginar.

1, 2, 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 1, 2, 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9,10. Olé.

Era una mañana de abril del año 2019. La profesora Desirée del Rosario entregó los resultados de un examen que había aplicado recientemente a sus estudiantes de octavo grado de premedia. Las calificaciones no habían sido muy altas. Además, francamente todos esperaban cualquier nota por encima de 3,0 para estar contentos. 

Esto era muy común en aquella promoción (y de todos los del colegio), ya que antes de ese año no sentíamos que la escuela fuese muy exigente. La maestra Desirée se aseguraba de enseñar y tener una clase proactiva con los estudiantes dispuestos a aprender.

Ese día un alumno fue a buscar su prueba en la que vio un 3,7. Estaba más que satisfecho. Sin embargo, la docente sabía que el estudiante no se había esforzado por estudiar. Tenía claro que él podía sacar un resultado mucho más alto, pues tenía las capacidades, mas no la motivación. 

La profesora Desirée ya había notado ese comportamiento en este joven. Junto a otros colegas conversaba de todo el potencial que poseía, pero que solo usaba de vez en cuando. De hecho, era muy participativo, pero a la hora de presentar exámenes sumativos, su desempeño era el mínimo. 

Como resultado de ese puntaje, ella le dijo lo siguiente: “Si tú tienes un Ferrari en una carrera, ¿por qué manejarías por el lodo en lugar de la carretera?”. El estudiante no tuvo respuesta y se quedó pensando en aquello por días. 

Luego de darle vueltas a la pregunta, se dispuso a esforzarse más para no “conducir por el lodo». El resto del año fue cuesta arriba. Poco a poco se involucraba más en las asignaciones y en cumplir con las responsabilidades de la escuela.

Ese era yo, Sohan Makhija. Este pequeño encuentro es algo que nunca voy a olvidar. A pesar de no haber sido muy impresionante para la mayoría, para mí sí fue significativo. Es algo que siempre tengo presente y que uso para recordarme que debo seguir esforzándome. 

El consejo no me lo dio cualquiera. Esta profesora de 35 años siempre se esfuerza mucho en su trabajo y en otras actividades. Tanto así que fue la primera mujer panameña en alcanzar la cima del monte Everest, el 19 de diciembre de 2017. Esa hazaña supuso subir casi 6000 metros sobre el nivel del mar y una ardua caminata de doce días. Su influencia fue tanta a nivel nacional que incluso publicó un libro en el que narraba la desafiante experiencia. 

Francamente, cuando transmitieron la noticia me pareció un poco extraño y no le presté tanta atención hasta tiempo después. Algunos años más tarde, la proeza en el lugar más alto del planeta y su sugerencia se conjugaron y empecé a ver todo como una oportunidad para “conducir por la carretera” de la manera correcta.

La profesora sigue asistiendo a escaladas y maratones de forma regular, mostrando que no se conformó con lo que había logrado hasta entonces. Ya sea por pasión o dedicación, ella sigue siendo una fuente de inspiración para aquellos que la rodean. Quiero que esta historia traiga a luz lo mucho que pudo elevarse esta mujer sin siquiera darse cuenta, solo dando lo mejor de sí.

Vanessa destacaba en su comunidad. Tenía el cabello dorado, lo llevaba corto. Eso la hacía lucir diferente al resto, no solo por su apariencia, sino también por su personalidad. Entre sus particularidades estaba su interés por lo que ocurría en el cerebro humano. No fue casualidad que estudiara Psicología.

Creció en el golfo de Montijo, en la provincia de Veraguas. Durante la época escolar solo se enfocó en obtener buenas calificaciones. En 1998, a principios de su segundo año de secundaria, le ofrecieron una beca para una nueva escuela; sin embargo, se vio obligada a rechazarla. Provenía de una familia tradicional, donde las mujeres dedicaban sus vidas a servir a los hombres y no estaban destinadas a pensar por sí mismas. Mientras que ellos tenían derecho a hacer lo que quisieran y cuando les provocara.

