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Al realizar un análisis de las proezas que han realizado las mujeres, que con afán sobresalen y ponen en alto la cultura y el nombre de un municipio, es imprescindible mencionar a la maestra Luz Amparo Mansilla. Una mujer que con entusiasmo valora cada momento de su vida y parte de su existencia la dedica a su comunidad, en la cual hace que cada ciudadano se sienta orgulloso de sí mismo.

Ha tenido una excelente preparación académica, que le ha sido de mucha utilidad en el desenvolvimiento social y en el quehacer cotidiano. Aparte de ser maestra de Educación Primaria, ha llevado a cabo estudios de profesorado de Segunda Enseñanza en Pedagogía y Ciencias de la Educación. Posee  conocimientos en temas relacionados con la administración educativa, la adecuación curricular, el uso de libros de texto y educación ambiental. Además, ha tenido participación en los ámbitos de la productividad y el desarrollo, aplicando sus conocimientos de cocina, panadería y repostería. Ha sido una ayuda importante en el emprendimiento de muchas personas, gracias a su aporte a la microempresa.

Las labores de la docente Luz Amparo han quedado plasmadas en la historia de diversas instituciones educativas, en entidades sociales y de servicio; por eso y más, creo que es justo hacer mención de algunas de sus muchas contribuciones. Ha cumplido con las funciones de oficial de Secretaría en la Municipalidad de Ciudad Vieja, Sacatepéquez y prodigado conocimientos como maestra de Educación Primaria en la Escuela Oficial Urbana de Varones Fray Matías de Paz, ubicada en la misma ciudad. También ha enseñado en la Escuela Nacional de Niñas Pedro de Bethancourt, de Antigua Guatemala. Además, su preparación y entrega la han llevado a trabajar por la niñez y la juventud como maestra del curso de Español y Estudios Sociales en el Instituto de Educación Básica por Cooperativa de Enseñanza de Alotenango.

Luz Amparo Mansilla es un personaje distinguido con muchos reconocimientos: un diploma de honor al mérito como integrante de la Comisión de Cultura Magisterial a nivel de Sacatepéquez, mención honorífica como maestra distinguida en actividades magisteriales y diploma de participación III de la fase de entrenamiento a maestros en Monjas Jalapa. También, diploma de honor al mérito por segundo lugar como maestra distinguida, así como un reconocimiento de la Universidad de San Carlos de Guatemala por su colaboración y asesoría a los alumnos.

Es importante mencionar las labores de la prestigiosa profesora en relación con su proyección social como miembro fundador del Instituto de Educación Básica por Cooperativa de Enseñanza de Alotenango. Forma parte del grupo de jóvenes que construyeron la primera cancha municipal de baloncesto en la plaza central del municipio de San Juan Alotenango. Cabe resaltar también su efectiva participación en comisiones de cultura y fiestas patronales.

Así mismo, contribuyó en actividades humanitarias durante la tormenta tropical Ágata, ocurrida en el 2010, que afectó a Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y México.

La pedagoga Luz Amparo Mansilla lucha día a día, es una mujer segura que va con firmeza por la vida, con fuerza y dignidad, demostrando todas sus capacidades.

Minda creció bajo un cálido sol y una refrescante brisa que recorría las hermosas praderas como si le sonrieran a una vida llena de flores blancas y negras. Con todo su futuro por delante, la lista joven quedó embarazada. Al enterarse, su madre la alejó de la casa y ella tuvo que arreglárselas sola.

En el ínterin conoció a una pareja de buhoneros que viajaba y vendía finas y coloridas telas. Minda, con el afán de proteger a su hijo y salir adelante, lo dejó al cuidado de sus hermanos mientras ella emprendía un viaje junto a dichos vendedores para aprender sobre el negocio; el objetivo era adquirir experiencia y emprender el suyo más adelante.

La joven siempre decía que la dedicación y la honestidad eran los valores que la llevarían a ser «alguien». Tan provechosa fue la experiencia, que obtuvo lo suficiente para pagar la educación de su hijo. Sin saber leer ni escribir, logró generar suficientes ganancias económicas y, sobre todo, fama.   

