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Cuando me pidieron escribir de mujeres que inspiran, fue inevitable pensar en mi familia. En ella hay una lista de nombres femeninos a quienes puedo rendir honores. Voy a resaltar a dos. 

Voy a empezar con mi madre Aixa Guevara. Ella trabaja día a día para sacarnos adelante a mis hermanos y a mí. Su deseo es que seamos profesionales. De solo pensarlo ya me siento orgulloso de todos. 

Es humilde, amable y amistosa. A la par de esas cualidades, lucha por lo suyo cuando corresponde. Además es solidaria con quien lo necesita. Es una guerrera que en todo momento busca la manera de perseverar.

Otra aguerrida, que valoro mucho y que es muy especial, es la abuela Isidora Vargas. Siempre nos ha cuidado y nos ha transmitido querer a los demás. Se esfuerza por sus hijos Julio y Katherine, así como antes lo hizo con sus otros hijos mayores Aixa, Eleyda, Betzaira e Isidora, que ahora son adultos. 

Isidora es cortés, respetuosa y gentil. Nos enseña a ser educados, modestos y a ayudar a quien lo requiera. También nos insta a que estudiemos hasta convertirnos en personas capacitadas autosuficientes y así no deber nada a nadie.

Las madres siempre dan buenos consejos. Aixa e Isidora así lo hacen. Tienen ese encanto secreto para mimarnos y tratarnos como niños, aunque el tiempo nos vaya convirtiendo en adultos. Ser madre es un ejercicio constante de empatía y paciencia, según he podido ver en la abuela y mi mamá. 

El amor de una madre es como la paz: no necesita ser adquirido, no necesita ser merecido. Es el combustible que hace al ser humano lograr lo imposible.

“No hay que esperar el tren, hay que hacer que el tren llegue” (Clara González).

En una de las áreas más pobres del país, en Remedios, provincia de Chiriquí, nació Clara González, el 11 de septiembre de 1898. Originaria de una familia muy humilde, hija de una indígena de la etnia Ngäbe Buglé y un ebanista español, fue testigo de injusticias como la explotación y el maltrato a los nativos. Siendo niña sufrió abandono por parte de sus padres y una trágica experiencia: la pérdida de su inocencia.

Clara se trasladó a Soná, provincia de Veraguas y debido a su situación económica trabajó como criada en casa de una familia adinerada. Ella era una mujer pequeña, medía metro y medio, pero se le describe como una persona amable y decidida, que dedicó toda su vida a defender los derechos de los débiles.

Considerada como una adelantada para su tiempo, pensaba en cambiar la realidad que se presentaba, por lo que luego de obtener el título de maestra, que era lo único a lo que podía aspirar en aquella época, decidió seguir su sueño e inscribirse en la Universidad de Panamá, cuya sede, en ese entonces, estaba en donde es hoy el Instituto Nacional.

Su camino no fue fácil, en una carrera donde el predominio masculino estaba presente, todos los días tenía que vestirse de hombre y utilizaba el sombrero de su hermano para entrar a la facultad de Derecho, por lo cual sufrió bullying de parte de sus compañeros.

En su tesis de graduación “La mujer ante el derecho panameño”, presentó un análisis detallado sobre la situación en que se encontraban las mujeres en la sociedad. Cuando se graduó, en 1922, se convirtió en la primera abogada panameña; sin embargo, tuvo que esperar dos años para ejercer su profesión hasta que se aprobó la Ley 55, que otorga ese derecho por igualdad de género.

Ese mismo año, motivada por su afán de superación, Clara fundó el Movimiento Feminista Renovación junto a Sara Sotillo, Elida Campodónico de Crespo, Rosa Navas, entre otras damas, con el objetivo de trabajar por una sociedad más igualitaria.

¿Quién le dio el voto a la mujer? La conquista al voto femenino fue una lucha incansable por décadas para obtener los mismos derechos sociales, económicos y políticos que los hombres. Clara fue una de las propulsoras de este logro.

