LA ESENCIA DEL AMOR, DOÑA CHELA.

 

LA ESENCIA DEL AMOR, DOÑA CHELA

por: Dayesthanie Surisadday Vivas Aguilar

 

El amor de una abuela rompe fronteras y une recuerdos que se atesoran en el alma.

 

Su sonrisa irradiaba como luz en el firmamento.  Tan alegre era por la mañana, que a todos contagiaba con su sonrisa angelical. Tan dulce como la miel y brillante como una estrella.  La llamaba abuela Chela, para mí, la flor más bella.

Aquella mujer, nació un 23 de abril 1956. Desde su nacimiento se da inició a una gran historia de   una de las mejores abuelas del mundo; su amor, su cariño, su esencia y su carácter eran lo más encantador de su personalidad.

Desde la caribeña provincia de Colón, nace una niña con descendencia tanto colonense como jamaiquina. Imagínense esa mezcla de una hermosa colonense con un jamaiquino con nacionalidad americana, a quien sus padres la llamaron, María Santos Hamilton.

A pesar, de haber nacido con fórceps, nacimiento riesgoso, no le afectó en su desarrollo ni impidió sus habilidades asombrosas. Ella, como fuego apasionado se encendía su alma al tomar un libro con sus manos fuertes, amante ferviente de la lectura, hábito por placer que la ayudó a crecer con una madurez impresionante, convirtiéndose, a su corta edad, en una pieza fundamental en su hogar.

Chela, era como una roca, fuerte y sólida, pero delicada y bella como una flor en el campo soleado. Su más apasionado pasatiempo y recordada habilidad, era la gastronomía y, si hablamos de receta perfecta, era ella. El aroma mágico que se almacenaba en la cocina cuando preparaba un platillo hecho con sus manos.  Su lasaña era toda una exquisitez y, qué decir del dulce de frutas, hecho, especialmente, para las fiestas navideñas con un sabor que no se puede describir.

Le llegó a cocinar al expresidente Guillermo Endara Gallimani, que le hacía pedido especial por ser su vecina cuando él vivía en la Presidencia de la República. Un día mandó a uno de sus trabajadores para que le dijera a doña Chela que le preparara una comida. Tenían la costumbre de mandar un solo plato largo para que la colocará allí, pero cuando ella sale y para su sorpresa le entregaron dos platos. Ella preguntó por qué y la respuesta fue uno es para el presidente Endara y el otro para su amigo el Toro.

Chela quedó estupefacta. Asombradísima, exclamó: Más nunca caminaré en la política porque nosotros nos peleamos y ellos comen en el mismo plato.

Así era Chela, era como soñar con el cielo bello.  Su amor y risa perfecta   contagiaba por ser tan única y esplendorosa con todas las personas.

Al pasar los años, se convirtió en abuela, una nueva etapa como fuertes olas tocaba a su puerta.  Recuerdo de ella, la mesa de madera con la parte superior de blanco, las cartas de tonalidades pasteles cortadas en pequeños cuadros con palabras divididas en sílabas, todo esto, para enseñarme a leer.

Me crío junto con mi madre y me enseñó todo lo bueno y bonito, puedo decir con orgullo que mi abuela fue una de mis primeras maestras. Luego se convirtió en mi instructora en la cocina, desde enseñarme a preparar unos huevos hasta realizar, pasta, empanadas y mini pizzas.

Mis días mágicos con ella era la visita que con gran ilusión esperaba para ver al doctor, tomar su mano me hacía sentir seguridad. Alta y fuerte era aquella mujer que me cuidaba con amor y me hacía su fiel acompañante en cada salida al supermercado, ir con ella era imaginar lo delicioso que serían los próximos días sentada en la mesa al esperar su exquisita comida.

El tiempo pasó y un día que impactó mi vida fue cuando escuché su voz, por última vez, cuando me dijo: Dayrenis, no te acuestes tan tarde. Momento, en el cual se avecinaba un   doloroso encuentro. Se aproximaba su partida.   Nace, en ese momento, la preocupación de perder el amor de mi corazón.  Esas horas fueron tan largas y llenas de dolor, pero yo ahí.

Nunca olvidaré aquel 23 de diciembre cuando aún, los rayos del sol no se asomaban, cuando muy temprano en la mañana un grito aterrador me despertó. Era mi madre con la noticia que mi Chela no podía respirar por sus propias fuerzas. Con solo 11 años, fui a   ayudarla era lo único que podía hacer por ella. Sabía cómo tomarla por su mano y darle aire. Estaba atónita de lo que estaba pasando, los minutos pasaban hasta que la vi desplomarse en mis brazos.  Desesperada, empiezo le dije:  abuela, abuela despierta… yo estaba sola con ella y , de repente, un silencio se apodera de la habitación. Mi abuela, se durmió para siempre. Se fue, pero no para siempre porque todos los días la tengo siempre presente, en mis pensamientos, ella vive en mi corazón.

Todo en esta vida se termina, ella se fue a un mejor lugar, dónde no hay dolor, ni sufrimiento, ni egoísmo, ni maldad, ni hambre.  Solo me queda atesorar los hermosos recuerdos vividos en el corazón.

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