El Poder de la Perseverancia

Mi tía no tenía donde vivir, tuvo la experiencia más dura que ha vivido en su vida, estaba divida en dos: un antes y después de conocer la ciudad de Panamá, pues era muy joven, dejando por primera vez su casa y fue también su primera experiencia de trabajo, donde lideraba mucho el stress, porque los estándares de trabajos eran abismales en comparación a nuestro pueblo chiricano.

Sumado a eso que el hotel donde viviría el primer mes, en la ciudad de Panamá, también había cerrado. Investigó cómo trabajar en la cocina, hizo entrevistas y la aceptaron en otro hotel, tía Diana, tenía la espinita clavada en la cocina y le puso ganas para trabajar ahí, seguir preparándose y aprendiendo, porque se dio cuenta que, a sus 20 años, le faltaba mucho por aprender.

La cocina la conoció bastante bien, sabía qué puerta rechina, su estufa, sus planchas para los asados. Le agarró cariño a todo, más en estos tiempos cuando estaba sola. Ella se sentía feliz de trabajar como cocinera en aquel lugar y con las personas que la rodeaban. Nunca había deseado trabajar en cocinas vistas como en el cine, no solo por trabajar con los ingredientes más caros del mundo, sino que ese ambiente aristócrata, la asfixiaba.

Mientas trabajaba desde la ventana de su cocina, disfrutaba la bella zona del Cangrejo, donde se divisan los cantos de los pericos, que desde lo más lejos del Amazonas vienen a traer cánticos a nuestra bella ciudad. A pesar de hacer el sanchocho, gallina de patio dura, y otros, su plato favorito “La Pata de Gallina” era el más demandado de su cocina, todo lo aprendió de forma innata, pues su casa ha sido una gran escuela, aprendiendo desde lo más sencillo como las sopas y salsas, hasta preparar la carne exótica y más preciada.

Para eso ella tenía que empezar desde la base, aprendió a pelar papas en todas sus presentaciones: tornados, cubos, julianas, purés, muchas veces hasta lloraba diciéndole a nuestro abuelo lo cansada que estaba y lo sola que se sentía, pues la demanda era mucha y necesitaba la mano de otras personas, para que todo encajara con el tiempo, hasta que después se adaptó al ritmo.

Un buen día, el hijo del dueño del hotel entró directamente a la cocina para conocer de qué manos salían las encantadoras “Patas de gallinas”, que su padre en una ocasión ofreció llevarle a casa, todo terminó en que no solo le había encantado su sazón, sino que había admirado la belleza física de aquella plebeya y de su buen corazón, finalmente se hicieron novios, luego el esposo hizo todo lo posible porque mi tía, tuviera un merecido descanso, después de haber rodado tanto por la vida.

Ella le propuso crear un Restaurante de Lujo, donde también se les permitiera dar de comer a aquellos quienes estaban desamparados. Así logró superarse hasta que adquirió Estrellas Michelin en uno de los Restaurantes más apetecidos, de Panamá.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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