Gracias a sus méritos académicos, Clara González recibió una beca en 1927 y viajó a Estados Unidos, donde obtuvo un doctorado en leyes en la Universidad de Nueva York, siendo la primera latinoamericana en alcanzarlo.

Durante los siguientes años, la activista panameña presentó la ley para la creación del Tribunal Tutelar de Menores y fue elegida como la primera jueza de menores, cargo que ejerció por trece años. En tanto, en 1946 surgió la Constitución Política donde se reconoció a la mujer en igualdad de condiciones con el hombre.

En la historia de nuestro país, han existido mujeres que han impactado con su liderazgo, empoderamiento y valentía, desde Rufina Alfaro, Clara González, Sara Sotillo y muchas más. Lamentablemente, en la actualidad todavía tenemos que seguir luchando por la igualdad de género, erradicar los femicidios y la violencia de todo tipo, por lo que debemos seguir el ejemplo de perseverancia de Clara González, ya que es una mujer que inspira.

Por: Adriana Mendoza

 

Esta bella historia es de la persona más especial, luchadora y guerrera que conozco: mi madre.

Desde pequeña recibió maltrato emocional y físico, rechazo y problemas en casa; sin embargo, soñaba con desarrollar actividades como tocar violín y piano, escribir o destacarse en la oratoria. Quería demostrar su capacidad, pero sus padres rechazaron esas ideas; para ellos eso solo lo podían hacer las personas pudientes.

Adriana Aguilar no se rindió y luchó a pesar del rechazo y la falta de apoyo. No le fue fácil, porque sus padres tenían adicciones y aunque para muchos esto era otra limitante, para ella no.

Estudió desde pequeña en escuela pública, donde tuvo buenos promedios. Luego ingresó a un plantel privado y se destacó en concursos de lectura y oratoria. Siempre trató de aprender todo lo que pudo.

En la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena se preparó como educadora. Fue presidenta de los graduandos de su promoción, tuvo muchas responsabilidades y al mismo tiempo pudo mantener su promedio entre los mejores; aparte de que cuidaba sus valores morales, lo cual es primordial para ella.

A Adriana le tocó luchar con el cáncer de su madre y el golpe económico que tuvo su familia; no obstante, no se desenfocó de su futuro deseado. Recuerda que algo que le taladraba el corazón era cuando veía a sus compañeras con sus madres durante las visitas en el internado donde residía. Dicha escena le hacía recordar que la suya tal vez estaba en un hospital con una mala condición de salud.

En ocasiones sentía que ya no podía más, pero no se rindió y siguió luchando contra todo lo que podía destruir su concentración. Muestra de ello es que ha logrado obtener muchos títulos universitarios, cursos y seminarios en el área de la educación, por su constancia y dedicación. Eso la ayudó a entender que valió la pena el sacrificio.

Consiguió un trabajo en la comarca Guna Yala, a pesar de que los niños no hablaban español buscó la manera de comunicarse con ellos y lo logró: aprendió a preguntar los nombres en dulegaya (lengua guna) y poco a poco pudo enseñarles a leer, escribir y muchas conocimientos más necesarios en su desarrollo.

Para ello se valió de recursos como mímicas, dibujos y repeticiones. Tocaba o señalaba objetos e imágenes y les preguntaba ¿Igui nuga? (¿cómo se llama?). Los niños le respondían en su lengua natal y ella les indicaba el significado en español. Tuvo que adaptarse a un lugar completamente diferente de donde ella venía, que era Puerto Armuelles, provincia de Chiriquí, pero gracias a todo ese esfuerzo y lucha, actualmente es profesora y trabaja en una escuela como maestra de grado, también en la Universidad Cristiana de Panamá, en la Universidad Internacional Mahanaim y en el Instituto Bíblico Virtual de la Iglesia Cuadrangular.

Adriana se siente orgullosa de sí misma por haber superado cada uno de los obstáculos y demostrar que no hay límites, pues manifiesta que estos son fundados con excusas y que, si en realidad queremos ser alguien en la vida, tenemos que batallar. “Solo es para valientes, hija, porque no va a ser fácil, es luchar contigo y no dejarte confundir”, señaló.

