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María Esther López, también conocida como la Reina del Sabor Nicaragüense, ha cumplido muchos logros a lo largo de su vida. Ella es toda una artista musical y culinaria, también una productora de televisión e incluso poeta. Pero lo que más la representa son sus grandes deseos de compartir y preservar la comida tradicional de su país, Nicaragua.

Ella inició su camino muy humilde. Venía de una familia numerosa de bajos recursos. Por las noches tenían que dormir en el suelo y al despertar no tenían casi nada de comer. Aún así, ella era feliz y muy aplicada en la escuela. Se esforzaba por destacar en diferentes concursos para, algún día, poder cambiar su situación. Desafortunadamente, a mitad de secundaria no pudo tener el privilegio de seguir sus estudios, ya que necesitaba trabajar y los materiales escolares eran costosos. Así que abandonó y nunca volvió.

Su suerte cambió cuando escuchó de un concurso de poemas en la radio y su primer pensamiento fue mandar uno porque amaba escribir versos. Ese mismo día recibió una llamada del director de radio Julio Escobar, a quien le encantó su obra. Gracias a esto, la invitó a trabajar como libretista y tuvo un gran éxito.

Más adelante llegó a ser asistente de cine, aprendiendo mucho sobre este trabajo. De hecho, este conocimiento la haría generar una gran pasión por la producción cinematográfica. Laboró en programas como El Pollito Intelectual y La Liga del Saber. También participó en shows de cocina y dramas donde aprendió habilidades que le servirían más tarde.

Un buen día se le presentó la oportunidad de ser productora en un programa educativo y cultural que estaba perdiendo popularidad, El Clan de la Picardía. La bancarrota consumía el proyecto, pero María perseveraba y tuvo una idea que daría un giro inesperado. Su plan de ir a los pueblos y tener contacto directo con las personas y sus tradiciones, llevó a este espectáculo a ser un clásico en toda Nicaragua.

María, madre soltera, siempre siguió adelante con ánimo y buscando soluciones, como cuando terminó el programa y pasó por una situación económica difícil junto a sus dos hijos; fue en ese momento que se le ocurrió un concepto que redirigió su carrera: crear un programa de cocina nicaragüense, con un toque innovador, incluyendo canciones patrióticas al cocinar. Este proyecto combinaba lo que la mujer amaba: la cultura, su país y la producción. El programa se llamó Nicaragua en mi Sazón y gracias a él desarrolló una nueva pasión por la música, tanto que hizo su propio álbum bajo el mismo nombre. Canciones que recomiendo por el profundo amor que llevan.

Hoy día María sigue haciendo recetas y es reconocida por preservar platos auténticos de Nicaragua. Ha escrito dos libros de cocina y tiene un canal de YouTube llamado María Esther-NicaSazón, en el que continúa transmitiendo videos con la misma sonrisa.

A lo lejos, en la montaña, se escucha una pequeña voz gritando: «¡Viene la maestra, viene la maestra!». En la brecha del angosto camino se escuchan los pasos de un caballo que a pequeños trotes lleva sobre sí a Mirna Osorio de Trombetta, llena de entusiasmo con sus bolsos de materiales didácticos para llevar a cabo la tarea más importante y significativa del ser humano: la educación.

Desde su juventud, ella sentía inclinación hacia la enseñanza e hizo posible su gran sueño ingresando a la Universidad de Panamá, donde obtuvo su título de licenciada en Educación con Énfasis en Primaria. No fue fácil alcanzar la meta, ya que, entre los quehaceres del hogar, el cuidado de sus hijos y la carrera profesional se conjugaron diversas responsabilidades que ocasionaron mucho estrés y dudas acerca de su objetivo. Hasta que, finalmente, luego de cuatro extenuantes años, alcanzó su deseo anheladp.

Pasaron cinco años más para lograr insertarse en el sistema del Ministerio de Educación y su primera experiencia fue intensa, al punto de que, en sus primeros meses en la escuela Las Marías, en las montañas de Río Indio, en la provincia de Coclé, sufrió luego de dejar atrás a sus tesoros más preciados, sus hijos. Fue así como durante las primeras semanas experimentó un fuerte deseo de volver a casa, rodeada de tanta vegetación, un verdor que en esos momentos le abrumaba.

Meses después su vocación empezó a emerger de lo más profundo de su ser, al ver las caritas sonrientes de sus alumnos en aquella aula multigrado.

