El mundo puede seguir sin nosotros

Mi mamá solía contarme la historia de cómo vivió la invasión de Estados Unidos a Panamá y decía que todo lo hermoso se volvió horrible. En los años 90 las olas de la desgracia , destrucción y miseria para el pueblo panameño tomaban con todo a su paso, la invasión había comenzado, las nubes eran grises y solo se divisaban los tonos rojizos del cielos colores de las explosiones y estallidos  Mi mamá me cuenta como la invasión arrasaba con los árboles y la gran destrucción que dejaba.

Mi abuela me decía cómo ella comenzó a sentirse muy abrumada y asustada por esto comenzó a echar toda su ropa con las de sus hijos en una bolsa sin saber donde esconderse, por suerte unos vecinos muy amigos de mi abuela tenían un refugio   a todo esto mi abuelo, se tomaba una botella de seco Herrerano porque para él la hora de la muerte ya era obvia. Mi mamá, mis tíos y tías comenzaron a saquear los supermercados porque no tenían para comer. De esta forma mi familia pasó los últimos días de la invasión. La invasión arrasó con las fuerzas de defensa el ejército de panamá  y la destrucción del barrio El chorrillo donde se encontraba el  cuartel central  y la aprehensión por el ejército de estados unidos al general Manuel Antinio Noriega que era su objetivo principal. 

Era alrededor de los años 91, la invasión había acabado y una nueva generación de jóvenes llegaba para aliviar el dolor del pueblo panameño. Entre música y bailes, a un grupo de jóvenes llegó la noticia de una marcha anti-tala se llevaría a cabo “¡Mientras más, mejor!”, gritaba el grupo alegremente. Quién diría que ese día saldrían a renovar lo que la invasión destruyó, una nueva era comenzaba en Panamá. Ese grupo de jóvenes no necesitaba pedir permiso para salir, tampoco tener más de 5 dólares en el bolsillo. Eran alegres y sensatos, sólo disfrutaban la belleza de la vida en una sencilla y tranquila barriada de Panamá, Bello Horizonte.

Dice mi mamá  que luego de una larga caminata las multitudes se reunían con entusiasmo en las faldas del cerro Ancón, para sembrar unas pequeñas ramitas que al día de hoy son grandes árboles. En el fervor de la ocasión, se les olvidaron sus pesares y dolores. Tenían la más grande conexión que un humano puede sentir, la suya, su alma, mente, la naturaleza y las emociones se conectaron. Sintieron una dicha enorme, no lo digo yo, pues para entonces yo no existía, de ese momento tan hermoso mi madre fue protagonista. 

El mundo puede seguir sin nosotros pero nosotros no podríamos existir, por ejemplo, aquí en panamá antes se podían bañar en muchos ríos como, el río de Juan Dias pero por la contaminación y desechos  ya no es posible que  los humanos puedan estar ahí en cambio las plantas aun siguen creciendo en esta zona.

La humanidad tiene el poder de dañar el planeta y también el poder de arreglarlo.

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