Esa realidad hizo que Vanessa tuviera una perspectiva diferente sobre las costumbres en su pueblo. Ella creía que cualquiera podía hacer lo que deseaba sin importar su género o situación económica.

“Las mujeres pertenecen a la casa y los hombres son de la calle. No tienes nada que hacer ahí afuera, Vanessa”. Esas palabras la empalaban por el pecho. No podía ser que su madre lo creyera.

“Te casarás y tendrás muchos hijos”, le solían decir. No quería eso, no por el momento. Pero ¿qué deseaba? Ni ella misma lo sabía, aunque una cosa sí tenía clara: salir de ese “hueco” al que llamaba hogar, donde el respeto por sus padres se iba desvaneciendo de tantos abusos a los que ella y sus hermanos eran expuestos.

Escapar de la tradición

Con todos esos sentimientos, la fría madrugada del 8 de octubre del 2002 partió rumbo a la ciudad capital con la intención de no volver.

En la gran urbe hizo trabajos de limpieza y cuidó ancianos o niños para sostenerse. Le tocó habitar en barrios alejados de la periferia.

En esos andares conoció a una amiga que la ayudó a conseguir un empleo más estable y le dio un lugar para dormir. Hubo un punto donde consideró retornar a Veraguas, pero ella no se quería rendir tan fácilmente.

Los frutos

«Si un día vuelvo, no será con las manos vacías», pensaba. Trabajó hasta poder pagar sus estudios universitarios. Poco después, logró graduarse de Psicología.

Por un tiempo estuvo en una compañía ejerciendo y durante esas jornadas estuvo expuesta a muchos sentimientos de los empleados que atendía. “Era como ver una película, muchas, y a veces perdía el sentido de la mía”, decía.

Para el 2014 ya tenía su vida hecha: dos hijas y un maravilloso esposo que la apoyaba en cualquier decisión que tomara.

El reencuentro

Una de las hermanas de Vanessa logró contactarla luego de doce años.

—Dije que no volvería —repetía Vanessa una y otra vez.

—Papá y mamá no tienen nada de comer, fíjate, no te quedes de brazos cruzados —insistía su hermana.

Vanessa estaba sorprendida por la preocupación de su hermana hacia sus padres, a pesar del maltrato vivido.

Pero, padres, padres son, ¿no?, se dijo a sí misma. Así que decidió dar apoyo económico. Incluso accedió a llevar a cabo una visita junto con su propia familia, pero nada la preparó para lo que vería a su regreso.

Toda la casa estaba sucia y en muy mal estado, había bichos y gusanos. Vanessa odiaba los gusanos desde que tenía memoria. Sintió cierta obligación de cooperar para mantener a sus padres y la propiedad.

Volver a Veraguas fue un encuentro con el pasado. Ella decidió perdonar y olvidar, no tenía sentido quedarse con ese resentimiento.

Ayudar al prójimo

En 2016 Vanessa empezó a colaborar con los habitantes de aquel golfo. Les llevaba o enviaba alimentos y artículos que necesitaban.

Tres años más tarde su esposo falleció de cáncer, un gran impacto para ella y sus hijas. Poco después apareció la pandemia del COVID-19. Eso detuvo sus visitas, que no dudó en retomar cuando levantaron las restricciones.

Para mí, ella es más que una muchacha que quería ayudar. Es alguien que estaba destinada a algo mucho más grande, pese a las limitaciones impuestas por sus padres. Vanessa es mi madre, a quien admiro y respeto infinitamente, no sólo por criarnos, sino por ser capaz de superar situaciones sin ningún tipo de ayuda y por su empatía.

Hasta el día de hoy visitamos ese lugar apartado de donde vino mi mamá, desde un rincón de Veraguas.

—Pero abuela, ¿qué fue exactamente lo que la motivó a marcar la diferencia en la sociedad, respecto a la población femenina? —pregunté, ajustando la sábana que cubría nuestros pies, esperando con curiosidad su respuesta.

