Playa el Vertedero

Nathalie Cantoral

Instituto Episcopal San Cristóbal

Jamás hubiese pensado que una inquietud fuera compartida por tantos. Todo comenzó cuando hace unas semanas pude hacer algo diferente. A pesar de contar con las comodidades modernas, salir de casa siempre es como escapar de una cueva y reconectarme con el mundo. Mis tíos me invitaron a ir a la playa de Santa Clara. Ellos pusieron música y yo iba atrás con mi prima, que es dos años mayor que yo.

—¿Ya has visitado antes este sitio? —le pregunté.

Ella asintió ligeramente y agregó.

—Lo malo es que la playa está sucia.

No me extrañaba, hacía pocos días había escuchado que cada año Panamá tira al mar alrededor de cien mil toneladas de basura. Nos acostumbramos a ver las playas sucias y damos la espalda porque no es nuestro asunto o basura.

Llegamos y bajamos por un camino lleno de arena y tierra. Las piedras crujían con las llantas del carro. Nos estacionamos en el patio de una casita y nos instalamos cerca de la playa en un pequeño espacio con una cerca de madera, un palo de mango y un par de gallos que caminaban orondos por los alrededores.

Mi prima y yo nos sentamos a la orilla. El oleaje llegaba a ratos y se escapa de nuevo hacia el mar. Pero, en eso, una sandalia a la deriva interrumpió nuestro mágico momento. Levantamos la mirada y no era lo único que navegaba por la playa. Ambas nos miramos con disgusto. “Esto es asqueroso”, decía ella. “¿Cómo pueden tirar cosas y no darse cuenta del daño que provocan?”, decía yo.

También había botellas rotas, plásticos, latas de refrescos, envases de foam y se ponía peor. Pareciese que nadie se preocupaba por esta playa. Abandonada a su suerte traería graves consecuencias a la salud, a la biodiversidad y perjudicaría la economía de la zona.  Terminaría siendo una clase de depósito de basura en vez de una playa vistosa por sus grandes olas.

Para colmo, me contó mi tío, a inicios del 2022, MiAmbiente pudo recoger catorce mil toneladas de basura, sólo en las playas alrededor de Panamá Viejo.

Regresé al auto y traje un paquete nuevo de bolsas de basura, la abrí salvajemente con los dientes y saqué una.

Le pregunté a mi prima si me acompañaba a recoger basura. Me miró, como quien observa a alguien al que se le han aflojado los tornillos. Pero se levantó y tomó otra bolsa. Recogimos los desechos que encontrábamos sobre la arena caliente y grumosa de la playa. Le comentaba de las estrategias para controlar este desastre, como la barrera ecológica atrapa sólidos, la educación ambiental y los programas de limpieza voluntaria. Me detuve un momento para pensar en cómo algunas organizaciones intentan ayudar en el país, quizá en algún momento podría fundar la mía. Todos deberíamos contribuir, incluso desde casa, y se haría una pequeña pero significativa diferencia.

Las personas que estaban por allí nos observaban con curiosidad. Un niño se me acercó y echó una lata a mi bolsa. Me ponía feliz darme cuenta que se hacía conciencia. Semanas después, propuse en el colegio recoger la basura acumulada en una playa cercana. Conseguimos guantes, bolsas y muchos voluntarios. Crear buenas y mejores actitudes de veras que funciona.

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