Era la amiga del pueblo, iba de un lado a otro. Ella no conocía la serenidad. Siempre cuestionó las reglas y era curiosa. Un día vendiendo y al siguiente día manifestando su opinión. En fin, quién la entendía. En la época del presidente y militar Jacobo Arbenz (entre 1951 y 1954) salía a manifestar y apoyar al pueblo que pedía mejores condiciones de vida.

Minda pensaba más allá del cuadro que se le presentaba. Tener esa visión era su más grande virtud. Sin embargo, tanta fue su aventura que terminó por aburrirse; así fue, no hay otra explicación. Quería dedicarse a algo diferente; no sabía leer, pero conocía el valor del dinero y decidió empezar una abarrotería y, nuevamente, generó mucho dinero.

No podía estar quieta, en sus venas corría la astucia. Frente a la abarrotería había una gasolinera donde los viajantes y camioneros llegaban. Aprovechó esto y se decidió a venderles café y pan; sus clientes estaban felices. Claro, ya no era Minda, a secas; ahora era doña Minda. Siempre encontraba la manera de sacarle ventaja a las situaciones que se le presentaban. Los campesinos decían que era impredecible: “¿Qué hará ahora?” 

De nuevo, Doña Mina se aburrió y quiso emprender algo más, pero sabía que tenía que dedicarse a completar la educación de su hijo, por ello tuvo que sacrificar varias opciones que pensó. Envió a estudiar a su hijo a Jalapa, a un internado en Antigua Guatemala. Su más grande y anhelado sueño era ver a su hijo en lo más alto, ser un profesional, y para ello tuvo que sobrellevar sacrificios en el camino. Finalmente, su anhelo se cumplió y su retoño marcó el principio de una nueva generación.

Empezó sabiendo nada y terminó sabiéndolo todo. Se atrevió a mucho, arriesgó demasiado, y el que arriesga, gana. Fue una dama de acertadas decisiones.

Los secretos de una inspiradora y admirable mujer, quien subió las escaleras hacia el paraíso luego de vivir 82 aventuras en los diferentes senderos de montañas azarosas, las cuales también estaban llenas de flores…

¿Existirán directrices que determinen qué es una verdadera mujer? Y si así fuera, ¿serían lo suficientemente exactas como para poder medir el alcance de esa definición? En ocasiones se toma en cuenta la independencia, el poder y la autoridad femenina en su día a día. Por ejemplo, se indica que una mujer debe ser independiente a nivel económico y no tiene que pedirle permiso a nadie. ¿Eso es todo?

Desde pequeña he vivido rodeada de damas de todas las edades, con diferente calidad de vida, educación y aspiraciones, aunque todas comparten una misma característica: su autenticidad. Para determinar a una verdadera mujer, he decidido medirla por su razonamiento, valores, habilidades, tenacidad y, lo más importante, su aporte al desarrollo de la sociedad.

Cada fémina lleva consigo una historia lo suficientemente impactante como para perdurar con los años; aún cuando esa persona ha muerto, su legado nunca lo hace. Así es el caso de Ana de León Reyes.

Ana nació el 7 de julio de 1940, en Cerro Morado, Panamá; ahí vivió hasta el día que contrajo nupcias. Provenía de una familia numerosa, compuesta por sus padres y siete hermanos. Se casó a los quince años con Octavio Castillo, quien en ese momento había cumplido veintiuno. Su matrimonio dio como fruto una familia de siete hijos y quince nietos.

Después de su matrimonio, Ana se mudó a El Naranjal de Aguadulce, en la provincia de Coclé, donde formó su familia. Dio a luz a su primer hijo, Elías Castillo. Desde ese momento empezó una nueva lucha para Ana.

Elías, también conocido como Poli, nació con síndrome de Down. En esa época era una condición bastante desconocida y con poca esperanza de vida. Ana se encontraba desesperada por encontrar una solución a esta situación. Ella se esforzaría para que su hijo viviera más de lo que la medicina y la ciencia estipulaban.