Casi finalizando la entrevista recalcó que a pesar de que no contemos con el apoyo de nuestros padres debemos trazarnos metas, proyectos y vencer todo temor de fracasar; «de lo contrario, nunca te podrás dar cuenta si pudiste ser una persona exitosa en la vida”.

“Hija, si tienes sueños no debes rendirte, lucha por conseguirlos y siempre marcarás la diferencia”, culminó.

 

 

 

 

Era la más pequeña entre sus nueve hermanos. Todos convivían en medio de la pobreza y en un hogar disfuncional. Carecía de un ambiente familiar que le llenara de amor, seguridad y esperanza. Soñaba con tener días mejores. Así creció mi madre, viendo cómo le arrebataba a la vida un poco de felicidad, con la firme convicción de que al final encontraría una luz que le guiara a forjar un destino prometedor.

Terminó su primaria con mucho esfuerzo, sin poder ingresar a la secundaria como el resto de sus compañeros; pues se le explicó que al no tener un padre responsable no había cómo sufragar sus gastos escolares. Parecía seguir la suerte de sus seis hermanas: convertirse en madre muy pronto, sin trabajo y con un futuro incierto.

Con una inmensa tristeza no podía comprender a su corta edad por qué tanta miseria y tantas limitaciones, al punto de no poder estudiar, si se suponía que la educación era el puente para transformar la vida de la gente. Transcurrieron dos años y no se presentaba la oportunidad de ingresar al colegio, pero su sueño no moría, buscaba la forma de convencer a su madre de matricularla; sin embargo, las razones de la negativa variaban cada vez más. “Las muchachas van al colegio a enamorarse”, dijo en una ocasión su mamá visiblemente molesta.

Una mañana, a inicios de un nuevo año lectivo, vio salir a su madre y, como siempre acostumbraba, le suplicó que la mandara a la escuela. No importaba si solo tenía una falda y una camisa para asistir al colegio. El plan de Dios era perfecto, él no la había olvidado. Siempre recordará ese día, lo cuenta con lágrimas en sus ojos: allí estaba su madre, con una bolsa transparente que le permitió observar, a los lejos, el regalo más grandioso que le hubiesen dado: una camisa celeste, una falda azul y un par de medias. ¡Sueño cumplido! Así inició a escalar sus primeros peldaños académicos.

Llegó su primer día de clases, estaba llena de expectativas, pero también de muchos temores. No temía a los esfuerzos, todos valían la pena: que le tocara lavar todos los días su único uniforme y terminar de secarlo muchas veces en su cuerpo o transcribir extensos textos en la biblioteca para pasarlos a limpio en su casa. Quería absorber cuanto conocimiento impartieran sus docentes por lo que se ganó el cariño y el respeto de sus maestros.

Pronto otra amenaza se presentó: su madre le aclaró que solo llegaría hasta tercer año, ya que no podía seguir pagando sus gastos. Nada la detendría, Dios la guiaba y ponía a su lado ángeles que le ayudaban. Así fue como su profesora de la materia de Historia, viendo su delicada situación económica, hizo una solicitud de beca a su favor, siendo seleccionada y asegurando así sus tres años restantes de secundaria. Ella lo define como su primer milagro. Su vida universitaria se logró gracias a otras becas recibidas, después conoció a mi padre, quien le ayudó a lograr el resto de sus sueños.

De sus doce hermanos, solo mi madre logró estudiar y darle un giro a su vida, poniendo la fe en primer lugar y a la educación como un agente de transformación. Ella es un ejemplo para toda su familia y sobre todo para mí, pues me inspira a luchar por mis metas, sin importar las barreras que deba enfrentar. Si estamos de la mano de Dios, seguro lograremos lo que nos proponemos, sólo debemos ser perseverantes y mantenernos sujetos a su voluntad, pues su tiempo es perfecto. Ella es la magistrada en Derecho y Ciencias Políticas Alicia Cepeda de Bonilla, mi madre y mi mayor inspiración.

