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Mirando las fotos que he sacado a cada uno de los rincones donde he estado en Panamá descubrí que durante todos estos años he conocido 84 sitios turísticos del país. Pero en el carrete de mi teléfono uno me deslumbró más que todos los demás: el Fuerte Sherman. 

Este es, literalmente, un paraíso abandonado. 

Está ubicado en la provincia de Colón, aproximadamente a 1 hora con 20 minutos de la ciudad de Panamá. Es la entrada y salida de los barcos hacia el océano Atlántico, por eso está muy ligado al desarrollo del Canal de Panamá.

Fue construido por los Estados Unidos en 1911. Era una base militar y tenía varias funciones, entre ellas, la protección de la vía interoceánica, el entrenamiento de militares norteamericanos y la construcción de casas para que estos soldados pudieran residir.

El área era básicamente una selva, por lo que los estadounidenses se encargaron de derribar los árboles para que se pudiera construir el fuerte, una de las tantas bases militares que instalaron en el istmo. 

En el proceso de edificación, sectores no conformes con esto intentaron defender el lugar. Esto produjo que cuando se terminó, en 1912, aproximadamente diez mil soldados de la Fuerza Armada de los Estados Unidos protegieron este lugar para evitar más disturbios en el futuro. 

Sherman se mantuvo casi como si fuera un secreto hasta la entrega del Canal a los panameños el 31 de diciembre de 1999. Panamá tenía ideas vagas sobre las construcciones que se estaban generando por esos terrenos, ya que el lugar estaba dentro de la llamada zona canalera, de la que Estados Unidos tuvo absoluto control durante casi un siglo.

Desde la entrega del Fuerte Sherman no ha existido prácticamente ningún cambio positivo en el área. Todas las casas están agrietadas, hay restos de balas, sobras de otro tipo de armamento militar y además se encuentra mucha basura por todos lados. Varios inversionistas han querido intervenir en el lugar, pero ven que no es accesible puesto que la zona se ubica a una hora de la ciudad más cercana y la carretera está deteriorada.

En lo personal, siento que el sitio ha sido muy desaprovechado, considerando que podría ser una zona turística muy atractiva porque cuenta con hermosas costas de agua cristalina y una marea tranquila, algo poco común en las playas cercanas a la capital del país. Tiene un hotel, algunos restaurantes y una marina para naves de diversos calados.

Una de las muchas ideas para aprovechar la zona sería construir alojamientos para los turistas y locales que en sus vacaciones decidan alquilar, o quizás hasta comprar una casa de playa y ver los barcos ingresar al Canal de Panamá, lo que sería una experiencia única en la vida.

Un ejemplo de aprovechamiento de los recursos puede ser lo que se ha hecho con el Fuerte Amador (otra antigua base militar estadounidense), que actualmente es uno de los lugares turísticos más bonitos que tiene la ciudad de Panamá, ya que cuenta con zonas de pesca, restaurantes, zonas para ubicar yates, así como hoteles, entre otros atractivos. Lo realmente importante de sitios como estos son los increíbles momentos que pueden brindar al visitante nacional o extranjero.

—Desde que encuentres señales de dominio y sientas que algo no está bien, debes salir de la relación—, le dije una vez a varios amigos y amigas.

No es un consejo en vano, y menos para las mujeres. En Panamá, los ataques sexuales contra el género femenino crecieron en los últimos tiempos en un 40% y más de 250 murieron por la violencia solo en el 2021. 

Andrea pudo haber sido una de ellas. Hace veinticinco años se enamoró de un hombre que se mostraba atento. El indicado, solía pensar. 

Esa percepción duró poco, hasta el momento en el que empezaron a vivir juntos. Tras unos meses conviviendo, la relación comenzó a desmoronarse: él se enojaba si llegaba a la casa y no estaba lista la comida. Esto era claramente violencia emocional. 

Andrea trataba de complacer a su pareja siempre, aunque algunas veces, tras volver borracho al hogar, él llegó a pegarle. Poco después dejó de dar dinero para la comida porque lo gastaba en alcohol y ella pasó páramos para poder alimentarse. Como consecuencia del maltrato físico, perdió a su primer hijo; sin embargo, logró salir de allí. 