Al finalizar el año escolar 2011 estaba programada la graduación de los estudiantes y los preparativos no se hicieron esperar. Los padres de familia habían organizado un brindis para los chicos con el tradicional arroz con pollo, ensalada de papas y chicha de limón con raspadura. Los pollos los llevaría doña María, el culantro y el achiote don Simón y así todos se dispusieron para que el evento fuera un éxito. A la maestra le tocaría traer lo que hiciera falta y pese a que todo estaba organizado meticulosamente, el clima lluvioso obstaculizó los planes.

Eran las 6:30 a. m. y toda la carga estaba lista para ser llevada a la escuela, pero los tres ríos que había que cruzar se encontraban en su máximo nivel debido al aguacero. Hubo que esperar alrededor de tres horas para pasar el primero, con ayuda de un caballo y una cuerda.

Más tarde, siendo aproximadamente las 7:00 p. m., la maestra y su esposo llegaron al segundo río, el más hondo. En ese momento el agotamiento era indescriptible. El hombre tomó la mayor carga y ella lo agarró por el cinturón de su pantalón antes de empezar a cruzar el oscuro y lodoso afluente. En el centro, la maestra resbaló, pero logró tomar nuevamente el cinturón y alcanzaron la otra orilla.

Siguieron la ardua caminata hasta que tres horas después llegaron a la escuela «muertos» de agotamiento, pero agradeciendo al Todopoderoso el cuidado que tuvo con ellos y de saber que al día siguiente sus alumnos recibirían el mejor de los premios: la oportunidad de una vida de superación.

Once años han pasado del acontecimiento. Hoy la maestra enseña en el Centro Educativo Básico General Nuevo San José. Muchos de sus estudiantes son profesionales en diversas ramas y recuerdan a Mirna Osorio de Trombetta como aquella mujer que los impulsó a continuar con el estudio a pesar de las circunstancias.

El 25 de mayo de 1973, nace una mujer destinada al éxito. ¿Su nombre? Nivia Quirós. Criada en zonas rojas de Panamá (El Chorrillo y San Miguel-Calidonia), era parte de una familia de doce integrantes. El padre de los últimos ocho hijos era un maltratador infantil y les hizo mucho daño físico y psicológico a los cuatro hermanos mayores, porque no eran suyos.

Nivia estudió en escuelas públicas y como su familia era grande, no había dinero para comida y menos para útiles escolares. A su corta edad sacó un permiso especial en la biblioteca de la escuela para que le prestaran los libros durante el recreo y así cumplir con sus asignaciones. La falta de recursos jamás fue excusa para ella y demostró que a pesar de todas las dificultades por las que pasaba, siempre lograba ser cuadro de honor.

El constante maltrato nunca la desvió de sus metas, no obstante, a sus quince años decidió marcharse de la casa, situación que no evitó que se graduara de la escuela secundaria a sus diecisiete.

Desafortunadamente, debido a su entorno social, se terminó casando un año después y tuvo su primer hijo a esa misma edad. En ese momento, tomó la decisión de criar a su bebé consciente de que la vida de ama de casa no era la que había soñado. Por ello decidió empezar a vender artículos de todo tipo con el propósito de ganar dinero para aportar al hogar y salir adelante.

La joven madre entró a la Universidad de Panamá y completó el primer año, pero debido a su apretada situación económica, suspendió sus estudios y empezó a trabajar de salonera, labor que siguió desempeñando por un tiempo. No obstante, sabía que así no avanzaría por lo que regresó a la facultad. Tuvo sus dificultades con el inglés y con la falta de libros, mas no titubeó y se graduó de licenciada en Relaciones Internacionales con el grado de honor Sigma Lambda al cabo de cuatro años.

Hizo su práctica profesional en las oficinas de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y fue contratada por la unidad de Proyectos de esta institución, posteriormente la solicitaron en la unidad de Logística. Sin saber nada de programación de sistemas operativos, manejo de inventarios o inglés, tomó un diccionario y el manual de manejo de sistema operativo y aprendió a instalar y programar servidores del sistema corporativo de la organización. Tomó un curso de inglés y se convirtió en el enlace entre la oficina regional en Panamá y las oficinas de América Latina y el Caribe.

