El pueblo fantasma

Otro viaje más, ir de un lugar a otro, y esta vez a Panamá. 

Justo era de noche cuando llegué. Atravesé la ciudad y al cabo de un rato apareció un letrero que decía “Panamá Pacífico”, en azul. Luego de diez minutos entré en una zona urbana, repleta de gente, un supermercado y dos edificios. Me bajé del auto y el escalofrío me atrapó. Cerré los ojos por un momento y al escuchar la voz de mi madre me apresuré a darle la vuelta al carro. Ahí fue cuando las vi: eran blancas, de dos pisos y agrietadas. Parecían ser unas casas.

En este lugar hay historia. Poco después de llegar me enteré que Panamá Pacífico se llamó antes Howard y era una base militar estadounidense construida para facilitar la defensa de las costas después de la construcción del Canal. Las aventuras eran un imán para mí, así que decidí que debía explorar este lugar y, por supuesto, empezaría por esas casas blancas agrietadas. Mi padre fue conmigo.

Brincando y sonriendo caminé por la carretera, pero la sonrisa se me borró al sentir el viento frío rozar mi piel, así que me detuve. Mi papá no tardó en alcanzarme y seguirme el paso. Caminamos mientras hablábamos de sus cuentos paranormales. De un momento a otro nos encontramos frente a una colina empinada rodeada de árboles que a duras penas subimos. 

Allí estaba, un edificio blanco y viejo. El mismo escalofrío que sentí al inicio recorrió mi piel, pero esta vez más fuerte, y como si algo nos llamara (no tengo la certeza de qué), entramos. 

La casa tenía los vidrios rotos, aunque las paredes estaban firmes. Todo estaba destruido y me costaba respirar, tenía los pelos de punta y sentía muy mala vibra. Recorrí los pasillos con mi padre, aunque a duras penas la luz entraba. Ya en el segundo piso empecé a sentir como si alguien me siguiera, así que salimos. De regreso estaba fuera de mí, solo sé que caminamos recto y que todo era igual. Sin darme cuenta estaba en la avenida otra vez.

Ya han pasado cuatro años, y hace poco decidí volver. Todo estaba diferente, había mucha gente ejercitándose y paseando perros, las casas pintadas con aerosol, aunque aún siento esa vibra lúgubre. Este lugar es la misma zona enigmática hecha pedazos, un pequeño pueblo fantasma donde sé que me persiguen. 

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