—Ah, bueno, hay un incidente específico que recuerdo claramente hasta el día de hoy, aunque sucedió ya hace casi 60 años —dijo, acomodándose como si fuera a comenzar una larga historia. 

Así inició su relato:

Mi madre iba a dar a luz a su quinta hija, mi hermana menor, y todos estábamos en el hospital de la pequeña ciudad de Savarkundla (India) esperando los primeros llantos del bebé. Caminaba por el pasillo cuando de repente escuché un alboroto en un cuarto cercano. Resultó que la familia en la habitación contigua a la nuestra también esperaba una hija, lo que explicaba su ansiedad. Me detuve cerca de ellos sin querer invadir su privacidad, pero tampoco pude detener mi curiosidad.

«¡Felicidades! ¡Han sido bendecidos con una niña!», escuché. 

La voz de la enfermera resonó en el pasillo del hospital mientras sostenía un pequeño bulto rosado para que todos lo vieran. Se podía cortar la tensión con un cuchillo tan pronto como esas palabras no deseadas salieron de su boca.

Tener una niña significaba casarla a una temprana edad, lo que supondría trabajar más duro para pagar una dote que solo traía tensión en las familias.

«Lo sabía, debíamos haber alimentado a la madre con más semillas de coco. Ya había hablado con el sacerdote y él había garantizado un hijo», murmuraba enojada la abuela culpando a la madre del género del bebé. 

Hasta ese momento, solo había escuchado hablar de esas situaciones. Aquel incidente fue una revelación y provocó un impulso ardiente de ayudar a las mujeres en todos los aspectos, para demostrar a la sociedad que ellas eran tan capaces como los hombres.

—Entonces fue en ese momento cuando decidió que quería ayudar a las personas, en especial a las mujeres —interrumpí a mi abuela en su relato—. Pero ¿cómo lo hizo?, ¿cómo logró impactar a una sociedad predominantemente machista siendo mujer?  

Ella siguió su narración:

Mientras crecía con mis otras cuatro hermanas, mis padres se aseguraron de que tuviéramos acceso a una educación adecuada, que me enseñó todo lo que sé hoy y me llevó a esta posición donde fácilmente puedo dedicar mi vida a ayudar a los demás. Sin una formación óptima, no estaría en ninguna parte. Me di cuenta de esto después de completar mi maestría. Llegué a comprender lo privilegiada que era. También descubrí que el 95% de las niñas del pueblo en el que vivía en aquel momento no contaban con esa oportunidad.

Esto se debía principalmente a que las mujeres se casaban jóvenes y dedicaban su vida a las tareas del hogar. Las familias sentían que no tenía sentido educar a sus hijas y gastar su dinero en niñas que no les iban a ser útiles, por lo que las mujeres fueron incapaces de ganar dinero y valerse por sí mismas, incluso cuando estaban en problemas. 

Teniendo en cuenta lo anterior, decidí construir tres escuelas para niñas con educación gratuita, con el fin de alentar a las familias a educar a sus hijas. Quería ver a las mujeres triunfar en la vida, lograr sus metas y alcanzar sus objetivos.

Sin embargo, la educación no era el único factor que estaba considerando. En esos tiempos las mujeres tampoco recibían tratamientos adecuados en el sector de la salud. Entonces, hace un par de años, junto a un grupo comenzamos una organización e inauguramos nuestro primer hospital. Es gratuito y promete el mejor tratamiento a todos los pacientes, sin prejuicios. Se ejecuta completamente con donaciones de diferentes personas y ha ayudado a millones a recibir atención médica digna. Si no hay una buena salud, entonces no tiene sentido la educación. 

Hasta ahora no me había dado cuenta del impacto total que tenía mi abuela Chandrika Kamdar Ghelani en la sociedad, específicamente en su pueblo. Esto me hizo mirarla con una luz distinta, un nuevo respeto y valor. Ella es una mujer de poder, y también lo son todas las féminas cuando les dan los recursos necesarios para  brillar.