Su determinación la llevó a inventar estrategias para hacer que su hijo caminara, hablara y se desarrollara como un ser independiente. Los métodos que implementó fueron: atarle las piernas con sábanas para que se unieran y pudiera caminar con más normalidad; seleccionar un grupo de palabras con las que Poli lograra comunicarse con el resto de la familia y que lo entendieran. Poli logró alcanzar los 62 años, una sorpresa para todos, en especial los médicos.

Este no fue el único reto que Ana afrontó: su séptima hija, Dita, nació con paladar hendido. Discapacidad que le dificultaba la comunicación y la ingesta de alimentos. Fueron días en que Ana, desesperada, buscaba una solución al constante llanto de su hija por el hambre, ya que no podía comer. Ante tan agobiante escenario, Ana desarrolló un biberón con una tetina lo suficientemente larga para pasar el cielo de la boca y que los alimentos llegaran directamente a la garganta.

Sin lugar a dudas, Ana fue determinada, valiente, persistente, positiva e innovadora. Capaz de razonar y resolver sus problemas; usando sus habilidades logró sacar adelante a sus hijos y a su hogar. Rompió el estigma de que las mujeres tenemos que ser dependientes de un hombre y demostró que una verdadera fémina es perseverante, esforzada por lo que quiere y, lo más importante, auténtica. Ana, sin miedo alguno, desafió a la ciencia y a la medicina; luchó por sus hijos y aún con pocos recursos económicos los formó como seres prósperos en todos los aspectos. Ella es una verdadera mujer, ¿lo eres tú?

Déjame contarte una historia corta, pero grandiosa de una mujer que ha observado al mundo como un reto más. Su llegada fue una sorpresa, pues su padre, un personaje de carácter fuerte con un par de hijos más, no la recibió como se esperaba.

Esta pequeña entró al mundo de los abuelos García cuando tenía un año y medio. Todos sentían emoción al ver a esa tierna nena tan rubia como el girasol y resplandeciente como un rayo de sol que se ganaría el corazón del señor don Augusto. Este, junto a su esposa, doña Güicha, fue el encargado de acogerla hasta los amaneceres de sus 25 vueltas al sol.

La niña era tan dulce como flor resplandeciente en el verano. Su abuelo, Papá Augusto, sería quien se convertiría en su adoración; era el que más la consentía y amaba. ¿Qué se podía hacer si ese cariño era incondicional?

Esta pequeña se estableció en la vida de todos aquellos que habitaban ese hogar: su tía, doña Marina, la mayor de cuatro hermanos, hermana de su papá; y un par de tíos, que dejaban mucho que desear… Doña Marina y su hija Erica, mi mamá, se convertirían en sus figuras maternas con doña Güicha, quien para Paula siempre sería un ejemplo claro de fortaleza y trabajo duro, porque era el pilar de la gran familia.

Paula era inocente y lamentablemente algunos de sus parientes le solían desear el mal. Muchos la envidiaban por el fuerte amor que su abuelo sentía por ella; claro, existía en muchos el interés por el bolsillo del señor… Su padre nunca fue un apoyo, ya que la familia de él siempre se encargó de dejarla por fuera, lo obligaban a estar lejos de ella.

Así pasaron los años, con altibajos. La niña no buscaba regalos ni dinero, solo guardaba amor. Papá Augusto la adoraba, le encantaba pasar tiempo con ella y le brindaba dulces y presentes. Para él era su Paulita, su Paly… Sus figuras maternas se encariñaron de la misma manera, y ella las llamaba sus madres.

Mi mamá solía llevarla a donde fuera necesario; todos creían que era suya. Más tarde se les unió otra figura paterna, Daniel, el esposo de Erica, mi papá. Después llegó Belén, la hija de la pareja, mi hermana. Paly y Belén crecieron y compartieron juntas como hermanas.

Lamentablemente, ocurrió uno de los hechos más difíciles para la pequeña y muchos de los García: Papá Augusto falleció. A todos les dolió, pero más a aquella niña de diez años quien vio partir a la persona que caminaba a su lado cuando los demás la intentaban herir, quien la alejaba de las malas influencias y la amaba como nadie.

