Cambio de planes hacia el ‘West’

Mi sábado 28 de mayo inició tranquilo, la suave fricción de las sábanas y el viento a través de la ventana amenizaron mi mañana. Estaba en la semana previa a los exámenes, así que tenía un objetivo claro para el día: estudiar. Sin embargo, en la esquina de la cama, mi celular sonó notificando un mensaje de mi amigo Anel: “Vamos pal West”, que es la forma coloquial de llamar a la provincia de Panamá Oeste. Allí vive él, específicamente en la comunidad de Nuevo Chorrillo.

La propuesta se trataba de pasar el día en su casa; decidí consultarle a Érick, mi compañero de viajes, quien aceptó, confirmado nuestra travesía al “West”. Aún con el cambio de planes, mis deberes siempre estuvieron primero, así que, dispuesto a cumplir con todo, en mi mochila dejé mi cuaderno de español y agregué la ropa necesaria, además de mi cepillo.

En la tarde llegó Érick y nos encaminamos hacia la parada a esperar el “coaster”. Al llegar el bus nos subimos situándonos casi al final. Desde la ventana pude observar el trayecto que inició en la Avenida de los Mártires, detrás del glorioso “Nido de Águilas”; pasamos el Puente de las Américas mientras el sol se iba hacia el Atlántico y se veía el horizonte amarillo. Seguido, la oscuridad de la noche envolvió el bus y fueron las luces neones de la Panamá Oeste las que se reflejaron en los vidrios del autobús. Entonces, el secretario del bus gritó: “¡Nuevo Chorrillo!”, y bajamos rápidamente.

Anel llegó en su camioneta a buscarnos en la parada. Nos subimos, y con risas y música cruzamos el camino pedregoso, casi intransitable porque estaba lleno de lodo rojo, hasta llegar a su casa. Nos sentamos a hablar en su terraza. La mamá de Anel nos contó sobre su día, de la forma como se había involucrado en la construcción de una escuela en la comunidad y cómo había quedado atrapada por la lluvia mientras regresaba a casa. Sus relatos eran muy divertidos y a la vez cálidos, así que nos alargamos hasta la madrugada. Érick se durmió sobre mi hombro y los primeros truenos sonaron en el fondo de aquella escena.

Durante el domingo persistía la lluvia y golpeaba estruendosamente el techo; al asomarme por la ventana vi preocupado cómo el agua ocultaba el camino que debíamos tomar para regresar a la ciudad. La nueva laguna roja, resultado de la lluvia, impedía nuestro regreso y tomaría horas ver el camino de nuevo. Para no perder tiempo valioso, saqué mi cuaderno y al ruido de la lluvia empecé estudiar.

Casi al anochecer el camino reapareció. Muy atrasados subimos a la camioneta e hicimos el viaje de regreso. Anel se despidió agradecido y nos dejó donde todo había iniciado. En el vehículo de regreso, fui yo quien esta vez se recostó sobre el hombro de Érick y desperté al final del trayecto, ya con las luces de la ciudad sobre nosotros. Al llegar a mi casa organicé todo para ir al colegio al día siguiente con todo mi tema estudiado y las historias del “West” para contar.

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