Y con una estabilidad laboral, decidió tener a su segundo hijo, yo. Me siento muy orgulloso de contar la historia que me inspira cada día de mi vida, porque ella demostró que el que quiere puede y que una infancia difícil no es excusa para no cumplir nuestras metas. Todo mi respeto a esta mujer de voluntad inquebrantable.

Era una mañana de febrero de 1982, los rayos del alba irrumpían el cuarto de Nivia y consiguieron despertarla. Era época de vacaciones y como el resto de los chicos que vivían en El Límite de El Chorrillo, la jovencita anhelaba gozar de su tiempo de ocio, así como de la vasta naturaleza de las faldas del cerro Ancón, próximo al barrio. Para desdicha de muchos, esa imponente naturaleza que les rodeaba pertenecía a la Zona del Canal, lo que la hacía poco accesible.

Aquella época en Panamá había bases militares de Estados Unidos y no se permitía el libre acceso a los nacionales a dicha área, que día y noche estaba acordonada y vigilada por soldados. Solo podían entrar los llamados “gringos” y empleados locales que trabajaban allí. Por ello, coloquialmente la bautizaron como “la zona prohibida”.

Nivia, quien ahora es mi madre, recuerda que ella junto a algunos chicos del barrio y su hermana mayor, Yacky, apreciaban desde sus balcones majestuosos árboles de mangos de todo tipo (huevo de toro, papaya, hilacho, entre otros), ubicados el censurado sector. En ese momento, una gran ventolina hizo acto de aparición y muchos frutos terminaron en el suelo, “nos dolía hasta en lo más profundo de nuestras jóvenes almas que esos “zonians” (estadounidenses que habitaban en la Zona del Canal) no pudieran apreciar semejante manjar tropical”, rememoró.

A pesar de haber aguantado por tanto tiempo, según Nivia, “ya no podíamos resistir al deseo de irrumpir el territorio “gringo” y obtener la fruta prohibida. Decidimos que cruzaríamos El Límite y nos escabulliríamos por la cerca, hasta al primer árbol de mango. Una vez ya adentrados en la zona, tomaríamos tantos frutos como nuestros pequeños brazos pudieran cargar y nos retiraríamos sigilosamente para no ser descubiertos por la patrulla y poder deleitarnos ya en nuestros balcones”.

Sin embargo, a Yacky se le ocurrió que pidieran permiso a los soldados para coger los mangos, porque siempre hay que ser honestos y decir la verdad. El grupo de niños así lo hizo, cruzaron la calle de El Límite y fueron directo a la garita a hablar con los militares para recoger unos cuantos; como era de esperar, les dijeron que no, ya que la zona era de acceso restringido.

A pesar de ello, dijo Nivia, “decidimos tirar al traste la cordialidad y entramos a hurtadillas, llegando así al paraíso de los mangos. Empezamos a echar cuentos y antes de que nos diéramos cuenta estábamos sentados comiendo mangos. Eventualmente, el plan se nos olvidó y nos quedamos disfrutando de semejante festín. Aquellos instantes mágicos quedaron grabados en mi memoria para la mismísima eternidad”.

Lastimosamente, el fin de la aventura ocurrió cuando la patrulla de los militares gringos los descubrió y los devolvieron a la garita. “Esa tarde nos gritaron mucho e incluso nos amenazaron con enviarnos al Tutelar de Menores de El Chorrillo si volvíamos a entrar a la zona”, adujo. 

Aunque la operación terminó fallando, aquella anécdota de la preciada juventud de mi madre le llegará a la nueva generación, así como su amor por la deliciosa fruta prohibida.

La vida de una persona puede pasar tranquilamente, pero también puede experimentar grandes tormentas y experiencias, permitiendo tener diferentes perspectivas sobre las cosas. El Canal de Panamá, un imán que atrae a muchos, es un tema que podemos estudiar, debatir y dar a conocer detalles de su pasado, pero sin dudas, es mejor conocer la historia desde la voz de un testigo de ella.

Para “Alexis”, un hombre de 72 años, bien conservado y quien labora como técnico especial para el Canal de Panamá, trabajar en esta ruta marítima que cruza el istmo panameño y ver que el país se fortalece cada día, es un sentimiento de orgullo. El tiempo es testigo de la historia y la vía interoceánica ha tenido un gran cambio durante estos años. “No puedo creer cómo este lugar ha cambiado tanto desde mi niñez hasta ahora”, expresó.

