La tercera esfinge

Pocos en el mundo exterior saben que, entre los muros amarillos del Instituto Nacional de Panamá, camina estruendosamente un ser casi mitológico: una mujer que lleva dentro de sí la sabiduría y genialidad, forjada con bronce y con enormes alas que enseñan a los aguiluchos cómo volar. Este ser casi mitológico es la profesora Zahira Valencia, quien este año nos da la materia de Cívica III.

Su primera presencia ante mí fue en la primera semana de noveno grado, cuando justo en el segundo indicado por el horario de clases, entró como una luz que conoce su dirección antes de encenderse. Su cabello en una cola de caballo no dejaba ningún cabello por fuera, usaba unos lentes que hacían que sus ojos se vieran enormes y sus uñas delataban las garras con las que nos enfrentaríamos posteriormente. Ese año conocí a la profesora Zahira Valencia, viví su clase y desde entonces dejé de ser un estudiante común.

Ahora en mi último año escolar, luego de regresar de las clases virtuales, tuve el privilegio de dar clases de nuevo con ella. Sus clases fueron más motivadoras que nunca, y no porque fuera la más amable o comprensiva, sino por los retos y cuestionamientos lógicos a los que nos enfrentamos en cada clase y por las enseñanzas que nos deja con su autenticidad.

Un día de la primera semana de octubre, saliendo del colegio, vi cómo se acercaba a mí cual águila agarra su presa y me preguntó: “David, ¿quieres representarme el día del estudiante?” Al principio me sorprendió, pero confiado, le respondí que sí.

Las siguientes clases dejé de ser sólo un alumno, la profesora Zahira no había tenido un estudiante que la representara en el día del estudiante desde el 2014, así que me convertí en un estudiante al que había que corroborar su capacidad. Las preguntas de las clases ahora iban directas hacia mí, en ocasiones pude responder, sin embargo, en muchas fallé y como respuesta a esto me dio tres lecciones que nunca olvidaré.

Por escuchar comentarios de otras personas antes que los míos, me enseñó la primera:

1) “¡SIEMPRE TIENES QUE IR A TI!”: mi ser es lo único que me pertenece, mis creencias y verdades siempre deben ir primero que las del mundo.

Al fallar en mis respuestas, me dio la segunda:

2) “¡ACEPTA TUS ERRORES!”: si cometo un error, con dignidad lo acepto y aprendo de ello.

Ante varios fallos y antes de que yo comprendiera dichas enseñanzas, me dijo:

“Si crees que yo molesto mucho, dime que no me representarás, aún estás a tiempo.” Pero confiado de mí le afirmé que la representaría aquel día.

Y así lo hice el 27 de octubre, le di clases a tres de sus grupos, mientras que todo el mundo me decía que debía parecerme a ella, actuar como ella y dar clases como ella, aprendí la tercera enseñanza que me dio luego:

3) “JAMÁS SERÁS ZAHIRA VALENCIA”: no seré nunca ella, porque ella ya es. Lo que tengo, lo que soy y lo que represento siempre seré yo, mi esencia.

Al final del día pude apreciar más todo lo que me enseñó en el mes, cada palabra y pregunta fue por un motivo. Esas y cada una de sus enseñanzas las llevo conmigo, más allá de una historia o de un aprendizaje, la profesora Zahira Valencia nos hizo desarrollar una habilidad, la capacidad de afrontar el mundo y ver más allá siempre.

Ya terminando mi último año escolar, me entristece la idea de no volver a ser un estudiante del instituto nacional, no ver las esfinges cada día al entrar, pero, sobre todo, me apena no tener dos horas a la semana en las que pueda aprender más sobre la vida, a través de ella.

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