En la historia mundial, la mujer ha estado marcada por la desigualdad y la inequidad, ocasionando que tenga poca participación en escenarios políticos, económicos, deportivos y sociales.

El fútbol es considerado uno de los deportes más populares —quizás el más popular— del mundo y donde hay mayor desigualdad de género. La historia de este deporte ha tenido una mirada en su mayoría masculina; sin embargo, se han dado algunos pasos para romper esta brecha de exclusión.

Keisilyn Gutiérrez es una joven panameña y futbolista profesional quien participó en las selecciones
sub-20 y mayor de Panamá.Toda la vida ha tenido el deporte en sus venas y en la actualidad es un ejemplo de inspiración para muchas jóvenes que desean empezar en este ambiente. 

“Desde pequeña me ha tocado jugar con los niños, no había mujeres cercanas que jugaran fútbol. Por suerte siempre he tenido unos padres que me apoyan en todo, siento que ese es el principal motivo de mi ascenso en este deporte, sin ellos, esta sería otra historia”, destaca Keisilyn.

Para la joven de veinticinco años lo más complicado de pertenecer a esta industria es salir de ese estatus impuesto por la sociedad, donde las mujeres no deben practicar esta actividad. “Siempre he sido criticada por jugar el deporte que amo, las amigas de mi madre me decían que el fútbol era para hombres y que debía dedicarme a otra cosa”, resalta. Pero la valentía y entusiasmo de la joven le han ayudado a sobrepasar ese tipo de situaciones y perseguir su sueño.

La joven, quien estudia para ser profesora de Educación Física, menciona que uno de los momentos más importantes de su carrera como futbolista fue cuando hizo su primer gol con la selección canalera. «Fue un sueño que desde niña siempre quise cumplir y lo logré; vestir el emblema nacional fuera de mi país es un honor que no todas tenemos”.

Hablando sobre goles, la anotación más importante de su carrera fue cuando marcó contra el Tauro F. C. “Ese día se jugaba la final, los nervios estaban a flor de piel, las probabilidades de perder eran muchas y ya se estaba acabando el partido, pero la manera como controlé el balón para luego realizar una finta, hizo que marcara uno de mis mejores goles; fue inolvidable la sensación de esa noche y la alegría que sentí”, recuerda orgullosa. 

Sin dudas, el fútbol le ha abierto muchas puertas a Keisilyn, a quien le han llegado distintas ofertas en el extranjero, pero su objetivo primordial es terminar su carrera universitaria; de hecho, enfatiza sobre la importancia de la educación en su vida.

En Panamá tenemos talento de sobra, solo faltan oportunidades. Keisilyn Gutiérrez es un ejemplo de constancia y es inspirador su trayectoria para convertirse en una exponente del fútbol femenino en Panamá que, lastimosamente, siempre ha sido la sombra del masculino. Pero, es hora de que cambien las cosas, y Keisilyn junto a otras destacadas deportistas están esforzándose para lograrlo. 

Desde las viejas épocas, las mujeres se daban a conocer por la posición y conexiones en la sociedad de su marido; pero, el 23 de mayo de 1922 ―lanzando por primera vez su llanto de vida― Petra Guerra Acosta llegó al mundo para cambiar esa realidad. Una tarde donde el sol alumbraba y el último capullo del guayacán florecía vio nacer a la cuarta joyita de sus padres, Jesús Guerra y Rosa Acosta, de un total de diez hermanos.

Aquel tiempo, colmado de buenos recuerdos, la niña tuvo el privilegio de cursar hasta el segundo grado de primaria; hasta que la crueldad de la naturaleza le arrebató su lazo más cercano. Era de tarde cuando su hermana Digna fue embestida por la fuerza de un descomunal rayo. Por primera vez Petra sintió en sus huesos la crudeza del dolor.

