Estrellas de la constelación de Panamá

Miguel Barrios.

Instituto Episcopal San Cristóbal

El jueves 5 de mayo de 2022, fuera del centro de convenciones de la ciudad del saber aguardaba un test. Cruzaba los dedos antes de entrar y enfrentarme al examinador, un simple positivo podría ser lo más negativo que me pasará. Por fortuna, todos los que estábamos allí pasamos la prueba de Covid-19.

Se inauguraba la quinta versión de la OliPaCE, Olimpiada Panameña de Ciencias Espaciales. Esta olimpiada, organizada por la SeNaCyT, la Secretaría Nacional de Ciencias y Tecnologías, promueve una de las ciencias que siempre me ha fascinado, pues desde joven me han surgido las ganas de conocer sobre vastedad infinita de posibilidades que rodean a nuestro planeta, la Tierra, que se desvela ante mi joven curiosidad.

Fuimos 39 estudiantes los que pasamos la prueba de conocimiento que se aplicó a decenas de chicos de las diferentes escuelas de todo el país. Concursaríamos para ser uno de los diez representantes por Panamá en la OLAA, Olimpiada Latinoamericana de Astronomía y Astronáutica 2022.

Estábamos nerviosos, nos esperaba la semana de los desafíos, y para ellos nos habíamos preparado tanto. ¡Todos queríamos ganar!

Después del almuerzo del primer día empezaría la prueba individual, la de conocimientos. El estrés y los nervios lo nublaban todo, el tiempo pasaba lentamente, el pesado silencio era quebrado por el sonido del traqueteo de los bolígrafos, el barrido de los borradores, el recorrido del grafito sobre las hojas, en fin, era como estar en el examen más importante de tu vida.  Jamás había practicado tanto para un examen de Astronomía y de Física.

Sin embargo, en los descansos y en los momentos para comer teníamos la oportunidad de participar en una de las mejores experiencias de la olimpiada, porque a pesar de que era una competencia, forjábamos nuevas amistades entre risas y bromas, aplastando el estrés y la rivalidad. Sin darnos cuenta, aprendimos mucho más que solo cálculos, datos y observaciones nocturnas, aprendimos de los otros.

Los siguientes dos días pasarían como un caudaloso río que iba arrasando todo a su paso. Aún evocó las trasnochadas hasta la una de la madrugada en nuestras habitaciones: armando un cohete e ingeniándonos para que tuviese un mayor alcance, discutiendo ejercicios para la prueba grupal o programando nuestro robot.  Y no olvido la prueba observacional, que se tornó en una espera tortuosa mientras nos llamaban por turnos.

A las 6:00 p.m. del sábado 7 de mayo, se llevaría a cabo la premiación. Se darían los nombres de los 10 representantes por Panamá. Yo tan solo logré rozar la victoria con una mención de honor. Parecía estar aún lejos.

Al día siguiente me despierto muy tarde, agotado y un tanto deprimido ¿Estaré así porque no logré mi objetivo o, porque este evento tan único, extenuante y lleno de emociones se había acabado? En el vestíbulo algunos se despedían, allí esperé a mis padres. A pesar de quedar prácticamente solo, no quería abandonar el lugar, sentía nostalgia por esta experiencia tan singular e irrepetible y por los amigos que hice allí y que se marchaban.

Sin embargo, no me sentía derrotado, no regresaría con el éxito esperado, pero mi victoria fue haberlo intentado. Miro al cielo y me pierdo en esa inmensidad, como si nadara entre estrellas, esperando para poder brillar entre ellas y volverlo a intentar.

Por favor espera...
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