El machismo ha estado vigente durante décadas en nuestros países, ha incluido maltrato físico, y hasta hace pocos lustros la mujer no podía entablar lucha alguna que le diera el derecho sobre su cuerpo y sus decisiones, porque era considerada rebelde por la sociedad patriarcal. Las mujeres como Andrea debían callar y someterse a la voluntad de sus violentos esposos.

En Panamá domina el machismo, a la mujer se le inculca que solo ella debe cocinar y hacer los oficios del hogar, y a pesar de que la situación parece estar cambiando de a poco con las nuevas generaciones, siguen vigentes ideas como “no puedes hacerlo porque eres mujer” o “esas cosas son de hombres”, que han limitado la vida de las féminas. Hay que educar para que esto cambie. Que los niños vean que todos tenemos los mismos derechos y deberes, para que casos como los de Andrea, y las miles de mujeres que sufren por la violencia machista, no se vuelva a repetir.

La historia que contaré es la de un pueblo originario de Panamá que se levantó para luchar por sus derechos, que derramó sangre en esa acción y no se rindió hasta lograr poner en alto su cultura e identidad casi un siglo atrás. 

Son los gunas. 

Esta es una de las etnias más antiguas y relevantes de Panamá, probablemente son el pueblo minoritario más característico del país. A pesar de esto, hemos visto cómo la rápida supuesta modernización ha provocado el desplazamiento de su cultura, y la ha vuelto menos relevante, teniendo a los gunas como personas mayormente juzgadas por sus vestimentas y menospreciadas por el hecho de conservar sus tradiciones e idioma, ante un Estado que los invisibiliza.

Nos remontamos a febrero de 1925 con la Revolución Guna, un acontecimiento causado por la ignorancia del Estado panameño, que buscaba la “modernización” de los pueblos ancestrales, arrebatándoles sus derechos e identidad mediante la violencia, lo que solo demostró el desprecio que se les tenía.

Aquella revolución empezó cuando los gunas decidieron iniciar un proceso de independización, ya que estaban cansados de los constantes abusos que recibían por parte del gobierno panameño, al punto de llegar a sentirse ajenos en su propia tierra. Debían soportar las continuas profanaciones de tumbas porque en ellas había oro y otros objetos valiosos. Otro motivo de ofensa eran las forzadas reglas por parte del Estado que les exigían cambiar sus costumbres y sus tradiciones, la prohibición de sus congregaciones y las reiteradas restricciones sobre su idioma. 

Todo esto incentivó a este pueblo a reclutar a sus mejores cazadores, médicos y guerreros en todas las islas de la comarca con el fin de prepararse para una batalla.

Entre esas islas figuran Uggubseni y Dubbile, que resaltan por ser puntos de congregación en donde los revolucionarios planearon ataques a las fuerzas policiales de Panamá, provocando que la lucha entre estos dos bandos sólo siguiera en aumento. 

De forma sigilosa y siempre alerta, los gunas fueron rodeando las distintas islas esperando el momento idóneo para atacar y retomar su territorio. Y lo lograron, aunque en el camino hubo caídos y heridos que con su sangre demostraron hasta dónde podía llegar un pueblo para defenderse. 

La revolución guna obligó al gobierno panameño a cambiar y demostró cómo aquel pueblo y el resto de las comunidades indígenas tienen los mismos derechos y la misma importancia que cualquier otro ciudadano de este país.

Era 8 de abril del 2007. Mis padres, María y Andrés, estuvieron ansiosos durante las cinco horas del vuelo. Mi mamá, con apenas veintiséis años, estaba nerviosa porque era su primer viaje largo embarazada de mí. Partieron desde Holanda y tan pronto salieron del aeropuerto sintieron la frescura de las madrugadas de Egipto. 

La cara de mi mamá se ilumina al contarme sobre su viaje inolvidable. Ella dice que siempre recordará lo increíble que fue ver las pirámides e imaginar cómo debieron ser hace miles de años, recién construidas. 

Los primeros cuatro días, mis padres estuvieron en El Cairo. 