La primera vez que Alexis conoció el canal fue en 1957, cuando solo tenía siete años. La escuela hacía excursiones a la esclusa de Gatún, ubicada a 10 kilómetros de la ciudad de Colón y a las esclusas de Miraflores, a ocho kilómetros de la ciudad de Panamá. Alexis dijo sorprenderse por los inmensos barcos que pasaban, el lento movimiento de la nave le hacía esperar su siguiente paso con gran expectativa. Por otro lado, también sabía que el “Behemoth” (refiriéndose a la magna obra) no pertenecía a Panamá, un país separado en dos después de la firma del Tratado Hay-Bunau Varilla, en 1903. Y es que, al firmar ese contrato, Panamá le otorgó el permiso de construir y manejar el canal a los estadounidenses. Además, de una zona de 10 kilómetros de ancho como zona de administración canalera.

Durante muchos años el pueblo panameño anheló que llegara el fin del control militar de Estados Unidos sobre el país, debido a los vejámenes que sufrieron. En ese sentido, en 1964, específicamente el 9 de enero, a través de la radio se comunicó al pueblo que decenas de estudiantes estaban en la Zona del Canal luchando con estudiantes, civiles y soldados estadounidenses y que la bandera panameña había sido destruida. Al escuchar esto, los ciudadanos se fueron uniendo rápidamente a la lucha, defendiendo a la nación. Este suceso terminó con 21 muertos panameños.

Este incidente fue como la mecha de una bomba. Encendió el fuego del pueblo panameño y atrajo la atención del mundo. Todos sintieron tristeza por Panamá.

 La ira del pueblo y la condena internacional obligaron a Estados Unidos a dar un paso hacia atrás y el 7 de septiembre de 1977 firmaron el Tratado Torrijos-Carter que, entre otros acuerdos, devolvió la administración del Canal a Panamá en 1999.

 ¡El día llegó! El 31 de diciembre de 1999, fue un día memorable para los panameños, el regreso del Canal de Panamá contenía los sueños de esa y otras generaciones. “Nuestro deseo se cumplió”, dijo Alexis.

Buscando un tema para mi crónica encontré un acontecimiento particular que capturó mi atención. Ese fue el naufragio del Vapor Taboga, pues al leer sobre aquel suceso, fui transportada al libro de la historia panameña en un capítulo bastante olvidado.

No fue mucho lo que encontré, pero descubrí que todo empezó un 23 de mayo de 1911. Habían pasado ocho años desde que Panamá era independiente. Eran tiempos difíciles, de extrema pobreza y las vías de comunicación terrestre no estaban listas, lo que hacía que la vía marítima fuese la más eficiente entre las demás.

En todo esto estaba la respetada Compañía de Navegación Nacional que había ganado tal fama por sus excelentes “medidas de seguridad”.  Entre sus majestuosos barcos estaba el vapor Taboga, pero ¿qué fue lo que pasó?

Mi curiosidad me llevó a seguir leyendo. El barco tenía como destino final la ciudad de Panamá, era de mañana y todo un día estaba por delante. Partió de Soná, en la provincia de Veraguas. En él iban 140 personas, animales y mercancía.

Al caer la noche, el barco chocó con unas enormes rocas provocando un impacto muy severo, el buque se partió e hizo un semicírculo hasta su desafortunado fin.

Se dijo que quien tuvo la mayor culpa fue el capitán de la nave, de apellido Campbell, debido a que había sido advertido del riesgo de las rocas, pero no hizo caso, subestimando la situación y siguió hacia Punta Mala, en la provincia de Los Santos.

Decidí seguir mi viaje a través de la lectura y me di cuenta de que este solo era el principio, pues resulta que el barco solo tenía cuatro botes salvavidas y no muchos pudieron salir fácilmente. La desesperación de los tripulantes creció rápidamente y los que cayeron al agua se aferraron a todo lo que veían en un intento de salvación, aunque esto no acabó con los gritos de ayuda entre las olas y la densa oscuridad.

Algunos llegaron a playas, mientras que otros fueron rescatados; muchos tuvieron que estar horas y horas en el agua con esperanza de un posible rescate.

Fue una noticia que se esparció como plaga y la preocupación fue de esperarse, pues claro, yo también me preocuparía al escuchar una tragedia como esa. La información se conoció mediante un telegrama que envió una persona que había encontrado sobrevivientes en Punta Guánico y Búcaro. Dada la grave situación, se envió al cañonero Yorktown y al vapor David para ofrecer servicio a los náufragos necesitados, lo cual me llenó de esperanza después de leer todo lo anterior.