¡Qué de sucesos los que se le comenzaron a presentar desde aquel día!… Pasaron los meses y nací yo, mi mamá dejó de vivir con mis abuelitas; la pequeña se quedó con ellas y con mi tío.

Paly creció y en su adolescencia hubo momentos atroces llenos de murmuraciones de los adultos. Cuando mamá debía irse que Belén y yo nos quedamos con nuestras abuelitas y nuestra hermana Paly, yo podía escuchar todo lo que se hablaba, pero no comprendía lo que ella sufría. Paly hablaba de los problemas como si no fueran importantes, pero la lastimaban. ¡Sí que me duele no haber hecho nada!

A pesar de todo, Paly logró graduarse en el Colegio Boston entre sudor, lágrimas y dolor. Decidió estudiar Psicología en la Universidad Rafael Landívar, en su sede de Antigua Guatemala. Así fue como Paula María García Gonzales se convirtió en licenciada en Psicología Clínica a los veinticuatro años, para ayudar en el cuidado de la salud mental de todas las personas que necesitaran de sus conocimientos.

¡Cómo no darles protagonismo a los sucesos de la vida de Paly! Es ella quien sigue brindando una mano amiga a los demás, creando espacios para la atención de quienes buscan un apoyo psicológico y, especialmente, para los niños. Ha sido todo un placer tenerla a mi lado; es mi hermana y una gran mujer, con metas bien definidas: seguir estudiando y obtener títulos que le permitan crecer aún más como profesional para seguir brindando a la gente la oportunidad de sanar y mejorar.

El día llegó de una forma casual, con la cegadora luz del sol deseándole los buenos días. Llena de alegría y entusiasmo se dispuso a empezar la emprendedora Vanesa, una mujer de rizos definidos color azabache, mirada firme y penetrante, algo testaruda de carácter; siempre con la vista clavada en la victoria. Observadora e inquieta por naturaleza, le gustaba evaluar siempre una nueva oportunidad para emprender un negocio. Amante de las ventas y el contacto con los clientes. 

Un miércoles por la noche, del año 2008, su esposo, preocupado, con las manos en la cabeza le platica que hubo un recorte de personal en la empresa donde él laboraba. Vanesa, un tanto agobiada, pensó: «¿Qué haremos ahora?». Como si de una chispa de luz radiante se tratara, llegó la respuesta unas semanas después: la mujer propuso emprender una librería técnica, donde venderían todos los materiales para las carreras de Arquitectura e Ingeniería Civil, pues en su ciudad había una gran demanda por un negocio de esta índole.

Y, efectivamente, en noviembre de ese mismo año se inauguró el local. Era toda una novedad, muchos estudiantes del casco urbano llegaban a comprar. La pareja empezó con lo básico: lápices, rapidógrafos, cartones de presentación para maquetas y muebles a escala. Luego se volvieron distribuidores de mesas de dibujo con todo su equipo correspondiente. Ampliaron el servicio que le brindaban a sus clientes con juegos de planos y la elaboración de maquetas a escala y en duroport (material plástico). Como los locales con fotocopiadoras eran escasos por esa zona, más tarde adquirieron una fotocopiadora y con las ganancias de su negocio lograron tener tres fotocopiadoras en un mismo local.

El negocio no solo generaba ganancias y realización para Vanesa, también creó oportunidades de empleo para otras mujeres. Ella no solo tenía el rol de emprendedora, también el de madre; siempre encontraba el equilibrio entre el tiempo con su hijo y ser eficaz en el trabajo.

No existe nada que motive más a una madre luchadora que su propio hijo. Vanesa encontraba en su pedacito de querer de apenas dos años de edad  la motivación necesaria para levantarse todas las mañanas y cumplir con el negocio, la casa y su rol de madre. Por fuera lucía como alguien firme y estricto, por dentro era todo lo contrario, siempre llenaba a su pequeño de abrazos y besos en cada despertar, desde muy chico le enseñó a ser agradecido, honesto y solidario. Así creció su patojo entre vitrinas de colores, toque único de su librería. La mujer deseaba que su hijo fuera íntegro y feliz.