 —Nos teníamos que levantar a las 4:00 a. m. para estar en las pirámides a las 5:00 a. m. y comenzar el recorrido por las pirámides —recuerda mi madre—. Al mediodía ya teníamos que regresar, por lo caluroso que es Egipto.

Aunque mi mamá no entró a los monumentos funerarios porque es claustrofóbica, dice que disfrutó mucho caminar afuera del complejo y ver los camellos alrededor.

 —Yo sí me metí a las pirámides, eran muy apretados los túneles y resultaba difícil respirar por el calor y el polvo —interviene mi padre—. Pero todo vale la pena para ver lo asombroso de su construcción y las paredes talladas con jeroglíficos.  

Mis padres coinciden en que su parte favorita del viaje fue el Museo de El Cairo, tan grande e impresionante que tuvieron que recorrerlo en dos días. Mi mamá afirma que su pieza favorita es la máscara de oro de Tutankamón, esta tiene una cobra y un buitre que representan el reino del faraón en el Alto y el Bajo Egipto. 

Un dato curioso que recuerdan mis padres es que un día los agarró una tormenta de arena dentro del taxi. Al parecer, esto es usual allá, por lo que los conductores se estacionan a un lado de la vía y los dependientes de las tiendas tratan de cerrar lo más rápido que pueden; aunque el fenómeno no demora mucho, todo queda cubierto por una fina capa de arena y la gente regresa a la normalidad.

El cuarto día, en la noche, tomaron el tren que los llevaría hacia la ciudad de Luxor. Del quinto al séptimo día fueron a los templos de Luxor y de Karnak, este último es el más grande en Egipto, con ochenta hectáreas e inmensas columnas; también visitaron el Valle de los Reyes. 

En la tarde del día siete hicieron una travesía por el río Nilo, el más largo del mundo. Se suponía que iban a ir en un bote falúa (velero pequeño), pero para evitar que mi mamá embarazada se intoxicara en medio del desierto, decidieron ir en un crucero. Recuerdan que pequeños botes se pegaban a los barcos de turistas para venderles mercancía, lanzaban los productos y desde arriba los compradores tiraban el dinero. 

La visita a una comunidad de beduinos (árabes nómadas del desierto) fue otra experiencia. Las casas no poseen techos por lo poco que llueve, la comida es riquísima e incluye hasta lagartos, comen en el piso y comparten sus tradiciones. Algo curioso es que no creen en los bancos y afirman que el oro no se devalúa como las monedas, por lo que compran joyas de oro que utilizan las mujeres, y cuando estas quieren dinero se quitan una prenda y la venden. ¡Aprendizaje de nuestros amigos beduinos!

En los últimos días del viaje fueron al Templo Mayor de Abu Simbel, subieron a Alejandría donde vieron la histórica biblioteca quemada hace siglos y finalmente volvieron a El Cairo. 

Casi quince años después mis padres me siguen hablando sobre su viaje a Egipto y rememoran qué tan increíble fue que yo los acompañara en la barriga de mi mamá durante esos doce días y por siete meses más. Actualmente están planeando repetir la experiencia, esta vez desde Panamá, en familia y con dos hermanas más, para crear más memorias.

La Negrita es un sector silencioso escondido entre las montañas de la provincia de Coclé, que añora la intensidad de otras épocas. El 21 de febrero de 2021 fui con unos vecinos de esta comunidad, quienes en el recorrido me explicaron el por qué: desde allí, por sus caminos estrechos de piedra, el comandante Victoriano Lorenzo libró algunas de sus batallas durante la Guerra de los Mil Días. El valiente guerrero deseaba justicia, equidad y paz para los pueblos originarios, así como poner fin a la opresión del gobierno centralista de Colombia sobre Panamá. 

Durante la travesía, el guía contaba que en 1901 el cuartel general de Lorenzo se encontraba en El Pajonal de Penonomé. Mencionó que el comandante le pidió la casa a una vecina de La Negrita, donde se había alojado antes, para establecer el centro de sus operaciones, dada su favorable posición estratégica. Desde allí sus tropas podían ver los movimientos de los conservadores desde el Cerro El Vigía, pues la geografía hacía fácil observar quién se acercaba. En el sitio también habían establecido sus trincheras para defender su posición ante sus adversarios.

