Desde el volcán: la mirada de un nuevo despertar

En una de mis noches de insomnio, encerrada en la habitación y observando las gotas de agua deslizarse por la ventana, rememoro aquel intrépido viaje al volcán Barú.

“El Parque Nacional Volcán Barú, es una extensión de 14 325 hectáreas. Dentro de este pulmón natural se encuentra el volcán, que es el punto más alto del país y es la formación geológica de este tipo más alta del sur de América Central, que se eleva a 3 475 metros”, así nos adentraba en aquella aventura la guía de montaña, a quien de pronto dejé de escuchar, absorta en mis pensamientos y deslumbrada por la belleza que los senderos alrededor ofrecían.

Ante mis ojos estaba aquella estructura geológica que surgió hace millones de años, mucho antes de que el istmo de Panamá se formara; y que hoy día es uno de los lugares que no ha tenido intervención del hombre, a pesar del paso de los años. El parque, ubicado en la provincia de Chiriquí, lo conforman tres distritos: Boquerón, Boquete y Tierras Altas. Mi hermano menor señalaba a nuestra madre todo lo que observaba con asombro.

Recuerdo que desde que llegamos, dos días antes, ya nos habían hablado de todos los senderos que podíamos encontrar en las tierras bajas del cráter que contemplaba. “Les daremos un momento para que revisen su equipaje y se aseguren de llevar todo lo necesario”, expresó otro guía turístico. Mi familia decidió empezar el recorrido a las 6:20 de la tarde para, al día siguiente, contemplar el amanecer y observar tanto el Mar Caribe como el Océano Pacífico desde aquella cima, una de las razones por las cuales los turistas se sienten atraídos.

Soy de esas personas que prefieren quedarse en casa a pesar de todo, por lo que consideraba la ida innecesaria, pero mis padres no me dieron lugar a discusión. “Tienes que despejar la mente, siempre estás encerrada en tu habitación sin ganas de salir con nadie. Este lugar es perfecto para alejar las preocupaciones que nos persiguen día a día en la ciudad”. Visualizo a mi mamá tratando de convencerme, según ella debíamos alejarnos por unos días y conectar con la naturaleza: esa era la razón del viaje.

Ya habíamos recorrido la mitad del camino, eran las 3:30 a.m. En mi mente no había espacio para nada más que la expectación, solo me interesaba saber cómo se vería y cómo se sentiría llegar al punto más alto de Panamá con una altitud de 3 475 metros sobre el nivel del mar. Trataba de enfocarme en respirar despacio y no agitarme, pero volvía a cuestionar por qué a mi familia se le ocurría subir hasta la cima a pie, y no en un auto 4×4, como otros grupos de turistas. Seguro todos se creen con las agallas de subir, ¡pero no, señores! Hay que vivir en carne propia la experiencia para entender lo que le pasa al cuerpo con cada paso que das.

Ya faltaba poco para la cumbre, y se podía observar cómo los astros que hace unas horas dibujaban el cielo, estaban desapareciendo. “Hemos llegado, y justo a tiempo porque miren…”. En ese instante, las estrellas fueron desplazadas por rayos luminosos de luz, que coloreaban el escenario de naranja. No podría transmitir en palabras la paz y la tranquilidad que aquello me hacía sentir.

Me fije en mi celular para ver la hora, eran exactamente las 6:15 de la mañana. Sin aliento, me senté en una roca, nose mi familia y los demás turistas, pero yo sentía que iba a colapsar. Pero al mirar al horizonte, quedaron atrás las 12 horas de melodías naturales entre brisa y fauna. Si alguien me preguntara que necesitaba para ese recorrido le diría que llevara en la maleta la mentalidad y el esfuerzo físico, porque todos te contaban la parte romántica del recorrido dejando de lado la cruda y ruda realidad.

Pronto, ya con dificultades para respirar, los oídos tapados, mareados y casi deshidratados, sabemos que vamos llegando a la meta. Así, los ruidos van quedando atrás para dar paso a lo que se conoce como “El pasillo de la gloria”, y una gigantesca nube flotando en el cielo inmenso nos arropa. En cuestión de segundos, vemos frente a nosotros el premio por tanto sufrimiento: la cima, la inmensidad, Panamá y su volcán. Creo que exagero, pero además de la paz que nos envolvía lo que más recuerdo es ese “Todos griten ‘Metoooooooo’”.

Regresando de mis recuerdos, vuelvo a observar la ventana. La nostalgia es el primer sentimiento en apoderarse de mi ser. Irónicamente, cada vez que esos momentos llenan mi memoria solo quiero volver a sentirme viva como aquella vez, teniendo en cuenta que si no me hubieran atado de brazos y pies no me habría dado la gana de visitarlo. Mi padre me había dicho una vez “Las experiencias a lo largo de la vida cambian nuestra forma de ser y de pensar” y yo podía confirmarlo, porque desde entonces solo deseaba una segunda oportunidad de contemplar un nuevo despertar.

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