Afortunadamente, llegaron algunos sobrevivientes en el vapor David, quienes dieron sus testimonios. Al parecer, el capitán Campbell sobrevivió y también contó su versión de lo sucedido… Hay que admitir que no hay que darle todo el peso de la culpa, ya que desde luego no fue su intención.

Fueron entre 25 y 30 personas las fallecidas y el 26 de junio se organizó un funeral para ellos en la Catedral Metropolitana. Fue un día lamentable para muchos panameños.

Este evento me sorprendió, me hizo considerar los peligros del mar y también dejó cierta familiaridad en mi mente: el hundimiento del Titanic, suceso que ocurrió casi un año después.

El barrio de La Ciénaga, un pantano medianero al ferrocarril de Panamá y cercano a la playa Peña Prieta en la bahía de Panamá, lugar actualmente conocido como avenida Balboa y la Cinta Costera, es el lugar donde todo ocurrió.

Estados Unidos y Panamá tienen muchas historias que contar, pero nada como el primer altercado entre ambas naciones. El suceso marcó la historia de Panamá y de él poco se habla: El incidente de la Tajada de Sandía ocurrido el 15 de abril de 1856, es de suma importancia para los panameños, pues fue el día que demostramos que no somos gente que se queda callada cuando algo nos disgusta.

Todo empezó cuando un estadounidense se negó a pagar cinco centésimos por un pedazo de sandía y la disputa terminó en una batalla campal que dejó 18 muertos y 28 heridos.

Pero nadie se pone a pensar en el trasfondo de esta historia. Los panameños estaban atemorizados, hasta cierto punto paranoicos, pues por la ciudad se rumoreaba que piratas llegaban a Panamá para conquistar la nación. El temor de los panameños los hundió en la desesperación y esto llevó a los sucesos de esa fatídica tarde.

Era un día tranquilo en el barrio de La Ciénaga, el lugar estaba lleno de pequeños puestos que vendían vegetales y frutas. José Manuel Luna estaba vendiendo sandías cuando Jack Oliver, un estadounidense quien estaba ebrio, se comió una tajada de sandía sin pagar y Manuel le reclamó diciéndole que debía pagar los cinco centésimos, pero este se negó amenazándolo con un arma de fuego. Los amigos de Oliver calmaron la situación y pagaron la cuota; sin embargo, no esperaban que el peruano Miguel Abraham se abalanzara sobre Jack, le arrebatara su pistola y saliera corriendo como si no hubiese un mañana.

Los latinos que veían cómo Oliver y su clan perseguían a Miguel, salieron en su defensa a pelear con los perseguidores del paisano. Pronto el lugar se convirtió en una batalla entre latinos y estadounidenses, no se sabía la razón, pero había rencor, pasión y un par de pistolas. Las autoridades tardaron alrededor de una hora y media en llegar. Ya era demasiado tarde…

Después del altercado, los heridos y familiares de los muertos estadounidenses mostraron quejas por los eventos sucedidos en Panamá. El gobierno de Estados Unidos, en compensación, le solicitó al gobierno de Nueva Granada del que Panamá formaba parte, más territorio y una suma de 412 mil 394 dólares como una paga por los daños causados. Además, firmaron un tratado que apuntaba a los norteamericanos como los ganadores del altercado.

Han pasado más de 166 años desde este terrible incidente, día en el que defendimos a nuestro Panamá con todo el orgullo, pero ese espíritu y pasión se ha ido desvaneciendo con las nuevas generaciones y, por ello, nosotros debemos prender esa llama nuevamente, revivir el fervor de defender nuestra patria y a las personas que pelearon por traer el honor. Debemos levantarnos, estar listos para las amenazas y enfrentarlas con valor.

Hablar del archipiélago de Guna Yala es sinónimo de palmeras, arrecifes de coral, playas de arena blanca y agua cristalina. Está en el caribe panameño y es un conjunto de 365 islas en el que además se puede realizar gran cantidad de actividades como senderismo, kayak, observación de aves y buceo.

Cuando llegaron los españoles en el siglo VI, los indígenas gunas vivían cerca del golfo de Urabá, en lo que hoy se considera Colombia, pero el contacto con los españoles resultó en un caos significativo y un comercio limitado. Los gunas huyeron hacia la región del Darién, lo que hoy se considera Panamá y comenzaron a vivir a lo largo de los ríos que desembocaban en el Caribe.

