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Audrey Hepburn: el diamante de la bondad

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Y ahí estaba yo, a los seis años viendo la película Desayuno con diamantes (Breakfast At Tiffany’s), sintiendo una profunda admiración por la actriz principal de esta comedia dramática: una mujer elegante y hermosa llamada Audrey Hepburn (1929-1993).


El deseo de verme y ser como esta dama fue inevitable. Al buscar información sobre ella, lo que más destacaban era su belleza innegable, pero lo verdaderamente importante era lo maravillosa que fue como intérprete y como ser humano, al punto que dejó una marca en muchas personas, incluyéndome.


Su niñez fue difícil, ya que cuando nació en Bélgica, el 4 de mayo de 1939, estuvo a punto de morir a causa de una tosferina; pero la abnegación de su madre a la hora de cuidarla, la llevó a sobrevivir esta penosa situación.

Según cuenta su biógrafa Robyn Karney, la existencia de Audrey estuvo muy lejos de ser color de rosa. Día a día ella era testigo de las interminables discusiones entre sus padres, lo que derivó en la decisión de enviarla a un internado inglés a los cinco años.


Recibió una estricta educación en casa, pero paradójicamente también descubrió la libertad de la mano del ballet y
convirtió a la bailarina rusa Anna Pavlova en su mayor referente. Saber esto me hizo sentir más cercana a Audrey, ya que de pequeña estudié danza.

Desde chica soñaba con bailar, pero estalló la Segunda Guerra Mundial. Su padre, afiliado a las ideas fascistas, abandonó definitivamente a su familia. Audrey tenía diez años cuando su madre decidió trasladarse con el resto de la familia a Holanda, lugar que pronto se convirtió en un campo de batalla por el avance de Adolfo Hitler por toda Europa. Durante la ocupación nazi, Audrey ocultó sus orígenes británicos y aprendió un perfecto holandés para no llamar la atención. Dentro de su hogar, la situación financiera empeoraba a causa del conflicto bélico y se cuenta que llegaron a alimentarse de bulbos de tulipanes para sobrevivir. Mientras tanto, observaban con pavor cómo partían trenes llenos de seres humanos rumbo a los campos de concentración.

“En mi adolescencia conocí la fría garra del terror humano”, dijo alguna vez.


La II Guerra Mundial seguía su paso, Audrey donó parte del dinero que ganaba como bailarina para ayudar a la causa libertadora a cargo de la resistencia holandesa. La desnutrición se apoderó progresivamente de todo su cuerpo y no tuvo fortaleza suficiente para seguir danzando a nivel profesional. Eso la llevó a buscar oportunidades teatrales en el West End londinense, donde obtuvo conexiones que le permitieron luego conocer a la novelista y dramaturga francesa Colette, quien de inmediato quedó fascinada con la frescura y la melancolía que Audrey dejaba a su paso.

Esa mutua química la condujo a aceptar encarnar al personaje central de la novela Gigi, de Colette, en los escenarios de
Broadway (Nueva York, Estados Unidos). Hizo 217 funciones de esta adaptación teatral y de allí faltaba poco para transformarse en una estrella en Hollywood, una industria que recibió como una revolución la llegada del talento de la delgada Audrey, de melena castaña y ojos marrones, quien eliminó ese mito de que solo triunfaban en la meca del cine las actrices rubias platino y de formas voluptuosas.


A lo largo de su carrera, Audrey Hepburn recibió cinco nominaciones a los premios Oscar en la categoría de mejor actriz principal y obtuvo la estatuilla dorada por su trabajo en la comedia romántica Vacaciones en Roma (Roman Holiday). Es de los pocos artistas en haber obtenido el Oscar, el Globo de Oro, el BAFTA, un Emmy, un Grammy y el Tony.


Aunque fue dueña de un estilo propio y un icono dentro del mundo de la moda, ella nunca se jactó de su atractivo físico ni de su talento. Sólo participó en una veintena de películas a lo largo de su carrera, quizás debido a alguna crisis nerviosa que sufrió y, sobre todo, porque prefirió una vida familiar junto a sus dos hijos y su tercer esposo.


En la última etapa de su vida se dedicó íntegramente a su trabajo como embajadora de UNICEF, a sus viajes a lugares remotos para abogar por los derechos de los pequeños y para recaudar fondos para acciones sociales.

Audrey Hepburn falleció de cáncer de colon a los 63 años. Dejó una marca indeleble en la historia de la cinematografía y en los corazones de muchos niños. Con esa conciencia cívica, inteligencia y belleza conquistó al mundo entero.