Luego de tres estaciones, aquella niña dolida encontró su lugar entre las notas de la caja, el dulce acordeón y el canto de la mejorana, cuyos ritmos alegraban su corazón. Un día, bajo el cielo repleto de estrellas, en medio del escenario silvestre, Petra danzaba a la luz de los candiles, provocando los suspiros de no pocos pretendientes atraídos por su jovialidad y ritmo. El conquistador fue Víctor Sánchez, de noble corazón, que logró compartir sus ideales de vida y formar una familia junto a la mujer a quien luego regaló su gran pasión.

Tras el paso de los años, con sus 15 hijos (de los cuales vivieron 12), la familia, ya estructurada y establecida en el pueblo de Sabana Bonita, hizo el esfuerzo para mandar a sus hijos a estudiar y darles lo necesario. Sin embargo, la vida los golpearía por segunda vez. Al nacer uno de sus retoños, su esposo, o el Viejo, como ella lo nombraba, enfermó de asma, y la gravedad no le permitía colaborar en lo esencial; se agotaba rápido y sus pulmones no resistían la pérdida de energía por la falta de aire. Aunque eso no detuvo la entereza de Petra para sacar adelante a sus muchachos y apoyar a su marido.

Todos los días, antes de las cuatro de la mañana, mucho antes de que el gallo de su vecina cantara, tomaba una guaricha, la encendía e iba al cerco a buscar el ganado de leche para ordeñarlo; al volver a casa preparaba el desayuno. Pan caliente y café con leche fresca era el manjar ofrecido por una diosa. Luego de dar la bendición a sus hijos, salía a la faena del campo, que le permitía tener comida en la mesa para su familia. Sembraba y cosechaba frijoles, plátano, yuca y lo que la tierra pudiera ofrecerle.

Al regresar a la casa, ya con el refulgente atardecer, Petra se sentía como bañada de luz ante el deber cumplido; prendía el fuego y preparaba la cena enseñando a sus hijos a colaborar con tareas sencillas. Gracias a que en aquel entonces entre vecinos se trocaban todo tipo de productos —los turistas también participaban—, a las amas de casa se les hacía más fácil surtir la mesa con cierto decoro, más disponer de agua fresca, recién sacada del pozo.

También vivió los sustos de toda madre cuando sus hijos enfermaban. Ella los cuidaba con desvelo, preparándoles tónicos de hierbas, heredados de la sabiduría popular. Así pasaron quince años… Petra, con el sudor de su frente y la dignidad como único escudo, logró sacar adelante a su familia; para entonces, el Viejo ya había superado el asma.

Luego de cincuenta años de unión, en 1962, en la Iglesia de El Carmen, contrajo matrimonio con Víctor Sánchez, y sus retoños fueron oficialmente reconocidos. Otra etapa de su vida había culminado en paz: sus hijos, hombres y mujeres de bien, y su esposo sano.

Irónicamente, la vida gira una vez más cambiando su estado de felicidad, y en el año 1994 Víctor Sánchez abandona el mundo de los vivos, a causa de un derrame. Actualmente, con 6 hijos vivos, 15 nietos y 17 bisnietos, Petra Guerra Acosta reposa en la terraza de su casa, en compañía diaria de tres de sus hijas; en su cómoda bata de casa, recibe visitas regulares de la familia. Mientras saborea una taza de café, sonríe agradecida y consciente de que en 2022 cumplió cien años, o como ella dice, “un quintal”, con la mente suficientemente clara para recordar aquellos versos de mejorana, que, en su juventud, le alegraban el alma.

«Ella es una mujer que nació para ser escrita. Su valentía y virtud bastan para plasmarla en mi obra infinita» (Alexander Solano).         

La historia de Melva Pinzón empezó a los trece años, ya que a esa prematura edad perdió a su madre y quedó bajo el cuidado de su padre; a pesar de eso, siempre fue una chica risueña y, aunque algunos días la abrazara la tristeza, decidió juntar sus pedazos rotos para crear una obra, ser arte en ruinas, mientras lograba reconstruirse.