Vanesa representa a todas esas mujeres que salen cada día a rifarse la vida para llevar el sustento a sus hijos. Sí, hablo de esas damas que sacan adelante un negocio, en las plazas o mercados o desde sus propios hogares, combinando el hermoso privilegio de la maternidad con el emprendimiento.

Allí estaba Vanesa viéndose en el espejo diciendo: “Para todo hay un tiempo; tiempo para reír, llorar, bailar, cantar, ser feliz… menos para rendirse o tirar la toalla”. 

En octubre del 2012, mi abuela Irma estuvo muchos días enferma de una gripe que parecía ser de las normales e inofensivas.

Eran las 10:00 p. m. cuando empezó a sentirse muy mal. Tuvieron que llevarla de emergencia al hospital. Al principio la atendieron por el resfriado, pero, conforme fueron pasando los días, veían que no había una mejoría; no sabían a ciencia cierta qué tenía, así que decidieron informar a su esposo que no podían tratar esa enfermedad, era necesario trasladarla a un hospital de la ciudad capital. El gran problema era que no contaban con los recursos económicos suficientes para internarla en ese nuevo centro médico. Sin embargo, sin saber cuánto dinero necesitarían, decidieron mover a la abuela para que recibiera el mejor cuidado posible. 

El 27 de octubre se encontraba en el hospital capitalino, ahí los doctores tampoco estaban claros de qué padecía mi abuela y toda nuestra familia la veía cada vez más y más deteriorada. Los días seguían su curso hasta que mandaron a Irma al área de Cuidados Intensivos porque le estaba costando respirar. Esto significaba aún más gastos. Pasó ocho días en coma, con un tubo por la boca que mandaba oxígeno hasta sus pulmones. 

Los doctores nos decían que ella ya no iba a salir de esta enfermedad, que iba a morir, porque rara vez alguien sobrevivía a ese tipo de cuadro clínico. No podíamos creer que fuera a fallecer y nunca perdimos la fe; depositamos todo en las manos de Dios para que Él hiciera su milagro, ¡y así pasó! 

Días después nos dijeron que debían practicarle una traqueotomía, porque ella mordía el tubo por el que la alimentaban y por donde pasaba el oxígeno. Le hicieron una abertura del tamaño de una moneda, en el centro del cuello. Para entonces ya había transcurrido un mes desde que mi abuela se encontraba en ese lugar; mi abuelo estaba preocupado debido a que no sabía si su esposa iba a salir bien de ahí. A la semana siguiente el médico le informó que mi abuela ya estaba lista para salir de aquella sala, no obstante, debía permanecer internada por unos días en otra área de menos riesgo. Alegre por la noticia, nos contó lo que le había dicho el galeno. 

Cada mañana veía cómo mi abuela se iba recuperando de una manera sobrenatural; eso era gracias al milagro que Dios estaba haciendo en su vida. Los especialistas quedaron impresionados por cómo ella logró combatir y vencer una severa neumonía.

El 12 de diciembre del mismo año a mi abuela la dieron de alta, pero tenía que regresar a la capital cada ocho días para un control; así lo hizo durante tres meses seguidos y de esa manera se dieron cuenta de que ella también había tenido una trombosis en la arteria principal del corazón que nunca había sido diagnosticada. Hasta que finalmente se recuperó.

¡Mi abuela es un milagro!

Desde que tengo memoria, todas aquellas tardes de niñez en la Antigua Guatemala las pasaba en la casa de mi tía Rome. A cuadra y media del parque central, a veinte pasos de la platería familiar de mis padres, se encontraba el hogar donde crecí y pasé toda mi infancia. La residencia de la tía Rome siempre estaba bien pintada de amarillo mostaza, con dos ventanas hacia la calle y un portón. Allí albergaba a la familia y era el punto de reunión de todos.

Romelia Jurado Azmitia, la hermana mayor de nueve hermanos, se casó con Julio Salvador Jurado González. En el hogar de esta pareja nunca faltó un regalo para el día de mi cumpleaños o en Navidad, y los presentes los recibía antes de estas fechas porque era muy difícil para ella guardar el secreto.

