Un Pueblo Fantasma

Como joven, las aventuras siempre han sido un imán para mí, así fue como una tarde fui a ellas arrastrando a mi padre conmigo. Brincando y sonriendo caminé por la carretera, pero la sonrisa se me borró al sentir ese mismo viento rozar mi piel.

Así fue como empecé otro viaje más, esta vez a Panamá. Un país bastante pequeño, lleno de vegetación y muchos lugares turísticos. Justo era de noche, entré a una zona algo distante de la ciudad, con un letrero que decía “Panamá Pacifico” en azul. Luego de un trayecto de quizás 10 minutos llegue a una zona urbana, repleta de gente, edificios y casas, hasta un parque. Bajé del carro algo dormida y el frío viento de la noche me despabiló. Cerré los ojos por un momento abrazándome a mí misma. Al escuchar la voz de mi madre me apresuré a dar la vuelta al carro cuando las vi, eran blancas, de dos pisos y agrietadas.

Al escuchar que me llamaba nuevamente no tarde en seguirla hasta la entrada. Me alojé en un edificio de tres pisos, color crema, llamado Ph Soleo. Así como en la ciudad se encuentran distintos lugares históricos como el Cerro Ancón, el Casco viejo, hasta volcanes, en este lugar hay historia. Poco después de llegar me enteré que este lugar era una antigua base militar de la fuerza aérea estadounidense, construida en 1942 para facilitar defensas en las costas, que posteriormente fue abandonada.

Mi papá siguió caminando y no tarde en seguirlo. Nos adentramos a estas casas sin mucho rodeo mientras lo escuchaba hablar de una de sus historias paranormales en donde un gato negro se convirtió en una persona. Durante nuestra caminata vimos a personas paseando, pero en este punto no había nadie. Es como si hubieran borrado mi memoria porque no recuerdo cómo llegué allí. De un momento a otro nos encontramos en una colina empinada que a duras penas subimos.

Un edificio blanco y viejo se encontraba en la cima. El mismo escalofrío que sentí al inicio recorrió mi piel, pero más fuerte, tuve el raro sentimiento de que algo pasaría. Como si algo nos atrajera, entramos. Ya tenía el corazón en el puño, a medida que entrábamos veía vidrios rotos, las paredes desgarradas, mientras más adentro íbamos menos luz había. Al subir a el segundo piso me dio una leve sensación de que algo nos seguía. Como si me liberara de lo que me atraía a este lugar, mi papá y yo decidimos salir.

Volví a casa distraída en mis pensamientos y no fue hasta 4 años después cuando volví. Al dar el paso decisivo a esa misma calle no sentí nada, todo estaba diferente, había mucha gente ejercitándose, paseando perros, las casas pintadas con aerosol, un lugar donde antes existía temor se convirtió en una zona turística. Es en este lugar, el hospital en concreto, donde siento esa vibra lúgubre, sigue siendo la misma zona enigmática hecha pedazos, un pequeño pueblo fantasma donde aún sé que me persiguen.

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