Vivió violencia en su niñez y al final se convirtió en una buena madre

La violencia interfamiliar es un problema grave y genera fuertes traumas en las personas, que los atormentan toda su vida, eso es lo que los padres de Camila no entendieron y creció con ese trauma en un barrio peligroso en el norte de la capital Managua en la década de 1960 y recibía constantes abusos de parte de sus progenitores, quienes fomentaron en ella un odio y rencor en su inocente corazón, por lo cual presentó  una conducta violenta con las personas que la rodeaban.

No controlaba sus emociones “el odio crecía y crecía hasta crear una persona con trastornos impulsivos, agresiva y violenta”. A su corta edad de 10 años, una tarde tras una broma que le jugó su hermanito menor, arremetió en contra de él propinándole múltiples golpes y después de forcejear un rato, ella lo tomó del cuello, apretó, apretó y apretó tanto hasta que el cuerpo del niño no se movió más, cuando ella volvió en sí, se dio cuenta de lo que había hecho y temerosa de las consecuencias tomo el cuerpo sin vida del pequeño y lo enterró en el patio trasero de la casa, cuando sus padres preguntaron por él, ella con cara de preocupación respondió “Luis salió a jugar en la tarde con sus amiguitos y aún no ha regresado”.  

Esa mañana fue la última que Luis salió lleno de alegría de su casa para llegar a la escuela.

Los padres lo buscaron preocupados por las desoladas calles de ese peligroso barrio, le preguntaron a vecinos y amigos, los que afirmaron no haberlo visto desde la tarde cuando regresaba de la escuela, pensando lo peor dieron aviso a las autoridades y lo reportaron como desaparecido. A pesar de la exhaustiva búsqueda de una semana realizada por los investigadores no encontraron rastros del niño.

Al mismo tiempo la culpa atormentaba la conciencia de Camila y el recuerdo de su hermanito interrumpía en sus sueños. La tristeza era tanta que terminó confesando su atroz crimen a sus padres, un escalofrío recorrió todo su cuerpo, al instante sintieron como el frío los abrazaba, con gran desesperación la vieron y en ese momento se dieron cuenta en el monstruo que habían convertido a su hija, decidieron aceptar la realidad; que por su culpa, su hija era una asesina, por lo que decidieron internarla en un hospital psiquiátrico, después que se rehabilitó en 1978, ella regresó con sus padres a sus 18 años de edad. Tiempo después en 1988 Camila se casó y procrea una familia  con su actual pareja Antonio Hernández, el cual la apoyaba con sus traumas que recordaba de vez en cuando, procreo dos  hijos Mario y Marcos, recordó esa infancia cruel, violenta, que le habían dado sus padres y prometió  no repetir la historia, se esforzó  para que sus hijos no tuvieran las mismas experiencias que ella vivió en esos oscuros años de su vida, promesa que ha cumplido hasta el día de hoy, ahora  ejerce su profesión de maestra de kínder y busca transmitir ternura a sus pequeños.

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