Este aguerrido combatiente indígena panameño se mantuvo alzado en armas desde octubre del año 1900 hasta noviembre de 1902. Primero como guardián de armas para los liberales y luego como precursor de la igualdad para su pueblo. 

El diario “The Panamá Star”, en su suplemento “Panamá en el Siglo XX”, del 30 de abril de 1909, se refiere a Lorenzo como “un general revolucionario que además de luchar en la guerra de los Mil Días, se enfrentó a los conservadores que sometían al abandono las comunidades indígenas de la Cordillera Central”. 

Entre las estrategias aplicadas por Victoriano Lorenzo estaba crear caminos a través de su cuartel en La Negrita, que le permitían trasladarse sin ser visto por sus enemigos a las distintas zonas de Coclé e incluso llegar hasta la provincia de Panamá. Hoy, más de cien años después, he caminado con los guías por esas mismas rutas.

La fuerza de Victoriano radicó en que conocía perfectamente las montañas de Coclé y era un líder innato, lo que le permitió armar un ejército formado por desposeídos, a quienes enseñó tácticas guerrilleras con las que dominaron al ejército conservador. Estas estrategias consistían en atacar y huir ante la reacción del oponente. Esta sutileza le hizo ganar el título de primer guerrillero de Latinoamérica.

Los efectos de la lucha de este caudillo fueron tales, que aun después de finalizado el enfrentamiento armado y firmado el acuerdo de paz entre las partes en conflicto, lo fusilaron de manera injusta. “El bravo y valiente panameño fue asesinado el 15 de mayo de 1903, antes de entregar su palabra a los intereses políticos de la época”, retrataron los periódicos el día de la muerte de este caudillo del país, pero sobre todo figura emblemática de La Negrita.

La hermosa y soleada tarde del 30 de mayo de 2016, a eso de las 3:45 p.m., sonó el teléfono. Esa llamada impactaría a la familia Pérez.

Lilibeth, una jovencita de 14 años contestó. La persona al otro lado del teléfono era su tía Eleida, una mujer amable y cariñosa, de 30 años, quien tenía una noticia triste.

Eleida contaba conmovida que Gregorio, bisabuelo de Lilibeth, había tenido un accidente con su motocicleta por el sector de Altos de Trinidad, en Capira, provincia de Panamá Oeste. Había ido donde un amigo a buscar un puerquito. Luego de una extensa charla, Gregorio ya iba de regreso a su casa y cuando estaba subiendo una peligrosa loma, llena de piedras, su moto patinó, provocando que perdiera el control y se cayera junto al puerquito. Lastimosamente las dos ruedas de la moto les cayeron encima.

Un grupo de personas que pasaba por el sitio los auxilió. Al puerquito no le pasó nada, pero el abuelo Gregorio sí quedó bastante golpeado.

Al ver que sus heridas eran graves, Bonifacia, esposa de Gregorio y bisabuela de Lilibeth, decidió que debían llevarlo al hospital y así lo hicieron.

Al conocer sobre el accidente de su bisabuelo, Lilibeth quedó muy preocupada. Ella rogaba a Dios para que no le pasara nada malo. Tres días después del accidente, Gregorio estaba bien y Lilibeth tenía ganas de ir a Capira a verlo, pero en esos días no pudo, pues no había quien la llevara, y Capira estaba lejos de su casa. No obstante, se sintió feliz de que su bisabuelo se había recuperado.

Pasaron algunos años desde aquel accidente, Lilibeth y su familia se habían mudado a Las Mañanitas, lugar que la chica estaba empezando a disfrutar. Otras vez sonó el teléfono con malas noticias, como aquel accidente del bisabuelo con la moto. En esa ocasión contestó la mamá de Lilibeth. 

La llamada fue hecha por Cristina, tía de Lilibeth, quien no tenía buenas nuevas: casi tres meses antes, el 30 de marzo del 2020, Gregorio había muerto de un ataque al corazón. La familia lamentó que no les compartieran la información tan pronto ocurrió el suceso. 

