La princesa sin final feliz

Diana Spencer nunca imaginó que llegaría a ser uno de los íconos de Inglaterra más importantes de su época. Tenía una energía caracterizada por ayudar a su pueblo, y a las miles de personas necesitadas alrededor del mundo. Demostró cómo, a pesar de la oscuridad de nuestro orbe existía, al menos en ella, algo de bondad en la humanidad. El hecho de ser princesa le abrió puertas del mundo de la élite y de los pueblos. Pero poco a poco ésta descubrió como hay múltiples cosas que ni la monarquía puede comprar. 

Todo comenzó cuando, en febrero de 1982, Diana se unió a la monarquía inglesa mediante el enlace matrimonial con el príncipe Carlos III, el heredero de la corona británica.  En su momento, fue un tema controversial, del cual fue difícil entender cómo un príncipe de sangre real se había casado con una joven que ciertamente no pertenecía a su clase. No obstante, solo fue cuestión de tiempo para que el público se enamorara de su nobleza y terminaran apodandola: Lady Di. Luego de su matrimonio, la flamante princesa dió a luz a su primogénito Guillermo de Gales, siguiéndole Enrique duque de Sussex, en 1984. 

La pareja no había mostrado su realidad ante el público, pero a partir de 1986, la prensa sensacionalista británica comenzó a divulgar los indicios de su crisis matrimonial. Se rumoraban dramas e infidelidades entre la pareja que se divisaban desde hacía un buen tiempo. Después de todo, ser princesa no era tan sencillo.

Finalmente, en diciembre de 1992, se confirmó el divorcio de Diana Spencer y Carlos III. Para firmar los papeles usó el famoso vestido de la venganza. Un hermoso vestido de encaje corto negro, el cual generó bastante polémica, al ser utilizado en la fecha del divorcio.  Esto marcó el comienzo de una nueva vida para Diana, siendo un reflejo de su nueva libertad que la retiraba de las extremas costumbres y de distintos problemas personales que la corona le había ocasionado.

Nacida el 1 de julio de 1961 y teniendo solo 36 años de edad, la hermosa princesa  escapó de su prisión de oro y aparentemente había olvidado la monarquía. No obstante, su vida, hallaría un final insospechado. Un accidente automovilístico en Francia, intentando escapar de las cámaras de los medios, junto a su amante en el momento Dodi Al-Fayed, perdió la vida. Fue una desgracia que impactó al mundo, pues su dulce personalidad había ganado un puesto más importante en los corazones que el de cualquier princesa. Su muerte sigue siendo una incógnita para muchos, exponiendo a los habitantes de la casa real como posibles responsables de dicho accidente en el que, por casualidad, todos dentro del auto murieron, menos su guardaespaldas.

La princesa Diana fue ejemplar,  por su transparencia y humanidad. No tuvo un final feliz como en cualquier cuento de hadas, castillos  y princesas. El caso de Lady Di muestra la rigidez y complejidad de la monarquía. Ella nos enseñó cómo una mujer  con la personalidad definida, puede ser relevante para el mundo entero dejando una huella de gran valor para la historia.

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