 Isabela Barranco creció en una pequeña familia que vivía en Betania, en la ciudad capital. Su casa estaba en el medio, hacia la cima de una montaña. Había muchos vecinos y todos eran muy unidos. Con sus amigos jugaban, reían y se divertían. Ella guarda esos gratos recuerdos.

Su papá trabajaba en el Canal de Panamá y su mamá tenía un pequeño salón de belleza en su casa. Estudió toda su etapa escolar en el Instituto Panamericano, su alma mater, hasta graduarse en 1991.

Cumplió a cabalidad con todo lo que un padre espera de un hijo. Fue buena estudiante, por lo que hizo su práctica profesional de bachiller en el Citibank. Seguido, estudió mercadeo en la Universidad Santa María La Antigua, graduándose en 1995. No se detuvo en su formación, pues dos años más tarde obtuvo un postgrado en Alta Gerencia en la Universidad del Istmo. Su último trabajo, antes de emprender su propio negocio, fue en la Asociación Panameña de Crédito, desde 1998 hasta el 2008.

Para el 2007 contrajo nupcias con Roberto Gomes. En el año 2009 tuvo a su primera hija, Isabela Sofía. 

Nueva experiencia

Luego de tomarse un tiempo, decidió emprender su propio negocio. Ella quería algo diferente e innovador. Aunque hasta el momento había seguido un patrón socialmente establecido, era hora de algo distinto.

Un factor importante a considerar era que le gusta mucho viajar. Tomó esos dos años para visitar ferias donde las grandes empresas exponían sus negocios, con el fin de conocer lo que se estaba ofreciendo en el mercado internacional y así poder hacer una propuesta atractiva para el público panameño. 

Después de muchas horas de trabajo, investigación y concretar ideas, creó junto a su esposo Smile Factory, un lugar para el entrenamiento familiar. 

En el 2011 nació su segundo hijo, Manuel. Para ese tiempo, Isabela y Roberto estaban haciendo los trámites para poner en marcha su proyecto. Encontraron un lugar cerca de Albrook, en una plaza comercial. El 15 de noviembre de 2012 abrió sus puertas el local.

Años después, en 2015, Smile Factory hizo una alianza con Chess Logistic para impartir clases de ajedrez. Isabela escuchó los beneficios de este deporte para los niños y le interesó demasiado. Después de años de entrenamiento y clases con excelentes profesores, los chicos de ese centro han ganado varios torneos.

Cambio de estrategia

Para marzo del 2020 había muchos proyectos en marcha entre la pareja de esposos, pero de manera repentina llegó el COVID-19. Se cerraron las escuelas y se restringió la circulación de personas. Fue la situación más difícil para todos los pequeños y microempresarios, como ella. Isabela estaba enfrente de una dimensión desconocida, tanto en el ámbito personal como el empresarial. Nadie sabía qué era el nuevo coronavirus. Las informaciones del Gobierno y las organizaciones de salud mostraban que no iba a durar poco tiempo, un panorama nefasto para todos. 

Isabela y Roberto analizaron cómo mantener activa una de las ramas de negocio de la empresa, las clases de ajedrez. En menos de tres días las lecciones presenciales se convirtieron en virtuales. A esto le llamaríamos “resiliencia empresarial”.

El momento más crítico de Smile Factory fue el cierre del local en julio de 2020. Era una decisión que no solo le afectaba a ella sino también a los que trabajaban allí y a sus hijos, porque lo veían como una segunda casa. Sin mirar atrás, la empresa continuó con las clases en línea por más de dos años. 

Hoy, con mucha alegría, tras vencer este gran reto, los esposos se esfuerzan en ofrecer herramientas para fortalecer el desarrollo de niños y adolescentes a nivel internacional, dando clases de ajedrez, dibujo, emprendimiento y programación en modalidad virtual.