El tiempo siguió su curso. El 15 de mayo de 2022, Lilibeth y su familia por fin pudieron ir a Cerro Trinidad para visitar la tumba del recordado y amado Gregorio Pérez. Cambiaron las flores viejas, limpiaron la tumba y sus alrededores. La tristeza era contagiosa, todos lloraron y lamentaron la partida de Gregorio.

A pesar de extrañarlo, Lilibeth sabe que ahora él descansa. “Te prometo que nadie más tomará tu lugar de padre, de abuelo y de bisabuelo, porque aunque has muerto, seguirás vivo en mi corazón”, se dijo a sí misma conmovida.

Hace unos meses fui con mi mamá, la abuela y los hermanos al Centro de Visitantes de Miraflores del Canal de Panamá. En el camino estaba emocionado porque quería saber más acerca de la construcción de la llamada octava maravilla de la ingeniería mundial, admirar su majestuosidad y tomar fotos. Recuerdo que la vista era increíble, la brisa era tan fuerte que casi se me pierde el panfleto que llevaba en la mano. Podía ver cómo pasaban los barcos y cómo las esclusas los elevaban y bajaban como si fueran juguetes.

Después de admirar el paisaje le pregunté a mi abuela sobre los que construyeron el Canal de Panamá, ya que su madre era una inmigrante proveniente de Barbados, lugar del que salieron miles de personas para trabajar en esta obra.

Me contó que el nombre de mi bisabuela era Miss Rose, quien junto a su familia se las arreglaban para sobrevivir en su lugar de origen, ya que eran muy pobres. En 1904 se les invitó a residentes de las Antillas (Jamaica, Barbados, Martinica, entre otros) a laborar en este proyecto, así que ella decidió venirse para acá. Estando en Panamá conoció a Henry, al que luego sería su esposo.

Ese mismo año arrancaron esta proeza del ingenio humano.

Mi abuela me contó varias anécdotas que no sabía acerca del Canal de Panamá. Por ejemplo, el hecho de que su construcción permitió que nuestro país saliera de una crisis económica y que la primera embarcación que pasó por allí se llamó el SS Ancón. Pero el dato que más llamó mi atención fue de dónde surgió la idea de construir una ruta que pudiera unir al Mar Caribe con el océano Pacífico.

Ella me dijo que todo inició con el descubrimiento del mar del Sur para los europeos a cargo de Vasco Núñez de Balboa, hecho ocurrido en 1513. Allí surgieron ideas para unir los mares. Esto llegó a oídos de la Corona Española que, sin dudarlo, ordenó a todos sus exploradores buscar rutas que facilitaran esa vía de transporte.

Muchos años más tarde, con esos mismos fines, en 1880, el francés Ferdinand de Lesseps fue enviado por la Sociedad Geográfica de París a explorar rutas centroamericanas y fue cuando decidió que Panamá era el lugar perfecto para construir una vía interoceánica. Luego comenzó la creación del Canal francés.

Todo iba relativamente bien, hasta que los problemas se hicieron evidentes: el terreno en el que trabajaban era muy propenso a derrumbes y a las inundaciones, surgieron enfermedades como la malaria y la fiebre amarilla que acabaron con la vida de más de veintisiete mil trabajadores, entre otras adversidades. Todos estos inconvenientes ocasionaron que los franceses abandonaran el proyecto, y que posteriormente las riendas las tomara Estados Unidos, que fue cuando mi bisabuela desembarcó aquí, la tierra que hoy llamo “mi país”.

Gracias a que inmigrantes de muchas latitudes colaboraron primero en la construcción del ferrocarril transístmico y luego en el Canal de Panamá convirtieron a este istmo en verdadero crisol de razas. Y mi bisabuela Rose es parte de eso.

Para muchos la cuarentena durante el inicio de la pandemia por covid-19 fue muy estresante; en cambio, a mí me pareció una época interesante, divertida y terrorífica. 

Aunque extrañaba el colegio, a mis amigos y a mis profesores, tuve la oportunidad de pasar el confinamiento con mi familia en el interior del país, en la provincia de Veraguas. Fue entretenido porque aprovechamos el tiempo libre para desempolvar algunas historias. Cada cuento era mejor y más aterrador. 