A mediados del siglo XIX se reubicaron en islas cercanas a las desembocaduras de los ríos de agua dulce, pues esto los protegía de enfermedades, serpientes y mosquitos, además tuvieron acceso al comercio costero, con productos forestales como el coco. Los gunas entraban en los barcos comerciales que viajaban a lo largo de las rutas costeras, vivían de esta manera en las islas y mantenían sus granjas en el continente. Hasta mediados del siglo XIX esta región permaneció relativamente pacífica.

En 1858 se hundió un barco carguero que viajaba desde Colón hasta Colombia, se dañó el motor por un arrecife cerca de Isla Perro y ahí se incendió. Por una ley colombiana del 4 de junio de 1870 se creó la comarca de Tule Nega, que comprendía también el actual territorio del distrito de Guna Yala.

Después de la separación de Panamá de Colombia, en 1903, el acta de 1870 fue ignorada. El territorio de la antigua región quedó dividido en dos partes: la mayor parte quedó en la nueva República de Panamá, mientras que una pequeña porción permaneció en Colombia.

La suspensión de la región, las incursiones de forasteros a los pueblos Guna en busca de oro, caucho, tortugas marinas, las concesiones bananeras y el abuso de la Policía Colonial causaron gran descontento entre los indígenas y dieron lugar a la Revolución Guna del 25 de febrero de 1925, encabezada por Nele Kantule, del pueblo de Ustupu y Ologintipipilele de Ailigandí. Armados, atacaron a la Policía en las islas y en Ukupseni Tupile, ya que fue acusada de abusos y represión de las costumbres gunas en varias comunidades. Esto provocó que los indígenas proclamaran la República Independiente del Tule, separándose del Gobierno Central de Panamá por unos días.

Así surgió el tratado de paz posterior que estableció el compromiso del Gobierno de Panamá de proteger las costumbres de los indígenas guna. Estos, a su vez, aceptaron el desarrollo de un sistema escolar formal en las islas y la brigada policial fue expulsada de su territorio y todos los presos liberados. Las negociaciones que pusieron fin al conflicto armado constituyeron un primer paso para establecer la autonomía de los indígenas gunas y mantener la cultura que estaba siendo reprimida.

Con una diminuta lámpara de queroseno en la mano, telas de lanilla, agujas, tijeras, una máquina de coser portátil, y una esperanza del tamaño del universo, María Ossa de Amador y su cuñada, Angélica B. de Ossa, corrían apresuradamente en busca de un lugar seguro en donde pudieran forjar nuestro futuro pabellón nacional.

La casa de María, lugar en donde debería estar segura, había perdido esta cualidad desde el momento en que José Domingo de Obaldía, gobernador del departamento de Panamá, empezó a vivir bajo el mismo techo que ella y su familia. Ser vista confeccionando una bandera diferente a la de la Gran Colombia era prueba suficiente para ser acusada de rebelión y afectar a toda su familia. Poder traer a la realidad en tan poco tiempo los bocetos que su hijastro, Manuel Encarnación Amador, había dibujado era una idea completamente descabellada. Pero María, una mujer valiente, decidió dar un salto de fe y poner su granito de arena. 

El 2 de noviembre de 1903 la luna llena les iluminaba el camino y las acompañaba en la búsqueda de un lugar de amparo. Las dos damas encontraron una casa abandonada en el corregimiento de San Felipe conocida como “Casa Tangui” que sería su refugio de trabajo por las siguientes horas de la noche. 

Al llegar a la casa, María y Angélica se dieron cuenta de que la puerta principal estaba cerrada y que no había ninguna manera de abrirla. La única solución, que parecía una completa locura, era entrar por una ventana que estaba en malas condiciones. Con miedo a que la estructura colapsara repentinamente, María y Angélica treparon una pequeña escalera para poder alcanzar la ventana y poder entrar. Las acompañaba Agueda, una criada de Angélica, quien les pasó por la ventana con mucho cuidado todos los materiales. 

