Hasta la cima

Edgard Jurado

Instituto Episcopal San Cristóbal

“Si quieres conocer una verdadera aventura para tus historias te voy a pedir que me acompañes, te arremangues la camisa y te pongas tus botas más fuertes para subir unos 3 mil metros hasta la cima del volcán Barú, donde está la mejor vista de todo el país y la posibilidad de ver un cielo estrellado”. Esto me lo decía un buen amigo mío con un entusiasmo contagioso.

Me contó su experiencia en la subida hasta la cima del volcán, mientras, pensaba en cómo se sentiría vivir esa experiencia en carne propia.

“Comencé el día levantándome a las 6 de la mañana, cuando apenas se alzaba el sol, tenía entendido que el proceso de subida podía oscilar entre 6 y 12 horas.”

Así comenzó a narrarme su experiencia subiendo el “Barú”. Este es uno de los principales sitios turísticos de Panamá ya que es el punto más alto del país. Siempre me han fascinado las alturas, el viento golpeando la cara, todo tan diminuto y extenso a la vez.

“Para la subida solo llevamos lo esencial como agua y comida, sabíamos que teníamos que ser cuidadosos ya que nos podíamos encontrar ciertos animales, como las serpientes. Personalmente no me afectaron las alturas, tenía entrenamiento, sin embargo, otros no tuvieron esa suerte. Uno de nuestros acompañantes llegó a desmayarse. El camino era traicionero, pero era un factor que estaba dispuesto a superar a cambio de alcanzar mi meta. Había momentos en que decidía apartarme del grupo y entretenerme mirando el paisaje o sumirme en mis pensamientos. Después del largo viaje, vi algo que hizo que todo valiera la pena… La belleza del cielo nocturno desde el punto más alto del país, la infinidad de estrellas, cada una más reluciente que la anterior… me daban ganas de poder agarrar una y llevármela de recuerdo”.

Mi amigo se dio cuenta de lo fascinado que estaba y me invitó a una escalada al cerro Chame, a una hora de la capital. Para él, un paseo más por el parque, pero una verdadera travesía para mí. El cerro Chame es pequeño en comparación al titán que es el volcán Barú, pero eso no quita crédito a sus 500 metros de altura.

El viaje de subida no fue fácil, viajar por un sendero rocoso e inclinado me hacía perder fuerzas en las piernas, pero saber que la cima se acercaba me mantenía de pie y animado. Por el camino pude ver sapos raros y variedad de insectos, uno de ellos me pegó un susto posándose en mi cara. Acercándome a la cima vi a un equipo de rescate, un miembro de ese grupo se había torcido el tobillo. Tengo que admitir que sentí miedo pensando que ese podía ser mi destino. Un par de paradas más para tomar agua y finalmente llegué. Viendo el letrero que señalaba la cumbre me sentí satisfecho. Caí de rodillas mientras veía un panorama contrastante, un área urbana y un paisaje rural, ambos igual de majestuosos. Podía apreciar el mar y ver desde donde comencé el recorrido.

Después de recuperarme, tomé unas fotos para celebrar mi proeza y recordé que hacía falta solo un detalle… tarde o temprano, tendría que bajar nuevamente.

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