Y así fue creciendo, hasta llegar a la etapa en donde pudo obtener su diploma de Bachiller de Comercio con Énfasis en Contabilidad, para luego empezar a trabajar en una casa de familia, donde se dedicó a limpiar y cuidar niños. A los veinte años el destino la sorprendió con su primer amor, el padre de su primogénita Kirian Montenegro.

Sin embargo, después del nacimiento la relación se fracturó, así que Melva tuvo que continuar con su vida y tomar la decisión de que el padre se encargara de la pequeña mientras ella trabajaba. Era una labor en conjunto para criar una niña sana y con buena autoestima; cada quince días Mel los visitaba y llevaba lo necesario para el sustento de su hija, a pesar de que viviesen a unos cuantos kilómetros de distancia. 

Al pasar el tiempo se dio la oportunidad de conocer a un nuevo chico, ya que decía que el hecho de que las cosas hayan sido difíciles antes no significaba que siempre lo serían. Entonces, formó un hogar con él y quedó embarazada, pero a los dos meses de gestación contrajo varicela, enfermedad que complicó el nacimiento del bebé y le provocó una parálisis cerebral.  

El pequeño Bolívar necesitaba rehabilitación y Melva lo llevó al Instituto Panameño de Habilitación Especial (IPHE), lugar donde además a ella le brindaron la oportunidad de poder laborar como trabajadora manual durante cuatro años. 

A partir de esa experiencia, tomó la iniciativa de ingresar a la universidad para poder especializarse en educación especial, decisión que le permitió trabajar en el IPHE como asistente de maestra, atendiendo a niños como su hijo. 

Melva tiene veintiséis años de laborar en esa institución, allí atiende alrededor de trece niños y luego se traslada a casa para estar con  Bolívar, quien a pesar de los pronósticos médicos llegó a los treinta. Cuando ella está ocupada, su hermana y una muchacha cuidan de él.  

A pesar de lo difícil que puede ser ejercer esta responsabilidad, Melva está agradecida de tenerlo, tanto es así que al momento de entrevistarla dijo: “Cuidaré a mi pequeño hasta el fin de los tiempos, porque no conozco de obstáculo ni de barreras que me limiten, ya que el amor de madre no entiende de imposibles”.

Por esto y por más, la señora Melva Pinzón es una mujer que nació para ser inmortalizada en una obra, ella es una dama que inspira. 

 

El 22 de octubre de 1979, en un cuarto repleto de gritos de dolor, lágrimas y llantos un bebé luchaba por salir, aunque fuese de forma prematura. La razón de este nacimiento antes de tiempo, era que la madre estaba sufriendo de una infección urinaria y tuvo que dar a luz, a pesar de que no estuviera desarrollado por completo.

Después de dieciocho arduas horas de parto, sintió por fin el aire de la habitación del hospital, y a la vez el frío de ser alejada del vientre materno. En cuanto nació fue llevada a una incubadora y pudo entonces sentir el calor artificial. A esta nena le pusieron el nombre de Aura Estela Quijano.

Su madre se quedó en el hospital y la niña pasó al cuidado de sus abuelos. La realidad era que su verdadero padre ni siquiera quiso que naciera, y su progenitora creía que era mejor que viviera con sus abuelos que con ella y su entonces pareja. Con ellos fue feliz, no tenía necesidades, recibía suficiente amor y comprensión.

Cuando Aura Estela tenía diez años, su madre quedó embarazada otra vez y luego una vez más; y fue entonces que decidió traer a su primera hija con ella. Las primeras noches resultaron muy difíciles, su costumbre era dormir con su abuela, pero ahora tendría que hacerlo sola en una habitación. En una ocasión fue a buscar a su madre para que se acostara con ella, pero solo recibió como respuesta una mirada fría y un sentimiento de rechazo. Así se dio cuenta de que nunca más alguien la acompañaría en sus sueños.

Tuvo que aprender a hacer todo por su cuenta: lavar su ropa, lustrar sus zapatos, planchar, organizar sus enseres, ayudar en la limpieza de la casa y hacer sus tareas. A veces cuidaba a sus hermanos y jugaba con ellos, aunque ellos tenían sus propias nanas. Con el tiempo logró acostumbrarse a esa soledad y luchó contra ella, sabía que si hablaba al respecto no le harían caso o no recibiría el consuelo deseado.

