Matices

No hay nada más lindo que crecer bajo las enseñanzas de mujeres
extraordinarias.

Desde muy pequeña estuve sometida a diferentes retos y problemas, pero
hubo mujeres que estuvieron ahí para apoyarme y enseñarme a salir de esos
inconvenientes, mi madre, es una de esas mujeres que me enseñaron a ser lo
que soy hoy en día. Sus historias merecen ser contadas a nuestras hijas (e
hijos), para inspirarse y demostrarles que ellas también pueden soñar en
convertirse en aquello que más desean.

Algo que me satisface es que me nutrió de muchas aventuras, por un tiempo
vivimos en el campo y ahí me enseñó cómo que el camino del progreso no era
nada fácil, también me enseñó a cómo ordeñar una vaca, hacer un fogón de
barro, colectar huevos, alimentar cerdos y sobre todo, cómo correr de las vacas
bravas.

Así logré levantar las cargas cotidianas, ayudando a cumplir con las tareas
domésticas. Ese tiempo que pasé en la finca fue muy especial, ya que
comprendí lo fuerte que era mi madre al arrear vacas y levantar cántaros de
leche. Esa fuerza es la que mantiene a mi madre en vela, la que le permitido
seguir adelante conmigo.

Más adelante nos mudamos a la ciudad, pasamos muchos páramos, pero ella
se encargó de que mi mundo siempre fuera lo más normal. Ahí me enseñó algo
muy valioso “el que es acomedido come de lo que está escondido”, En ese
tiempo conocí a otra de las mujeres que me marcaron, ella era la señora
Mercedes Arrocha, una mujer elegante y bien conservada, le encantaba que le
contara historias y siempre estuvo ahí para apadrinar mis aventuras en su
vistosa y hermosa casa, viví con pasión mi interés en el mundo de las
bibliotecas, por preservar objetos, revista, y de las cosas antiguas, ya que en
su casa tenía muchos libros y reliquias, teniendo un valor incalculable para esa
distinguida familia. Entre la rutina y las obligaciones diarias he puesto en el
último lugar de la lista pasar un rato haciendo algo que nos encanta.

Diocelina, otra de las mujeres con un corazón noble y un carácter sin igual,
sigue siendo hoy en día una mujer ejemplar, recuerdo gratamente las tardes
que se pasaba conmigo enseñándome caligrafía, compostura y las reglas de
oro para tener buenos modales, gracias a ella, siento la dicha muy grande por
tener linda letra y buenos modales.

Con ellas viví muchos matices de la vida, no es solo la sangre la que nos hace
una persona de bien sino el corazón de muchas mujeres por su demostración
del gigantesco amor que han tenido en enseñarnos, instruirnos, en estar

siempre a nuestro lado en nuestro caminar por la vida. Gracias a ellas por
hacer mi sonrisa más brillante y mi risa más sonora. Es una bonita manera de
agradecer por esos maravillosos momentos que muchas veces no damos
importancia en el día a día y en algún de la vida se convertirán en recuerdos
imborrables.

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