Después de la experiencia de diez años con Smile Factory, Isabela es fiel creyente del trabajo colaborativo. De hecho, emprendió una nueva alianza estratégica con Ajedrez Criollo, en conjunto con su socio de más de siete años, Roberto Sánchez, quien es campeón nacional de ajedrez.

Esto nos demuestra que, si tú crees en lo que haces, puedes llegar muy lejos. Isabela tiene frases claves que definen su vida: “Querer es poder”, “Lo que tú piensas, tú lo sientes; y lo que tú sientes, tú lo vives”. Ahora sé que con dedicación y trabajo duro todo es posible.

Catherine Kay Stuart nació el 10 de septiembre de 1975. Fue criada en la ciudad de Panamá, en el área de El Dorado. Desde chiquita era muy creativa y mostraba mucho interés hacia la costura, crear maquetas y dibujar. Tenía un verdadero talento. 

Pasaron los años. Estaba convencida de que quería ser diseñadora de interiores, pero todos le decían que se arrepentiría de esta decisión, ya que supuestamente esa profesión no generaba muchos ingresos. A pesar de los comentarios negativos de la gente, ella siguió. No le importaba el dinero, el diseño es lo que amaba y se prometió a sí misma que no se rendiría.

En 1998 Catherine obtuvo su primer trabajo diseñando muebles para una compañía. Disfrutaba mucho este empleo, pero su sueño era hacer algo propio. 

Luego de dos años nació su primera hija, Emily. Ella describe este día como “el más feliz de su vida”. No residía en la casa más grande ni tampoco tenía millones de dólares en el banco, pero era feliz con su pequeña familia en su reducido apartamento.  

A finales de 2005 se enteró de su segundo embarazo. Fue cuando decidió que ya era hora de arriesgarse y hacer su propia empresa, en vista de que su familia estaba creciendo. Así, renunció a su trabajo y empezó a preparar un emprendimiento junto a su mejor amiga y su esposo. Aún embarazada instauró su primera empresa llamada Emily & Co., dedicada a diseños de interiores. 

La diferencia entre esta compañía y las otras es que Catherine tuvo la ingeniosa idea de crear un equipo de trabajadores que incluía plomeros, ebanistas, electricistas, etc. De esta forma podía tener una mejor organización. Poco después, el 9 de septiembre de 2006, una noche antes de su cumpleaños, nació su segundo hijo, a quien llamó Aarón. 

Con el paso de los meses le llegaron diferentes proyectos. Al inicio eran pequeños, como cuartos o salas de estar, pero luego sus contratos se volvieron más y más grandes. Ya no solo hacía casas o apartamentos, ahora también restaurantes y locales la contrataban.

Luego de varios años vio el avance de su establecimiento y el éxito que iba alcanzando. Estaba muy contenta, pero quería más, así que en el 2007 pasó a su segunda empresa, Fabulous Scrunchies, la que se destaca por tener scrunchies o colas de cabello bastante suaves y con colores llamativos. Aunque esta no era tan demandada por los clientes como la anterior, Catherine lo hacía como pasatiempo y pensaba que no afectaría a alguien si lo volvía un negocio.

Tan solo un mes después de su nueva incursión se enteró de su tercer embarazo. Estaba muy asustada, ya que no sabía si podía hacerse cargo de tres niños. Pero siguió adelante. 

El 27 de agosto del 2008 nació Paulina y la mujer seguía aterrada. Según sus hijos, Catherine siempre hacía juegos caseros y procuraba sacar tiempo para estar con ellos, ya que no quería que fueran criados por otra persona. Esas rutinas dieron forma a la frase: “La mejor madre que podemos pedir”, expresada por ellos mismos. 

Sus vidas eran una maravilla. Las empresas de Catherine iban bien, la familia era feliz y no les faltaba absolutamente nada… Hasta el 2020, cuando el COVID-19 llegó a Panamá. El trabajo empezó a bajar por motivo de la cuarentena total a raíz del coronavirus, pero de alguna forma ella se mantuvo positiva ante todo y pensó en maneras de sacar algo bueno de esto, así que se inscribió en clases de diseño digital. 