Llegó a graduarse del colegio. Entró a la Universidad de Panamá, donde asistió a la Facultad de Humanidades porque soñaba con ser profesora de Inglés. Ahora iniciaría una nueva vida, como una persona autosuficiente, alguien más fuerte y madura, que sabía qué decisiones tomar y por qué.

Mientras realizaba sus estudios superiores compartía apartamento con otros compañeros, gracias a sus padres tenía carro propio y un lugar donde descansar. Ellos garantizaban el recurso económico, eso era suficiente.

En su último año de carrera, además de mover a sus abuelos a una nueva casa para poder tenerlos cerca, conoció a quien sería su futuro esposo, Luis Carlos Pérez. También llevó a sus dos hermanos, que ya tenían 14 y 16 años.

Aura Estela se graduó. Luego de sortear muchas dificultades, consiguió su primer empleo en San Félix, al año pasó a Volcán, ambas comunidades ubicadas en la provincia de Chiriquí. Su deseo era trabajar en David. Algunos de sus compañeros la subestimaban y le decían que no sería capaz de lograrlo. Aun así, ella se esforzó, estudió noches enteras para ganar una beca y laborar en el colegio que deseaba.

Consiguió el anhelado, era profesora permanente y les enseñaría a sus estudiantes que tenían un gran futuro por delante. Todo avanzaba perfectamente: sus seres amados, su trabajo, sus alumnos, su casa… Se sentía muy completa. Pero, en el amor no hubo un “felices para siempre”, poco a poco su esposo se convirtió en un ser desconocido desde que ella tuvo siete meses de embarazo.

Él era indiferente, no pasaba tiempo en la casa, tampoco le importaba su futura hija ni la madre. Pasaba sus ratos de ocio en supuestas excursiones con otras profesoras y estudiantes del colegio en el que trabajaba; tenía aventuras con otras mujeres. Lo peor era que lastimaba a su esposa diciéndole todo lo que hacía.

Al octavo mes, la mujer dio a luz a su hija y pasó un día en coma. El doctor dijo a sus padres: “Solo un milagro podría salvarla”. Después de llantos y rezos, volvió a la vida.

Esto la hizo aún más fuerte de lo que ya era, con el corazón roto y hecho trizas por el hombre al que más amo, se divorció de él. Recuperó su libertad. Debía seguir adelante por lo que realmente era importante, su hija, sus abuelos y su trabajo. Ellos eran sus pilares. Así surgió de las cenizas del pasado y se convirtió en un nuevo ser.

Daniella Alejandra Goodridge es una joven deportista alegre, determinada, disciplinada y, como se dice en buen panameño, echada pa’ lante, ya que a su corta edad nunca se ha rendido y siempre ha logrado las metas que se propone.

Nació el 14 de abril de 2003. Sus pasatiempos son jugar flag (fútbol bandera), ir al gimnasio y, sin duda, probar el menú de nuevos restaurantes, pues ama comer. Está muy unida a su familia, son su pilar, y en este momento está tan lejos de ellos porque está estudiando fuera de nuestras fronteras. A pesar de la distancia, su clan es su apoyo incondicional.

Desde muy chica ha sido atleta y esto la ha llevado a conseguir gran parte de sus logros. Comenzó a jugar flag con tan solo nueve años. Este deporte ha sido un parteaguas en su vida.
Siempre ha tenido mucha energía y por ello practica otras disciplinas como la natación, el fútbol, la gimnasia, el karate y el baloncesto; pero, definitivamente el flag se convirtió en su todo, pues le brindó la oportunidad de estudiar en Estados Unidos. En este momento se forma en ese país gracias a su gran esfuerzo y talento.

Su rutina diaria es bastante agitada. Se despierta a las 5:00 a.m. para su primer entrenamiento, después va a sus clases regulares, luego tiene su segunda práctica del día, y por último, trabaja.

