El hogar es donde está el corazón

Estrella Rodríguez

Instituto Episcopal San Cristóbal

El tiempo se estiraba en ese largo pasillo de paredes blancas, sillones altos y ventanitas. Al final, una linda señora anunciaba por un micrófono:

—Deseamos que hayan disfrutado del vuelo.

—¡Bienvenida a Panamá! —dijo mi padre con una sonrisa brillante.

A mis diez años me tomaba en serio cada palabra de ellos. Afirmaron que haría calor y no podía dejar de imaginarme un país donde el sol se burlaba de la fragilidad del suelo, quemando y derritiéndolo todo, hasta la suela de los zapatos. Pero no fue así. Afuera no había llamas, ni lava, pero sí se podían ver muchas personas apuradas como hormigas.

Dijeron que la casa sería pequeña y la supuse como la de un duende, sin embargo, mi nuevo hogar era de paredes blancas y me esperaba solo un colchón en medio de una habitación vacía.

Mis padres irían a trabajar y se turnarían para cuidarme, pero había una hora en la que ninguno podría llegar a tiempo, así que me dieron una serie de instrucciones: “no salgas de tu cuarto”, “no abras la puerta” y “no veas detrás del cartón de la ventana”. La seriedad con que lo dijeron me hizo pensar que tal vez éramos espías que trabajaban para alguna agencia secreta.

A partir de ese día toda mi imaginación estaría enfocada en lo que había detrás del cartón. Una mañana de la primera semana de noviembre se escuchaban golpes, el suelo temblaba. No pude evitarlo, levanté el cartón y asomé la cabeza.

Había muchas personas que se movían de manera organizada, uniformadas de blanco, azul y rojo, se escuchaba música, banderas ondeaban, tocaban tambores que parecían conectados a los pasos de los que marchaban. Siempre había personas transitando, me recordaban el ir y venir de los pétalos de diente de león cuando el viento los alborota y bailan en el aire. Así pasó noviembre lleno de desfiles.

Llegó diciembre, se apagaron las liras, los tambores y el vaivén de jóvenes al compás de pegajosas melodías. Pero, una frase que escuché, “iremos a la cinta costera”, fue suficiente como para rellenar mi imaginación.

Encontré árboles llenos de bombillos, rascacielos tan enormes que fantaseaba alcanzarlos con las manos y un muro de piedras que separaba las olas que parecían reclamar el territorio de una ciudad llena de luces. Era un ambiente colorido y musical, con gente llena de entusiasmo, como en los desfiles.

Hoy entiendo la calidez de este país y de su gente. Conozco más de esta tierra donde un pedazo de sandía generó un conflicto, de piratas que nunca han dejado de acecharla, de personas valientes llenas del deseo de libertad y de autonomía. La tierra de clima impredecible en donde la lluvia y el sol apuestan a quien aflora primero. Pero, aquella niña que a veces se quedaba quieta, en silencio, mirando las calles, escuchando a la gente a su alrededor, se sentía en un sitio especial y nadie se daba cuenta.  Estaba en un lugar mágico donde todos los vacíos se podían llenar con las luces de aquella tierra que le abrió su corazón.

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