Sus dos hijas (Bebe y Rinita) y su hijo varón (Julio Roberto) siempre se encontraban en esa vivienda que cuidaba una señora muy amable llamada Dora. Aún recuerdo los días que el Corpus Christi pasaba frente a la casa, ella arreglaba un altar para la ocasión y decoraba el frente con papeles amarillos y blancos, también con muchas flores.

La tía se encargaba de que todos llegáramos a su casa a almorzar pepián, el más delicioso que he probado en mi vida; era espeso y con un toque de picante, que hacía que mis otras tías se quejaran, porque no aguantaban aquel intenso sabor. Y como postre los deliciosos garbanzos en miel, que nos dejaban empalagados a todos.

La casa de la tía Rome, donde en las dos mesas de noche de su cuarto estaban las fotos escolares de sus nietos y sobrinos y ya no había espacio para más imágenes. El lugar donde nunca faltaba, a las 5:00 p. m., el rezo del rosario por la radio y luego el café con pan dulce, comprado en la panadería de la esquina del parque. Donde a la hora del almuerzo me iba a la cocina a tortear con la masa de maíz, donde la cómplice de Dora me dejaba llevar algunas piezas, donde siempre salía con más de algún dulce que encontraba en su ropero.

La tía Rome siempre estaba presentable, bien vestida, peinada y maquillada. Recuerdo su tocador, era el lugar que más curiosidad me provocaba: lleno de cremas, perfumes y joyas a las que una niña no se podía resistir usar. Mi madre siempre me decía: “No toques, tené cuidado”; y llevo tan presente las palabras de la tía Rome cuando le respondía: “No, no, déjala, tiene curiosidad”.

Estaba muy pequeña, pero siempre quise probar su maquillaje; hasta el día de hoy, cada vez que me acicalo, me acuerdo de ella, que decía que se podía salir sin cualquier cosa, menos sin pintalabios, y mejor si era un tono rojo fuerte.

Recuerdo con mucho cariño a la tía Rome, porque siempre me regaló su amor incondicional. Ella es un gran ejemplo a seguir.

El tiempo pasará y la injusticia jamás se olvidará.

Año 1997, 6:30 a. m., hora en la que mujeres y niños iban por la leche caliente y espumosa, recién ordeñada, a los campos o a los establos. Para Cristobalina, el momento correcto era dos horas antes, no desperdiciaba ni un minuto del día. Así que, a las 5:45 a. m., cuando se empezaba a notar un celeste tenue en el cielo, era ella quien sorprendía al sol al amanecer porque era más madrugadora que el astro rey.

Solía decir que no había mejor remedio para el alma vacía y el corazón abollado que la comida y los actos de servicio. Entonces, ella lo hacía para curar su mundo interior; vivía para los demás olvidándose de sí misma, pero era solo un escape del remolino interminable de pensamientos y recuerdos que la atormentaban.

Cristobalina preparaba cada platillo con mucha dedicación. Los domingos iba a las comunidades indígenas y pobres del pueblo a repartir comida, que no era mucha, pero era especial porque la hacía con amor. “Lo que sepa tu mano derecha que no lo sepa la izquierda”, afirmaba y poco a poco se fue ganando el amor del pueblo.

San Miguel Pochuta, Chimaltenango, 1982, conflicto armado interno. Días llenos de temor y angustia por las calles. El gobierno contra el pueblo. No hubo victoria, solo gotas de sangre derramadas por inocentes. Para ese entonces Cristobalina era solo una jovencita, la mayor de sus hermanos, su madre había fallecido años atrás. Estaba al frente de la protección y de los quehaceres del hogar.

Su padre, quien era administrador de la finca más prestigiosa del pueblo, La Torre, jamás se encontraba en casa; solo apoyaba económicamente. Llegó el domingo y, como era costumbre, Cristobalina iba temprano a comprar lo necesario para ir a las comunidades. Caminó un par de cuadras hacia el mercado. A tan solo unos pocos metros de llegar, notó cómo un grupo de guerrilleros la observaba con morbo.

