La herida que no para de sangrar

Llantos de dolor y sufrimiento se escuchaban en las calles de Panamá aquella noche del 20 de diciembre de 1989, pues la vida de muchos nacionales quedó entre escombros y cenizas. 

 

El barrio de El Chorrillo fue testigo de cómo el ejército militar de los Estados Unidos destruyó todo a su paso. Las fuerzas de defensa, comandadas por el entonces general Manuel Antonio Noriega, estaban al mando del poder en nuestro país desde 1983 cuando asumió el cargo, luego del misterioso accidente aéreo donde perdió la vida el general Omar Torrijos Herrera, en 1981. Noriega, además de general, trabajaba para la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés), pero poco después surgieron acusaciones hacia él de narcotráfico y corrupción. 

 

La operación militar “Causa Justa” fue comandada por el entonces presidente de los Estados Unidos, George W. Bush y se dio a cabo entre el 20 de diciembre de 1989 y el 3 de enero de 1990. Más de 26 mil militares estadounidenses pisaron tierras panameñas, con el objetivo de capturar al general y dictador Manuel Antonio Noriega. 

 

Pero antes de eso, el 16 de diciembre de 1989, un miembro de la Marina de Estados Unidos fue ejecutado por un oficial panameño, luego de entrar en el cuartel de Noriega. Usando esto como pretexto, el presidente de los Estados Unidos ordenó iniciar el ataque. 

 

La noche del 19 de diciembre de 1989, la operación militar “Causa Justa” se ejecutó. Alrededor de las 11:30 p.m. Estados Unidos invadió Panamá. Los estadounidenses embistieron diversos sitios donde se hallaban puntos militares del país. 

 

Ráfagas de destellos de misiles, sonidos de explosiones, helicópteros sobrevolando el oscuro cielo y mucha incertidumbre se vivió en el momento. 

 

Pasada la medianoche, el barrio de El Chorrillo estaba inmerso en un desmesurado fuego, ya que muy cerca quedaba el cuartel central de las Fuerzas de Defensa. Panamá solo contaba con un estimado de 12.000 soldados, teniendo Estados Unidos gran ventaja. Las personas temían por sus vidas, algunos se resguardaban en sus hogares, mientras otros corrieron aterrados sin la más mínima idea de lo que ocurría, en tanto, en el pavimento yacían los gélidos cadáveres de civiles asesinados. 

 

Desesperado, Noriega optó por ocultarse en la Nunciatura Apostólica de la Ciudad de Panamá. El ejército se posicionó a los alrededores del recinto y mediante parlantes colocaron música a todo volumen. Durante los siguientes días, canciones de diversos grupos musicales resonaban sin cesar en el lugar. Esto, hasta el 3 de enero de 1990, cuando Noriega decidió rendirse ante las autoridades de Estados Unidos, dando fin a la sangrienta pesadilla. 

 

Este año se conmemoran 33 años de este lamentable capítulo de la historia panameña y en la actualidad, sigue sin saberse el número exacto de aquellos que perdieron la vida injustamente, o de quienes murieron luchando por nuestro país. La invasión de Estados Unidos a Panamá es un hecho que tal vez muchos han olvidado, pero otros todavía tienen una herida que no ha parado de sangrar.



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