Un día decidimos ir donde mi abuelo a Pedernal, frente al cruce de Ocú. En esa ocasión, íbamos entrando al área cañera por el ingenio de Santa Rosa. Aún no cortaban las cañas, pero la zafra estaba próxima. Eran las ocho de la noche y escuchamos un llanto, se oía cerca del río Santa María. Sentí que el corazón se me puso chiquito del susto. Cuando llegamos a donde mi abuelo, él me dijo que era normal, que se trataba de la llorona buscando a sus hijos. 

El comentario fue apropiado para que el abuelo recordara algunas historias de su pasado.

—Cuando era joven llegaban entre los cañales mujeres muy hermosas, mientras yo pescaba los chogorros —rememoró.

—¡Ave María Purísima! —exclamé yo.  

Por suerte mi abuelo era joven cuando ocurrió esto. Pienso que hoy no debe pasar nada porque hay mucha iluminación. 

Narró que, en el año 1945, cuando mis bisabuelos se estaban conociendo, se fueron para un baile. Era en un pueblo algo distante, y después de ciertas horas ya no había transporte ni luz. Estaban bailando mientras el artista salomaba y tocaba el acordeón. Justo a la medianoche llegó un señor muy refinado, vestido de forma elegante. Todos lo miraban y las jóvenes se morían por bailar con él. Una de las muchachas, llamada  Juana, sacó a bailar al caballero, quien aceptó la invitación. Danzaron mucho, hasta que este personaje le dijo había perdido una moneda y le pidió ayuda para buscarla. Juntos trataron de encontrarla, fue en ese momento que Juana le vio patas de vaca al señor, y gritó. 

Está de más decir que el baile se acabó y todos salieron corriendo por las oscuras y desoladas calles.

¡Santo cielo! Menos mal que vivimos en el 2022. Solo les puedo apostar que, si esto llega a pasar hoy, todos le toman foto y lo suben a Tik Tok. 

Siguiendo con las historias de miedo, la tía Cándida contó sobre un día que iba por la vía Interamericana. Hace cuarenta y ocho años había pocos autos en las calles, la movilización se hacía especialmente a caballo y en bicicleta. Mi tía tenía un auto porque se lo había regalado su esposo, uno de los muchos gringos que había en Panamá en esa época, por las bases militares. Era de noche y ella venía de la universidad cuando sintió que algo se le subió en la capota, en la parte trasera. Dijo que vio una larga cabellera negra, mas no a la persona, y no entendía cómo podía alguien trepar un auto andando a 80 kilómetros por hora.  

—¡La sangre de Cristo! —dijo—. Acompáñame hasta que llegue bien. 

Más adelante encontró una capilla con una cruz, a la cual arribó sin habla y temblorosa. 

Hay infinidades de historias, cuentos y leyendas, que hacen parte de la cultura y tradición oral en nuestros pueblos del interior. No sé ustedes, pero con cada fragmento se me erizaba la piel.

Mi mamá solía contarme cómo ella y todo su entorno vivieron la invasión de Estados Unidos a Panamá en diciembre de 1989 y todo lo que tuvieron que hacer para superar aquel trauma nacional. Decía que todo lo hermoso se volvió horrible: las olas de destrucción y miseria para el pueblo panameño se llevaban todo a su paso, las nubes eran siempre grises y solo las llegaban a acompañar los tonos rojizos que dejaban las explosiones y estallidos por todos lados. 

La Invasión arrasó hasta con lo menos imaginado: los árboles. 

Cuando arrancó el suceso de sangre, mi abuela empacó su ropa, la de mi mamá y la de mis tíos en una bolsa, mientras pensaba dónde esconderse. Por suerte unos vecinos tenían un refugio y se lo ofrecieron. Mientras ella cuadraba todo, mi abuelo no hacía más que tomarse una botella de licor: para él —decía mi mamá— la hora de la muerte ya era obvia. 

La siguiente escena que me cuenta mi mamá es la de ella y sus hermanos saqueando los supermercados de la zona porque no tenían qué comer. Así consiguieron pasar los últimos días de la operación militar extranjera.

Este suceso arrasó con las denominadas Fuerzas de Defensas, con familias enteras y destruyó el barrio de El Chorrillo, donde se encontraba el Cuartel Central. Estados Unidos buscaba de manera desesperada al entonces general Manuel Antonio Noriega.