Poniendo todo en el piso, empezaron la larga jornada de trabajo que les esperaba. Las horas empezaron a volar mientras el fuego dentro de la lámpara daba la ilusión de extinguirse cada vez más. La tensión y el temor reinaba en este lugar, pues María Ossa temía ser descubierta, acusada de rebelión e involucrar a su familia. Esto no solo era una lucha psicológica, también física contra el cansancio, pero en una esquina de aquella casa había un sentimiento de honor y motivación que hizo que María pudiera seguir adelante. El deseo de poder ver a Panamá como un país soberano y libre era su sueño más grande. 

Al pasar las horas, María y Angélica estaban cada vez más cerca de culminar el plan que al principio parecía una completa locura. Después de horas de arduo trabajo, pudieron terminar las primeras dos banderas de nuestra República, con la esperanza de que algún día fueran izadas, llena de orgullo, en lo más alto. 

Estas dos banderas no solo son pedazos de tela unidas con hilos, ellas representan el sacrificio que nuestros antepasados estuvieron dispuestos a pagar para que hoy pudiéramos vivir en un país soberano. Gracias a todos ellos una parte de nuestra historia como panameños se encuentra detrás de cada puntada de la Bandera Nacional de Panamá.

Un repentino estruendo interrumpe la serenidad percibida en las Esclusas de Gatún y es que, con refulgencia ha de verse un buque colosal navegando con gran fervor, dejando a su paso olas marcadas dentro del largo río de la historia en este lugar especial.

Pasos apresurados de la multitud que sube y baja del ferrocarril, acompañados por los exquisitos aromas de las comidas criollas que se perciben en las cálidas mañanas de la ciudad caribeña. Colón, llena de virtudes y abundantes riquezas que son codiciadas y anheladas por muchas almas.

Aquí te contaré un poco de la historia de esta bella metrópolis:

Un 21 de noviembre de 1739, Portobelo, el orgulloso asentamiento de los españoles, fue saqueado descaradamente por piratas dirigidos por el capitán británico Edward Vernon. Sin ningún tipo de resistencia, Portobelo fue golpeado duramente por el asalto, perdiendo su riqueza, su gente y su importancia en el istmo. Evidentemente, el pueblo colonense era indefenso ante los ataques, por lo que, los comerciantes cansados de las agresiones y los constantes altercados, anhelaban como si fuese de vida o muerte buscar otro lugar más estable y seguro. 

Más de 100 años después, específicamente en el año 1849, ocurrió otro incidente que impulsó la idealización de una nueva ciudad en Colón. El descubrimiento de oro en California, conocido también como “La fiebre del oro”, fue un hecho tan impactante que causó que miles de obreros, mineros e inmigrantes llegasen a Estados Unidos para hallar oro. Las multitudes tenían tres principales rutas en mente para llegar al destino tan deseado. Obviamente, optaron por la más factible: cruzar por Panamá. 

La gran cantidad de personas que estaba llegando a Panamá como ruta para transitar hacia y desde los Estados Unidos, cautivó la atención de los norteamericanos quienes idealizaron la construcción de un ferrocarril. Pero ¿dónde se haría esta magna construcción?  La respuesta era sencilla: en Colón. Ya sea, por su posición geográfica o por la desembocadura del río Chagres, Colón se ganó los corazones de los estadounidenses y las esperanzas de una nueva ciudad finalmente fueron consolidadas. 

Siglos más tarde, con la ayuda del ferrocarril y nuevas construcciones culminadas como la Zona Libre de Colón y el Canal de Panamá, se impulsó rápidamente la economía del país, siendo Colón una de las ciudades más ricas, pero al mismo tiempo, una de las más corrompidas del istmo panameño. 

Promesas vacías y sin cumplir, deseos y esperanzas fallidas; alimentos y combustible que suben de precio, pero nunca la calidad de vida. Calles deterioradas, edificios quemados, abandonados y jamás reparados. Esta es la triste realidad que vive actualmente la tan querida ciudad de Colón. 

“¡Este es un país libre, así que tenemos el derecho a manifestarnos!”, “¡Estamos tratando, por el amor de Dios, que el Gobierno venga a negociar!”, dijo Jairo “Bolota” Salazar, diputado colonense, durante una de las protestas recientes. Y esto me puso a reflexionar profundamente: “Mira pues, mundo, que solo Dios puede ser justo y prometedor”.

Colón, una ciudad que empezó poco a poco a resplandecer grandemente y protagonizó hechos que muchos no podían creer, pero debido a las manos equivocadas, está solo por acabar en desastre y en esperanzas deterioradas…