La Fuente de la Juventud

Febrero 2 de 2022. El calor del sol en mi cara, el sudor en mis brazos, la suciedad en mi ropa… pero todo eso valió la pena para estar aquí. El Pixvae es un pequeño pueblo ubicado en la costa del Pacifico, específicamente en Las Palmas, un corregimiento de la provincia de Veraguas. A medida que caminábamos por el sendero, nuestro entorno se volvía más hermoso, las flores caían al suelo, los pájaros cantaban y se escuchaba el sonido de las olas del mar. Era como un paraíso. 

Después de veinte minutos de caminata, llegamos a casa de mi abuela. El aroma de la comida nos daba la bienvenida. Cuando nos acercamos a la cocina, ella nos abrazó. Mientras los demás hablaban fui a mi cuarto y me senté a desempacar. Tenía la intención de explorar este hermoso pueblo, pero preferí dejarlo para el día siguiente, pues el cansancio se apoderó de mí y me acosté. 

En la mañana del 3 de febrero de 2022, el sol estaba fuerte, el viento soplaba desde el Este, era un día bello.  Yo disfrutaba la mañana radiante cuando mi abuela y mi papá anunciaron que ya nos íbamos. Durante treinta minutos caminamos hacia la orilla del río, en el camino nos esperaban el amigo de mi abuela, Abelino, y una lancha. Nos subimos al bote al tiempo que Abelino conectaba el tanque de gas al motor. Con todo listo nos dirigimos a explorar la isla Manglarito. 

El mar se veía tan bello, era azul oscuro, pero transparente como un cristal. Al llegar a la costa de Manglarito y bajarme de la lancha sentí la arena caliente en mis pies. Pude ver cangrejos escondiéndose y flores caídas de diferentes árboles. De la nada, escuché a mi abuela gritando: “Ven aquí, vamos a la fuente de la juventud”. Corriendo y cansada por fin llegamos al río, el más bello que había visto nunca. El agua clara y una cascada rodeada de piedras formaban un paisaje sobrenatural.

El primero que se metió fue mi papá, y gritó: “¡Qué refrescante!”. Yo fui la siguiente, me quité las chancletas y con cuidado entré poco a poco al río. El agua estaba helada, pero decidí tirarme de una vez. Mi papá tenía razón, era muy refrescante, nadé por unos minutos hasta que él me dijo: “Te reto a que subas la cascada y te tires”. Reí hasta que me di cuenta que no era chiste, así que acepté el desafío. 

Empecé a escalar las rocas de la cascada, pero de repente me resbalé debido al musgo pegado a las piedras. Empecé a caer y logré agarrar otra roca, luego seguí escalando hasta que llegué a la cima y le grité a mi papá: “¿¡Ves que sí lo pude hacer!?”. Me lancé y volví a sentir el agua fría. Me sentía feliz, tan llena de vida, que me pareció que en un instante se había hecho eterna mi juventud.

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