Una más de nosotras

Cuando vio los destellos del mundo por primera vez, ya conocía las pocas cosas que le pertenecían. Su nombre, Linda, un pequeño hogar, situado en Vista Alegre, y el sentimiento abrumador de tener que madurar más rápido que cualquier otra niña para sobrevivir.

 

Aún con su corta edad ya cargaba con varias responsabilidades que ni siquiera un adulto podría desempeñar sin quebrarse en llanto. Calmar el hambre de 10 hermanos dependía de cuantas botellas de nance o latas vacías pudiera vender diariamente. La educación anticuada que el padre impartía, dejó marcas que, más allá de su piel, atravesaron su corazón. No tenía el privilegio de una burbuja familiar que la protegiera del mundo cruel, al que un infante debería ser ignorante. Por lo que, finalmente, decidió que había sido suficiente.

 

Incluso con todas las escalas grises que pintaban su vida, se las arregló para traer orgullo a la familia. De la boca de sus maestros solamente había espacio para los elogios por su brillantez. Lo que hizo que más de una lágrima de orgullo fuera derramada por su madre, el ser más precioso y adorado, que representaba su mundo entero. Linda se esforzó en cada paso que daba con una sola meta en mente: Disminuir el peso de los hombros de mamá. Es así que tomó la dura decisión de dejar su hogar y familia atrás, para recibir una educación superior y conseguir un estilo de vida más humano para todos.

 

Pero como una puñalada en el estómago o una burla del mundo ante sus esfuerzos, su madre murió, dejando solos a niños que apenas tenían la edad suficiente para caminar, al cuidado de una joven inexperta, que no podía asimilar que se había quedado sola en el mundo, incluso huérfana, sin poder contar con una figura paterna responsable.

 

A partir de ese entonces, su vida pasó a un segundo plano y la familia fue prioridad.

 

Con un poco de ayuda del que se había vuelto su esposo, fruto de un amor adolescente, logró enviar algunos hermanos a la universidad, llenó sus estómagos y les brindó un techo seguro.

 

Años después, luego de muchos esfuerzos sin resultado y pocas esperanzas de los doctores, nacieron de su vientre tres niños y una niña, en los que depositó todo el amor y seguridad que deseó recibir. Dejó florecer su maternidad mientras terminaba un matrimonio que, al contrario del pasado, solo le traía infelicidad. Ella podía decir que por cada rayo de luz que conseguía, siempre había una nube azul sobre su cabeza, que intentaba desaparecer con desesperación, luchando por el día en que, finalmente, se sintiera plenamente feliz.

 

Con el tiempo descubrió que la felicidad lograba brotar de todas partes, aún a pesar del hambre, la pobreza, las inseguridades y el futuro incierto. No se arrepentía de sus pasos y podía decir, que ya no se sentía sola.

 

“La felicidad son los momentos de alegría que compartes con la familia que amas.” Linda Fonseca.

 

 

 

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