Ahora hacía sus propuestas desde la computadora y cuando los sitios empezaron a abrir retomó su trabajo. Aunque el proceso de recuperación fue lento, lo logró y su empresa tuvo aún más éxito gracias a que ahora podía mostrar los diseños digitalmente, en 3D, a sus clientes, y de esta forma hacer cualquier cambio necesitado.

Catherine nunca se ve a sí misma como la mejor madre, pero según su hija Paulina, siempre ha llenado su casa con amor y música, que va desde Shakira hasta Sandra Sandoval. Eso, por supuesto, a la par de sus incansables esfuerzos. 

“Mientras me guiaba a través de estos increíbles catorce años, no sé si alguna vez se dio cuenta de que la persona que más quería ser yo, era ella”, resalta Paulina. Actualmente, Catherine y su familia viven felices.

Me despertó doña Elsa. Eran las tres y media de la mañana, los pájaros aún esperaban el alba y los gallos meditabundos todavía decidían si perturbar la paz de la clase social más trabajadora, pero más olvidada de todas. 

Era lunes, y como había sido costumbre para doña Elsa, en los últimos quince años, saldría a impartir clases a la única escuela de la más recóndita aldea que existía en toda la ciudad de Guatemala.

El pan remojado en café se balanceaba con el andar de la “camioneta” mientras la mujer rezaba su rosario. No había sido una vida fácil, pero nunca dejó de creer en que todo era posible, con fe. 

Al abrir los ojos entendí cómo los dos minutos que sentí de viaje en verdad fueron dos horas, cuatro buses diferentes y largas esperas en las frías y oscuras paradas de buses guatemaltecas. A su llegada el pequeño plantel se iluminaba de esperanza, los pasillos quedaban impregnados del imponente porte de doña Elsa, que arribaba como cura a la ignorancia y dispuesta a sacar a sus estudiantes adelante en medio de la incertidumbre que el país atravesaba.

Y ahí estaba yo, sentado en una esquina, escuchando el dictado matutino que era definitivamente muy avanzado para mi nivel. Intentaba apuntar todo lo que pudiera. “Lo que bien se aprende, jamás se olvida”, cantaba ella mientras caminaba por aquel salón, que a pesar de estar cayéndose a pedazos por su deplorable estado físico, parecía fortalecerse cada vez más por la ilusión con la que los estudiantes veían a doña Elsa. 

Noté en esos estudiantes un interés por aprender que no había observado nunca en otras personas. Me di cuenta de que veían la escuela como su verdadero hogar, pues al salir de ahí se cansaban buscando, sin éxito, algo similar en sus casas que, en cambio, estaban plagadas por los problemas que la gente suele ocultar por miedo a ser criticada.

Al final de cada treintena, llegaba su humilde, pero merecida compensación. Doña Elsa no cobraba solo con dinero, su real paga era el regocijo de saber que, con el tiempo que le daba a sus estudiantes, les había impregnado una promesa de éxito, de superación y de fe. 

Cada noche que, añorando su casa, decidió quedarse enseñando; cada noche que, extrañándome, ayudó al más necesitado en la aldea; cada noche que, casi sin fuerzas, llegaba a su hogar valió la pena para sentirme orgulloso de ella. Pero nunca dejó de estar para mí. Todos los días se preocupaba, se alegraba y me regañaba, porque sabía que en algún momento sus enseñanzas me iban a servir.

La maestra ya no está. Pero, tras su partida, en las paredes de los salones de aquella escuela todavía resuenan las anécdotas, las enseñanzas y los refranes que la hacían única. Estoy convencido de que los héroes no son siempre los más conocidos; al contrario, son esos que mejoran el mundo poco a poco con la capacidad intrínseca de ser ellos mismos. Y ella era mi abuela, doña Elsa.