Sabía el riesgo que corría, así que decidió dar dos pasos atrás. Pero todo fue tan rápido, que no pudo reaccionar. Los insurgentes la golpearon salvajemente hasta dejarla inconsciente; sin tener un poco de piedad, abusaron de ella. Como pensaron que estaba muerta, la arrojaron a un monte muy cerca del centro del pueblo, donde había toda clase de animales.

A las pocas horas, Cristobalina reaccionó de milagro. Adolorida, débil y confundida sacó el coraje para levantarse y huir del peligroso sitio por miedo a ser asesinada. De pronto, escuchó un escándalo a lo lejos. Moribunda, caminó unas cuadras y llegó a la plazuela, de donde provenían los gritos desgarradores.

Fue de su sorpresa la terrible noticia de que los administradores y dueños de las fincas (entre ellos su padre) serían ejecutados por los guerrilleros. Para los rebeldes no era posible que una persona tuviera una propiedad para ella sola, así que ordenaron a los dueños repartirla con ellos o con el pueblo. Como no cumplieron el mandato, los amarraron de pies y cabeza y fueron ordenados en fila para ser fusilados con la primera campanada de la iglesia. Todo el pueblo entró en pánico y Cristobalina estaba petrificada viendo el terror a través de los ojos de su padre.

Rápidamente, observó cómo los guerrilleros se formaban enfrente de los sometidos. A las 12:30 del mediodía se escuchó la fatídica campanada y sonaron también los gatillos de las armas.

1997. Pasaron los años y Cristobalina lo único que pudo expresar fueron palabras de silencio. El conflicto armado interno había terminado para ese entonces, pero para la mujer jamás culminó; ella moría por una justicia que no lograría obtener. Nunca dejó de ir a las comunidades, siguió adelante y creó una campaña de ayuda a los discriminados y de apoyo a mujeres sobrevivientes de los abusos de guerrilleros y soldados.

Actualidad. La historia de mi abuela Cristobalina jamás fue contada, salvo ahora. Ella colaboró con la creación de la ONG Esperanza y Fuerza. Me enseñó, a través de su relato, que, a pesar de las adversidades, la cruel y dura realidad, hay que salir adelante, con fuerza y fe; que, no obstante los sucesos, debemos luchar por la justicia y que nadie ni nada puede robar nuestros sueños, y sobre todo, la chispa de nuestra vida.

 

  

Transcurría el año de 1974, exactamente el 17 de noviembre, cuando llegó al mundo una mujer para  alumbrar la vida de muchos, con un gran propósito y con la luz y valor que siempre la caracterizan.

Es brillante, tiene la capacidad de alcanzar todo lo que se propone y el corazón más grande para amar a todo el que la rodea. Ledda Paz es la mujer más fuerte y determinada que conozco, ha luchado por su familia y por mantener los mejores valores. Se ha ganado el papel más importante en mi vida y en la existencia de muchos.

Desde una corta edad, Ledda se ha encargado del cuidado de sus hermanos menores y del apoyo a su padre en todas las circunstancias, no solo como una admirable hija sino también como un ejemplo para los demás. Asimismo, ha destacado en distintos ámbitos que le han permitido crecer como profesional y como ser humano, derribando cualquier obstáculo y luchando por alcanzar sus metas y aspiraciones.

Su trabajo y perseverancia le permitieron convertirse en una reconocida ingeniera industrial, que ha desarrollado habilidades administrativas y de búsqueda de soluciones a nivel empresarial, sin descuidar a su familia.

En el 2002 le dio la bienvenida a su primer motor de vida y el motivo para seguir creciendo: su hijo. A pesar de encontrar muchos tropiezos en el camino, Ledda decidió seguir cursando una maestría para superarse mientras cuidaba a su hijo y le brindaba el amor más puro. Aunque estudiar y trabajar no era tarea fácil, ella nunca se rindió y decidió continuar con su preparación para procurar a su retoño todo lo que deseaba.