Noriega se refugia en la Nunciatura en diciembre. El 3 de enero de 1990, el dictador militar se entrega a las tropas norteamericanas. Desde entonces las cosas cambiaron mucho: un año después los jóvenes intentaban lidiar con un país herido, aferrándose a todo lo que pudieran: música, bailes, activismo. Al grupo de amigos de mi mamá llegó la noticia de una marcha anti tala. “Mientras más, mejor”, les decían. Y se fueron a protestar y a plantar árboles perdidos durante la Invasión. Era la idea de una vida sencilla, entre ritmos, danzas y un buen propósito.

Dice mi mamá que luego de una larga caminata, todos los chicos se reunieron en las faldas del cerro Ancón para sembrar las ramitas que hoy son árboles gigantescos. En el fervor de la ocasión se les olvidaron sus pesares y dolores, y ahí lo entendieron todo: el mundo puede seguir sin nosotros, pero no al revés; y que por más que atentemos contra la naturaleza con acciones violentas como las invasiones, ella siempre encontrará una forma de resurgir.

La humanidad tiene el poder de dañar el planeta Tierra y también de arreglarlo.

El sol aún no salía. Era tan temprano que todavía sentía el frío acogedor de la noche, cuando oí la voz de mi tía pidiéndome despertar. Ya era hora. 

Pasaron unos segundos hasta que me di cuenta que ese era el día en el que emprendería mi tan esperado viaje. Iría por primera vez a la provincia de Los Santos. Entusiasmada arreglé mis cosas y me di una ducha fría. Todo fue tan rápido que casi olvidaba desayunar. Sería un trayecto largo antes de llegar a mi destino: un sitio hermoso con una cascada pequeña y abundante vegetación.

Ya en el carro, mientras miraba por la ventana, escuché a mi familia contar cómo en ese lugar una mujer se había tirado hace muchos años y se decía que su espíritu todavía era visible. Los vecinos contaban cómo la mujer, llena de tristeza, se lanzó al agua del Río Perales luego de descubrir que su amado se había enamorado de otra. 

Pensar que podría llegar a ver un fantasma era increíble. Estaba tan maravillada que la excursión se me hizo mucho más larga.

Después de un tiempo, llegamos al hotel donde nos hospedaríamos. Estaba un poco desanimada por no haber llegado inmediatamente al lugar, pero miré por todas partes con curiosidad y deduje que no era tan malo hacer una parada ahí. Ese sitio me recordaba a las típicas casas de abuelos, olía a tienda de artesanías y a sombreros.

Ya de camino al Salto del Pilón viajamos en auto algunos minutos que se me hicieron eternos. Luego tuvimos que transitar entre el bosque y subir la montaña. Era algo nuevo para mí, así que agarré fuertemente la mano de mi tía y avance con cuidado. El camino era tan lodoso que se sentía como si me fuera a tragar, todo estaba rodeado de árboles gigantes que me veían pasar silenciosamente mientras susurraban entre sí. Era como estar dentro de una aventura de película y yo era la protagonista.

Por el camino me encontré con varios animales, iguanas verdes que casi no se veían, aves hermosas y pequeños insectos coloridos. Las mariposas rojas y negras me impactaron, pero creía que por sus llamativos colores eran venenosas así que traté de no acercarme a ellas. Ya estaba cansada, pero justo cuando miré hacia adelante estaba ahí una pequeña cascada y un río: era finalmente el área del que tanto hablaba mi familia.

Miré rápidamente a la parte de arriba del Salto del Pilón, donde se supone iba estar el espíritu de la mujer justo antes de saltar, pero no vi nada, estaba tan confundida. 

“¿Acaso ese no era el salto?, ¿dónde estaba lo que tanto quería ver?”, le pregunté a mi tía. 

—Eso era tan solo un mito—, dijo ella entre risas antes de seguir andando. 

Esa frase resonó en mi cabeza hasta el final del viaje hasta que lo acepté. Es cierto: por más que desee que las cosas sean diferentes, un mito siempre será un mito, y eso no me puede decepcionar.