Como no todo es color rosa, ha tenido altibajos en su disciplina y la parte más difícil es no rendirse, pero su compromiso y el trabajo en equipo le han dado muchas lecciones positivas. Se ha mantenido firme y lucha hasta alcanzar lo que se propone.

Es una muchacha de muchas conquistas. Por ejemplo, ganó los premios COS Awards en la categoría mejor jugadora de flag football. Estamos hablando de una distinción nacional que reconoce a los mejores deportistas panameños en diversas disciplinas.

Ella es una motivación para quienes desean cumplir sus sueños, sin importar su situación; pues ha demostrado que trabajando duro se pueden conseguir las metas que quieres alcanzar. Ese es su mensaje para todos.

¡Qué irónica es la vida!, ¿no? Pues cada decisión que tomemos nos marcará para bien o para mal.

El inicio es evidente, mas no lo que quiere el destino; y así fue, ella estaba ahí, siendo amada por sus seres queridos, sin saber que estaba a punto de comenzar el largo camino de la vida.

En casa pasa su tiempo tejiendo o cocinando, recuerda los bellos momentos del pasado: cada instante, cada pizca de felicidad, mientras toma su primer café del día aun vestida con su bata. Pero ¿qué tanto recuerda? ¿Cómo ha llegado al punto en el que está?

Vamos desde el principio. El 7 de mayo de 1939 nació Domitila Saldaña, en un área rural de Dolega, en la provincia de Chiriquí. Allí pasó su niñez trepándose a los árboles de mangos y naranjas, mientras saboreaba sus frutos en compañía de sus hermanos, a quienes amó y tuvo muy de cerca.

Aunque era de escasos recursos económicos, siempre estuvo interesada por la educación, sus metas formativas eran su prioridad. Esto la impulsó hasta elegir una profesión: quería dedicarse a enseñar hasta el día de su jubilación. Con los años, juntando esfuerzo y disciplina, cumplió su sueño de ser educadora. Laboró en muchos planteles y lugares, siempre con esa chispa de alegría, desempeñándose de forma brillante.

Después de un tiempo fue seleccionada para ocupar un nuevo puesto de trabajo en Puerto Armuelles, donde formó su nuevo hogar. No sospechaba que en aquella zona costera encontraría a su único amor.

Además de su profesión como educadora, Domitila se dedicó a las labores sociales. Su incondicional servicio la llevó por el camino del éxito profesional, no solo por su pasión desmedida, sino también por disfrutar cuando ayudaba a las personas con hambre de aprender. Y mientras gozaba de ese baño de luz que la acercaba jovial y solícita a la gente, supo que su vocación espiritual le haría un nuevo llamado.

Su devoción hizo gala de la belleza del alma de Domitila, pues si algo resalta de esta valiosa mujer es su compromiso con la religión; su amor y su entrega eran las credenciales con las que se ganó el respeto de todos.

A decir de sus compañeros: “Ella brinda un servicio sincero a la comunidad, lo mismo liderando a las mujeres de la Iglesia y recaudando fondos para ayudar a las familias más necesitadas”. Y aunque el tiempo es implacable y se adueña de la lozanía juvenil de todos, poniendo el cuerpo a merced de los achaques de la vejez, Domitila ha tenido que continuar su faena colaborativa de otra manera, pero sigue sin descanso.

Sus amistades, aquellas memorias, los recuerdos de toda su existencia hoy siguen presentes… Observa un hermoso Jesús crucificado que adorna la cabecera de su cama y dice nostálgica: “Cada uno carga su cruz, aceptando el propósito que la vida nos tiene reservado. Hoy puedo cerrar mis ojos tranquila y conforme, pues todo lo que hice, lo volvería a hacer de corazón”.

La vieja Domitila Saldaña tiene consciencia de que está a punto de terminar su tiempo prestado aquí en la Tierra, pero mientras bebe su café, una vecina le pregunta si puede ayudar a entender una tarea de la clase de Español de su muchacho…