Tres años después, se convierte en madre por segunda vez, con más cariño para dar y el objetivo de forjar a otro ser humano de bien y de quien sentirse orgullosa. Por azares del destino, poco tiempo después se convierte en madre soltera, lo que la transforma en una mujer aún más fuerte y con deseos de progresar por sus retoños, criarlos y educarlos con amor y respeto. Por consiguiente, es una persona con una rutina muy cargada; a pesar de ello, pretextar un regreso cansada del trabajo, nunca fue una opción. Volver a su hogar era verla con una sonrisa y gran emoción de conversar con sus pequeños sobre su día. “Mis hijos son lo más importante y valioso que tengo”, suele decir.

Ledda, un ejemplo de madre, hija y hermana. Es una líder que no se ha dejado vencer y ha trabajado siempre para desarrollarse como persona, por su bienestar y el de sus retoños. No cabe duda de que es un motivo de inspiración para las mujeres que luchan día a día por educar a los suyos y convertirlos en agentes de cambio para la sociedad.

El 13 de marzo del 2020 la pandemia del COVID-19 sacudió al mundo, de manera que se vieron afectados ámbitos sociales, culturales, políticos y  educativos. Millones de personas sufrieron abruptos cambios en sus vidas, entre ellos, los trabajadores de los distintos centros educativos del planeta: el personal administrativo, los maestros y los alumnos que tuvieron que adaptarse al incierto panorama.

Una de esas heroínas fue mi madre, Mariela García, quien ha sido docente del Colegio Boston Bilingüe desde 2007. Ella es una mujer que superó innumerables obstáculos durante la educación a distancia o mayormente conocida en inglés como homeschooling.

A la edad de diecisiete años, Mariela se graduó como secretaria bilingüe, en el mismo centro educativo donde labora actualmente. Antes de que su vocación fuera ser educadora, realizó muchas ocupaciones, las cuales le ayudaron a crecer en el ámbito profesional; por ejemplo, fungió como secretaria de gerencia y recepcionista. Todas estas experiencias expandieron sus conocimientos administrativos y sociales.

Transcurría el año 2007 cuando decidió retomar el área profesional luego de un receso para cuidar de sus dos hijas. Solicitó al colegio donde se graduó que la contrataran o recomendaran con alguna empresa, pero las sorpresas de la vida… Pasaron dos días cuando recibió una llamada del establecimiento formativo donde la motivaban a probar y aplicar sus conocimientos en el área de inglés para enseñar a los alumnos del nivel primario. Aceptó sin imaginarse que era el comienzo de una nueva aventura llena de amor, vivencias, alegrías y, sobre todo, mucho aprendizaje.

Durante todos estos años ha mejorado sus técnicas de enseñanza y se dio cuenta de que su verdadera vocación estaba en el corazón de los pequeños, en esas aulas donde se emprenden proyectos maravillosos.

Por supuesto, en esos años se capacitó; pudo obtener su certificación por parte de la Universidad de Cambridge, el cual demuestra su suficiencia como maestra de inglés. Ha tenido la oportunidad de enseñar en distintos niveles: preprimaria, primaria, básico y diversificado donde ha experimentado diferentes vivencias y el amor de sus alumnos.

Mariela es descrita por sus estudiantes como una maestra inteligente, carismática, creativa, responsable, paciente, fuerte y capaz de sobrepasar y resolver cualquier inconveniente que se le atraviese. Por supuesto, es una excelente madre.

Tras realizar un arduo trabajo capacitándose, con el objetivo de optimizar la educación en esta nueva realidad marcada por una crisis sanitaria, su vocación la motivaba a la búsqueda de herramientas para brindar un mejor servicio a sus alumnos, quienes se ganaron su corazón.

Los factores que intervenían en la mejora de la enseñanza en tiempos de pandemia iban aumentando, por lo que ella siempre trataba de encontrar nuevas herramientas para que el desarrollo y la formación de sus alumnos fueran siempre los mejores.

En sus palabras expresa que no hay un solo día que no agradezca a Dios por haberle dado el chance y el privilegio de trabajar con futuros profesionales, esperando haber dejado una huella y tocado sus corazones.